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Viernes, 17 de enero de 2020. Última actualización: Hoy

El domingo 1 febrero, 2009 a las 6:14 pm


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leoquevedom @hotmail.com

Las virtudes son unas señoras muy empingorotadas. Andan solemnes y acompasadas como si alguien en el rescoldo o entre el smog las estuviese espiando. Unas se cubren el cabello con chalinas para ir al templo, otras se desmaquillan cuando salen a la calle, algunas recatadas nadie las repara cuando se sientan en la tarde en el salón de té a hacer el balance mutuo de sus actividades. Cuando terminan la reunión, rompen el acta y nunca nadie se enterará de la magnitud de sus milagros y salmodias.

Me puse mi sobretodo largo y la gorra con anteojos para lograr seguir en un día normal a la esperanza. Todos los días abre la caja de Pandora en donde vive, en el sótano, donde la voz del necesitado casi no llega y activa el archivo de llamadas que recibe en el portal del desespero.

Ella sabe que a diario debe cumplir una agenda muy intensa y por eso se levanta de madrugada después de una jornada hasta después de media noche. Millones de pechos angustiados escriben sus penas y confían que de su mano lleguen las soluciones o la palabra de consuelo. Su “sitio” hace siglos es el buzón de reclamos más visitado y esperan que la repuesta llegue de regreso a más tardar al día siguiente.

Esperanza no tiene call center con dos o mil agentes que con voz impersonal y fría le ayuden en su tarea humanitaria. Debe concentrar su atención y su misión en leer e interpretar cada uno de los “pedidos” en el orden que entran a su oficina. Tiene preparada su mente para tratar con delicadeza cada caso, pues todos son urgentes y no consienten el menor retraso. Desde que abre el primer correo adivina el corazón atormentado que le envía tal recado. Como quien prepara en la cocina la mejor receta, abre su mano, cierra los ojos y produce un lenitivo para los ansiosos clientes.

Esperanza vive recluida con sus compañeras en el anonimato, lejos del ruido del raeguetón y de los cañones de Irak y de Israel. Su comida es frugal, aunque se alimenta suficientemente. Nunca ha sentido reflujo ni ha sentido la tentación de hacerse la liposucción o mandarse inflar los senos. Para ella no existe el menor asomo de aplicarse su propia medicina. Como el experto Puerta o el chismoso ganso pasa las horas ante la pantalla del portal que ya es famoso. No oye lisonjas ni recibe llamadas de Arismendi o Gossaín ni muchos menos se dejó pescar de la sonrisa socarrona de Larry King.

La novia engañada, los familiares del secuestrado, el incauto ahorrador, la embarazada que nunca consintió, quien tiene préstamo hipotecario y lo amenaza el banco, pasan sus horas junto a su pantalla que les traiga el mensaje confortante.

La Esperanza tiene cara jovial y corazón de madre. No se ha oído desde que el estrés estrenó su angustia que una línea de cansancio cruzara por su frente. Acude a todos los llamados sin sirena, sin que sea necesario hacer cinco horas de fila o se queje de un trancón en la avenida.

La Esperanza no tiene corazón de banquero ni de matón selvático. Por entre la neblina o entre ruidos de helicópteros aparecerá su imagen por la noche o a medio día con la noticia salvadora.

01-02-09 – 8:44 a.m.

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