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Historias para el festivo de velitas

El martes 8 diciembre, 2020 a las 10:19 am

Historias para el festivo de velitas

Historias para el festivo de velitas

Cada vez que frenaba, en el carro sonaba una especie de chillido en el lado izquierdo. Era extraño porque acababa de ser arreglado, debía llevarlo por garantía; sin embargo en semana era muy difícil. Tuve que esperar al sábado en la mañana. Ese día me desperté y salí sin bañarme, solo me tomé un tinto frío. Suponía yo que lo normal era dejar el carro, que lo arreglaran con tranquilidad, que se tomaran todo el tiempo necesario y me llamaran luego. Igual, no importaba mucho, en estas épocas no uso casi el carro. Aceleré y cogí la autopista hacia el norte y sabía que por la ciento sesenta y pico debía cruzar a la derecha. Qué incómodo, cada vez que medio frenaba o que medio desaceleraba chirriaba jartísimo.

Llegué al destino. Edgardo, el señor del taller, muy querido (no sé, se parece como a Rafael Orozco, el del Binomio de Oro) me preguntó si quería tomar algo, de una le dije que tinto, pero pues yo le dije que me podía ir y que volvía luego, no pasaba nada. Él me dijo que no, que él iba a revisar si había mugre en los rines, me dijo que fijo era eso, y que en una media hora estaba listo. Me dijo que tranquilo, que esperara ahí en la sala. Andaba otro señor por ahí en las mismas, a ese no le encontré parecido.

Siempre, el 100 % de mis minutos de la existencia, imagino estos momentos, por eso siempre ando con dos libros, un cuaderno, un lapicero, una revista y tres laminitas de álbum o stickers para pegar. Siempre estoy preparado, siempre ando con escudo, soy un guerrero literario y musical que anda con el lapicero como espada y varios libros como escudo. Ando con todos los implementos que inflan mi burbuja, audífonos con adaptador, de los gigantes, para desconectarme. Escudos kafkianos, de esos que usaría Joyce. Esta vez cuando me senté, miré hacia la televisión, transmitían un especial sobre Maradona, hurgué en mis bolsillos, miré para arriba, para abajo, no, no podía ser, imposible, me vi desnudo, me sentí vacío, desamparado, no tenía nada, estaba viudo, solo tenía las llaves en el bolsillo. ¿Cómo era eso posible? Nunca pensé que me iba a tocar estar ahí, no saqué libros, no saqué nada, ¿Qué voy a hacer? Mi corazón empezó a palpitar.

¿Qué opción tenía? Recordé que acababa de bajar una aplicación para jugar ajedrez en línea. Siempre me gustó el ajedrez, de hecho cuando niño pedía que me compraran una revista que plasmaba las jugadas. e2-e4 empecé a jugar, es decir saqué un peón y se movió de la celda e2 a la e4. Recordé todo, perdí las tres partidas pero retomé esa afición. Amo el ajedrez, es la matemática, la geometría ahí en la diversión. Además que, como me vi la serie The Queen’s Gambit, que trata sobre una campeona de ajedrez, andaba emocionado por ese tema. Qué buena cosa.

-Don Jorge, ya está su carro. Ese Maradona era un berraco, ¿no?- me dijo Edgardo.

¿Y qué ocurrió luego, viejo George?

Alfiles, gambitos, torres, enroques, techno, Maradona. 

Bueno, el carro fue arreglado, pasé comprando Coca-cola, panqueso y maní. Claro, luego me bañé.

(instagram @kemistrye )

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