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Hasta cuándo esta violencia

El miércoles 5 marzo, 2014 a las 10:50 am
Diogenes Diaz Carabalí 2

Diógenes Díaz Carabalí

No es que unos hombres o mujeres valgan más que otros. Las muertes todas son iguales pero la de Alain Mina Osorio, hijo del periodista de Caracol en Cali, Álvaro Miguel Mina, “El negro Mina”, duele por su juventud, porque se trata de una gran promesa del periodismo, poseía una visión optimista del mundo como quieren demostrarlo los muchachos, pese a las dificultades que enfrentan, pese a las restringidas posibilidades que la sociedad de hoy les ofrece.

Por eso es la oportunidad para de nuevo alzar nuestra voz de impotencia. La violencia, venga de donde viniere, se lleva lo más preciado: seres humanos valiosos; encuentran la muerte tras la vuelta de la esquina, apenas salen de la casa, tan pronto saludan el nuevo día, pese a la bendición que enseñan sobre sus cuerpos. Los matan por la insignificancia de un celular, de una tableta, de un portátil, por unos pocos pesos, y hasta por el pan que llevan para el desayuno.

Esta maldita violencia se ha ensañado en nuestro país, se lleva a los hijos más queridos. Los cementerios están llenos de lápidas con fechas prematuras de apenas niños y niñas de quienes vierten su sangre en nuestras calles en forma miserable, por culpa de seres que han perdido todo valor, todo escrúpulo; nuestras calles y caminos están salpicados de tanta sangre, de tanta inconciencia, de tanto delito sin castigo. Y echamos la culpa a tanta prevención intangible. Y los delitos siguen, las muertes de las personas que más apreciamos siguen sucediendo. ¡A diario!

Podemos decir que nuestras autoridades gozan de una laxitud frente al delito impresionante. Que nuestra policía carece de instrumentos de prevención. Que nuestros investigadores se pasan el tiempo en conjeturas banales. No se dan cuenta que el delito tiene un origen, la sociedad no ataca ese origen. Aquí se pueden violar los códigos morales y éticos sin que pase nada. Por donde comienza el camino delictivo del delincuente, la contravención, carece de correctivo. La drogadicción pública, la venta de drogas callejera, el escándalo público, el alcoholismo, el hurto menor, las lesiones personales no son sancionados; el irrespeto a la autoridad, el insulto a las personas, la discriminación de todo tipo ni siquiera son tomados como delitos. El camino por donde inician los futuros delincuentes carece de prontos correctivos.

Las cárceles, a pesar del hacinamiento, son hoteles baratos. Los delincuentes manifiestan que allí están seguros, que gozan de alimentación, servicios de salud, un sitio para dormir con que afuera no cuentan. Las cárceles colombianas no atemorizan a nadie. Los grandes delincuentes sobornan, compran servicios, la cárcel se convierte en un hotel de cinco estrellas con la anuencia de la autoridad carcelaria. En esos sitios sí circula el ají en forma prominente.

Y nuestros legisladores, ciegos, sordos, no se dan cuenta del origen, de la forma ni de los propósitos del delincuente, nuestras calles son corolario de delitos a la vista de todos que nadie sanciona, son un medio salvaje donde aventurarse es el mayor riego que alma humana puede correr.

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