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Jueves, 18 de agosto de 2022. Última actualización: Hoy

Gusano blanco de guayaba rosa

El martes 11 enero, 2022 a las 2:08 pm

Gusano blanco de guayaba rosa

MARCO ANTONIO VALENCIA CALLE

Herido. Una y muchas veces fui herido el año pasado. A veces por la indiferencia de mi propio amor al cuerpo que habito, a veces por esa inteligencia negada a encontrar la palabra necesaria para el consuelo esquivo, a veces por esa envidia que nos carcome como gusano blanco de guayaba rosa.

Sangre. Hubo sangre en vida, pero no esa líquida de color rojo noche. Hablo de la sangre transparente que derrama el corazón sensible cuando la vanidad del pedante te lastima con su injusticia, con su ego infeliz o con su soberbia falaz. Sí, hubo sangre, sangré, me hicieron sangrar. Y nunca sabré que es más doloroso, si sangrar o llorar, porque también manché de lágrimas la blanca colcha de mi cama celestina.

Amé. Puedo decir con mayúscula y sin miedo, por la vejez que me acompaña, que amé; que viví como nadie un aguacero florecido de versos como besos pintados con sombras en los bordes, y que en cada poema y en cada beso amé y me sentí amado. Amé como lo hacen los espíritus: con toda la esencia y con toda su alma. Amé el amor como dicen los manuales de poesía, el amor del cuerpo amado, la belleza de mi compañera, el rostro calculado de la esperanza que en el amor reposado se nos agita. Amé los extravíos de mi locura. Amé los juegos del destino que me puso Dios para animar mi tristeza y darme señales de su infinito amor.

Leí. Supe leer la vida cuando los mensajes fueron fiestas provocadoras, cuando una música de pájaros me indicaba que era eso y no otra cosa lo que tenía que hacer. Sin mucha vergüenza puedo confesar que hubo días en que mi ignorancia me cubría la cabeza y no supe qué pensar ni qué decir ni qué hacer.  La vida es como es y no de otra manera, dijo un poeta italiano que escribió su “divina comedia” a la mitad de los años que viviría.

Sueños. Los sueños que tengo me levantan de la cama, me empujan al día de cada día. Es cierto que la sangre ya no fluye como a los veinte, que la angustia por querer ser lo que no pude ser me carcome el corazón. Pero sueño, mi esencia de guerrero no deja de soñar, de ansiar, de retarse, de empeñarse, de pensar que al amanecer con el canto de los pájaros anunciaremos al mundo la victoria del perseverante, como nos enseñó Rimbaud, ese poeta de los poetas.

Hambre. Confieso que he pecado de gula por lo bello, por los sabores dulces, por los sonidos agradables, por los instantes de una tarde con aires de eternidad, por los besos suaves de mi amada. Reconozco que he pecado de gula por los libros que me hacen reír, por las tardes vividas en paz, por la soledad hablando conmigo mismo… y por esas comilonas que me hacen pensar que soy, a escondidas del mundo, un príncipe. La gula me posee, me dejo dominar por ella y le acompaño a pecar como vil habitante de un país con fantasmas sumisos. De eso sufro, vergüenza mía. Lo confieso.

Promesa. Como todos los primeros días de un año nuevo, yo, soñador, confieso que soy humano y prometo, como todos, cambiar el mundo a pesar de mis limitaciones y de esa corona de egos que me nubla la vista, el horizonte, la verdad.

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