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Lunes, 26 de octubre de 2020. Última actualización: Hoy

Ingenios y trapiches en el Cauca

El sábado 26 septiembre, 2020 a las 2:35 pm
Ingenios y trapiches en el Cauca

Azúcar y panela: ingenios y trapiches en el Cauca

Ingenios y trapiches en el Cauca

La situación presentada a raíz de la solicitud de patente para el proceso de producción de panela, por parte de un socio de un ingenio azucarero, obliga adelantar un análisis más profundo sobre la complejidad del cultivo de la caña, para la producción de panela y azúcar.

Como sucede con todos los sectores de la economía, es prioritario señalar los contrastes que generan diferencias e inequidades entre los actores, sus actuaciones y desde luego sus intereses, relacionados también con el proceder del Gobierno Nacional.

Empezar por advertir la monumental distancia entre un trapiche y un ingenio. No es solo su tamaño y rendimiento, sino, las circunstancias que rodean sus inicios, su historia, sus formas de asentamiento, el posicionamiento en el territorio, el número de propietarios, operación industrial versus labor manual, la repercusión de la presencia del Estado respecto a las dos formas de producción: la campesina y la agroindustrial.

La panela tiene inicio en los asentamientos de la colonización, los tallos de semilla llegaron en el morral, con el labriego, la mujer y el hacha. De acuerdo con Patterson 1.980, el desplazamiento ubicó estos procesos de colonización en zonas inhóspitas, lejos de las vías de comunicación, unos “huidos” de la esclavitud, otros de las violencias.

La caña de la economía campesina, no tiene formas de tecnificación en estas condiciones, su cultivo se inició como soporte de la alimentación cuando los colonizadores se internaron en la selva en busca de un claro del bosque para vivir, para quedarse allí y cultivar, desafiando el aislamiento absoluto, después irían llegando muchos más en similares condiciones; todavía hay trueque y mano prestada.

El ingenio aparece apoyado por el proteccionismo de Estado, que permite el acaparamiento de tierras, ante la desaparición de la hacienda criolla de los payaneses que nunca fueron invitados a integrar los ingenios, y de las medianas y pequeñas parcelas de los negros, indígenas y campesinos del Valle y del Cauca.

El escritor nortecaucano José Ramón Burgos Mosquera, en uno de sus artículos, con el sugestivo título de Puerto Tejada: el pueblo que regaló un árbol de cacao en oro, narra la equivocación por creer al entregarlo al doctor Eduardo Santos, él iba a proteger las 10.000 hectáreas de cacao, que hacían de esta región la capital cacaotera de Colombia.

El Partido Liberal, de Santos a Gaviria, nunca atendió a los campesinos afrodescendientes. “Hoy confiesa con amargura el campesino Fabián López: los cacaoteros están hacinados en 100 hectáreas y la otrora Casa Campesina, es hoy una iglesia de los Testigos de Jehová”.

El árbol de oro es pues, símbolo del escepticismo del pueblo nortecaucano, que sabe cómo la escoba de bruja, los créditos de la Caja Agraria, el cacao injerto, la soya del CIAT, que nadie compró, fueron los instrumentos con los cuales se llevó a pequeños y medianos propietarios a la quiebra, obligándolos a vender sus tierras a los judíos”.

Termina con un suspiro: “porque una raza que pierde la brújula de su identidad cultural pierde hasta las razones del corazón”.

El Cauca, para trazar líneas de progreso, debe analizar los registros cronológicos de sus anotaciones catastrales, de otro lado, a la informalidad del minifundio debe darse atención especial para proteger los sectores agropecuarios.

Pretender atender dificultades como las que acosan a los cafeteros y hoy a los paneleros, sin una orientación objetiva respecto de la relación de las Unidades Agrícolas Familiares, Ley 160 de 1994, son paños de agua tibia en una gran fractura, en contraste en las mejores tierras del centro del departamento, una familia irlandesa de Smurfit Kappa, dedica veintiséis mil hectáreas a bosque comercial, en cambio, según Fedepanela, 15.500 familias paneleras lo hacen en 15.000 hectáreas.

Los recursos de regalías han apalancado a los paneleros con la dotación de trapiche, aún así, no logra el sector engranar una cadena productiva que le permita posicionarse. Hace falta cultura de asociatividad para colectivamente mejorar la productividad, y tener fuerza política para las decisiones.

La industria azucarera, de pocos propietarios, tiene las tierras planas del valle geográfico del río Cauca, propicias para la agroindustria, con toda la infraestructura; los paneleros campesinos, las tierras de laderas difíciles de trabajar; minifundios sin título.

Si a esta situación se suma la patente de los ingenios para producir panela, el campo caucano está rumbo al desastre y sus secuelas serán dolorosas si no se obra con el pronto y debido cuidado.

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Nelson E. Paz A.
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