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Viernes, 6 de diciembre de 2019. Última actualización: Hoy

Hoy, confusión

El miércoles 29 mayo, 2019 a las 12:00 pm
Hoy, confusión

Hoy, confusión

Hoy, confusión

Un geiser gigantesco ha horadado nuestro comportamiento. Nos lleva a profundas heridas, donde la culpa se deposita con violencia en los otros y agrava las cicatrices, saladas, vivas, como si depositáramos salmuera para que jamás tengan saneamiento. No es ya la consabida lucha de clases, ni siquiera las diferencias de raza, mucho menos la percepción de la vida o la existencia de Dios. Nos dividen las cosas superfluas, las frases sin significado, las culpabilidades cultivadas atribuibles y atribuidas. Nos separan y nos ponen en peligro de nuestra propia supervivencia. Ni siquiera es la razón, o los intereses particulares, es una conjunción de circunstancias que nos hacen violentos, confusos, rabiosos. Es la incertidumbre, y buscamos seguridad.

Es un radicalismo de total locura. Todo se convierte en enfrentamiento, parece que nuestra humanidad desapareciera, parece que estuviéramos al borde del cataclismo si pensamos que el otro, nuestro adversario no debe existir. La ponderación son cualidades desaparecidas, la moda es la virulencia alimentada por posiciones irreconciliables, y eso no lo sanan las ideas políticas, ni siquiera el triunfo del equipo de fútbol de nuestra preferencia porque la afición se convierte en otro sofisma para la muerte, para matar al enemigo.

Con esa actitud contestaría de derecha o de izquierda descalificamos. La razón es otra cualidad perdida. No es un defecto doméstico, es lo que el mundo nos muestra, es la pelea comercial, es la búsqueda de la supremacía, es la marca impuesta, la moda avenida, el comportamiento generalizado de una cultura que acerca para el insulto, para la supremacía, para moldear la Ley según interés particular. No hay razón; solo fanatismo. Nos hemos perdido en un enjambre de disquisiciones atendiendo a la habilidad particular de quien desata la aspereza, y redondo nos parcializamos, redondo tomamos partido por un flanco que no mide las consecuencias; para ir derecho a la hecatombe.

El problema es que no nos detenemos. Es una guerra de términos, de posiciones, de interpretaciones, ni siquiera de territorios. Es la guerra por el verbo que se conjuga con capricho para poner el plano de la obligación en el otro, cuando yo no tengo por qué cumplirla. Y, claro, con la perdida de la sensibilidad, con la pérdida de las interpretaciones, lo importante es el pragmatismo. Son los cables y los chips los que deben ordenar la vida, lo físico es lo trascendente, el aspecto exterior es lo que importa. Sin duda el entierro del canto, de la poesía, de la filosofía y hasta de la religión nos vuelve de piedra. A ello queremos llevar la lúdica, culpa de un mundo materializado, donde también las sensaciones tenemos que adquirirlas, comprarlas en el supermercado o en la tienda virtual, y si no encontramos satisfacción quedan las sectas o las drogas, o el suicidio como cura improrrogable para la depresión, una enfermedad cataclísmica que conlleva a la muerte

Sin saber, nos estamos matando. En una sociedad que no puede tolerar nuevas exploraciones, porque el mundo como es hoy va hacia la desaparición, si pensamos que no debemos detenernos.

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