Domingo, 8 de diciembre de 2019. Última actualización: Hoy

La chirimia y el diablo. (leyenda urbana)

El lunes 2 diciembre, 2019 a las 8:49 am
La chirimia y el diablo. (leyenda urbana)
Imagen tomada de https://bit.ly/2LffYVw

La chirimia y el diablo. (leyenda urbana)

La chirimia y el diablo. (leyenda urbana)

Fue en diciembre de 1903, firmado el acuerdo de paz por el general Rafael Uribe Uribe que puso fin a la guerra de los mil días, una chirimía almaguereña llegó a Popayán, con sus flautas de carrizo, tambores de balso templados con cuero de venado tatabro y maracas de mate con semillas copadas en dulce abrigo rojo, al compás del tintinar de un triángulo de varilla, integrada por cinco exegetas con afán de ofrendar su música para aliviar las inquinas de la guerra. 

Alquilaron dos habitaciones en un albergue con pretensiones de burdel, en la incipiente plaza de mercado del barrio Bolívar; donde todas las noches en frecuentes francachelas se extasiaban en las mieles del amor de picarescas meretrices que vendían caricias con derroche de liviandad y mojigatería. 

Malgastado su caudal y con la necesidad de recaudar dinero todo el día soplaron flautas y azotaron cueros y aunque la gente se arremolinaba para apreciar su talento, nadie les daba una moneda. Al director se le ocurrió disfrazar al más joven de ñapanga para incentivar a los transeúntes, pero no funcionó, la danza resultó risible y caricaturesca, malogrando el esfuerzo del  artista. 

Agobiado el director por la falta de dinero, ofreció venderle el alma al diablo, para pasarla bueno. Con los restos de su pobreza, consultó a un brujo, quien le recomendó subir a la pirámide truncada del morro de Belalcázar, comprar un caldero nuevo, robarse un gato negro, conseguir alambre dulce y piedras de carbón de mina y en la noche de plenilunio encender una hoguera y calcinar vivo al pobre gato, sometido al hermetismo de olla sellada con alambre dulce, sus maullidos estridentes invocaron la presencia del diablo. Pasada la media noche apareció el diablo en un jolgorio de lujurias, acordó comprarle el alma a cambio de acompañar la chirimía en Popayán bailando todo el mes de diciembre, en cumplimiento del pacto, recogió dinero a raudales con la alegría de su mojingo. Fue tal el recaudo que les alcanzó hasta para embriagarse con licor importado, se mofaron de toda superstición, más por su arrebatada impertinencia, el diablo los condujo al ostracismo del infierno.

Cuando el diablo quiso cobrar el alma del director, sus contertulios acudieron al chamán de la laguna de Juan Tama, versado en conjuros, riegos sagrados de yacuma, aguardiente, humo de tabaco chiquito y mambeo de coca; pero su sabiduría fue derrotada por el diablo, horrorizado en sus miedos divagó tres días por la arcada de la Herrería. 

Desde entonces cuando las chirimías no sacan a bailar al diablo, un hedor a azufre infesta los parajes del barrio Bolívar y en el influjo de su imperio se adueña del alma de músicos que se dejan llevar por las obscenidades de la perdición.

Gracias a la persistencia del músico que el diablo no quiso llevarse, hace 116 años, en la alborada del primer día de diciembre avivan las chirimías, el aroma silvestre de Sauces, Chachafrutos, Nacederos, Guayacanes amarillos y rosados, Gualandayes y Búcaros del parque Mosquera que circunda el Humilladero, bajo la protección de Santa Cecilia, en cuyo honor se conmemora el 22 de noviembre el día de los músicos, ellos con flautas y tambores, deambulan las calles con el imperativo moral de conservar la tradicional, interpretando aires festivos, entretienen al diablo para que no haga daño en navidad, lo incitan al baile con su rabo alebrestado, cuernos punzantes, traje rojo y perrero ofensivo,  hacen presencia chirimías tradicionales como “Los gavilanes”, de Agustín Vidal y el “mocho” Vivas, como expresión de cultura ancestral, rescatando el sentido de pertenencia con ambiente carnavalesco en una ciudad convulsionada que añora la paz y la justicia social.

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