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Justicia sabia, escondida y muda

El domingo 12 octubre, 2008 a las 2:15 pm

EL DULCE ENGAÑO DE LA JUSTICIA

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Colombiano

La mente humana es una plaza en donde juegan pelota las ilusiones todo el día. Allí se juntan los pesares, las hambres, las noticias, el desempleo, los oasis, la rumba y los delirios de toda clase. No hay camisetas por debajo ni promesas de premios, ni técnico que valgan. La mente está suelta, desnuda, vagarosa y corre como loca sudorosa sobre la resbalosa superficie de su inconciente. ¿Qué fuera del ser humano si no tuviera esta plaza interna para dar salida a anhelos, rabias, frustraciones y fantasías? La imaginación y la razón son los dos equipos que juegan, se ponen zancadilla, se meten goles una a otra y después se sientan en la misma banca a burlarse y secarse entre sí los sudores de sus ingles.

Allí se fraguan convenciones, se dan cita amores que comienzan o terminan, se encuentran las promesas y el pago atrasado, se duerme, se hace el amor o se asesina. Es como en un estadio. Por allí pasan hinchas y sicarios. Se orina, se grita, se alza la bata la emoción y se desgarra el pecho el que apostó a ganar cuando se jugó a perder. ¿No alcanza a ver, usted amigo, a la justicia rengueando “por ahí”? Ella también viene a la cancha a escondidas, como Batman. De vez en cuando hace su aparición sin cuatrimoto y sin Gatúbela con gafas.

Como Batman, digo, porque Justicia no tiene coraza y tiene más enemigos que cualquier técnico de fútbol y ella también sufre de miedo. Vive encerrada en un cuartucho atiborrado de expedientes, con un ojo en la pared que vigila su trabajo y un reloj que cuenta los minutos de reposo. Sale inerme de noche para no ser vista mal trajeada. Como Batman, digo, porque toda la ciudad habla mal de ella y hasta las altas esferas dudan de su tarea. Cuando habla, sus palabras son malinterpretadas pues su lenguaje está cifrado y lleno de ininteligibles latinajos. Parece que su boca fuera de estropajo o que tuviera el mal que le dio a Tartajo.

Cuál justicia, dirá, usted, buen amigo. ¿Será que la Justicia es un ente anónimo, es el policía que captura o el que trae la boleta con chaleco marca Cetei? ¿Es que de verdad la Justicia no tiene rostro para mostrarlo, no tiene pantalones, ni falda, ni pies para andar, ni balanza para equilibrar esta sociedad violenta? ¿Será cierto que su famosa espada la robó Damocles para librarse de las cinco acusaciones que pesaban sobre su nuca? ¿Es apenas un rumor que corre desbocado por las calles, un informe por el que se pagan millones, un engaño meloso inventado en palacios y fiscalías, un fantoche de peluche con el que engatusan y hacen malabares la “autoridad” y, por igual, el vil malandro?

A pesar de todo, en el potrero de la mente van y vienen, pastan y rumian día a día toda clase de fantasmas. Por allá encontró Baltasar Garzón a la justicia el día que dos mujeres le trajeron, cada una de un pié, a un niño recién nacido. –Es mío, gritaba una mientras escupía en el suelo. – Es mío, lloraba la otra secando los ojos con los dedos. El sabio no vaciló un momento. Mandó por el sable justo y amenazó partir de por mitad a la criatura. Y lo entregó sin tutela rápida a la que lo bañó con lágrimas. No demoró mil días ni dejó vencer los largos términos.

¿Por qué será que a la Justicia nadie la quiere y hasta el jugador se cae para que penalicen al otro? ¿Es la Justicia una papa caliente que salta de un país a otro, es un incómodo huésped y debe refugiarse en la cueva del insobornable Guarzón? ¿Por qué será que el inocente no tiene testigos y al delincuente no se le hallan pruebas?

26-09-08 4:35 p.m

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