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GLORIA CEPEDA EN SEPIA

El domingo 3 septiembre, 2017 a las 1:35 pm

¿Cómo me llamo?
¿ojo?
¿paquidermo?
¿manumisa o esclava?
¿quién me cerró la boca
para que no mezclara mi saliva
con la sal de la tierra?
Mi nombre rectilíneo
rectiúnico
amasado con barro y levadura
empedrado como una calle antigua
lleno de mataduras.
Fragm. poema Mi nombre. Gloria Cepeda. 2007

Los afectos con Gloria Cepeda Vargas están reuniéndonos hoy aquí a sus más cercanos amigas y amigos. La vemos con su cara un tanto socarrona mirándonos, y nos sonríe. No hay por qué estar tristes, nos dice. Ella no hacía pucheros y no quiere que los hagamos.

La estamos recordando aquí sentada, recatada, como cuando estábamos en Tertulia al lado de nosotros. En cualquier parte. Ella no era remilgada ni se sentía muy importante. Aunque siempre lo fue, lo supimos. Como que después de la ida de Matilde Espinosa, Meira Delmar y Mariela del Nilo se habían apagado otros luceros femeninos de la Poesía en Colombia. Como que lo ignorase: Ella fue la última de la gran Liga de Roldanillo, Medellín, Cali y Popayán.

Se nos fue como un poquito de agua entre los dedos. Así de familiar era. Por eso la lloramos como si fuera un manjar necesario en nuestra mesa de medio día o de una fuente de soda.

Su poesía era campo de batalla briosa, dechado tejido con agujas de ojos de luna, rebosaba un almizcle entre melodía y ensueño, era frente erguida y sin arrugas: fascinaba como los arreboles y una noche de espuma. Nos gustaba oírla con su voz de bandera y sibila con retazos de sangre y mirada entrenada de niña, que recogía flores en el jardín del solar junto a Platero o en los valles de Castilla junto a Juan Ramón o Federico, Machado, Vallejo o Miguel Hernández. Su talante deliraba por la suerte de los soldados, la Patria o los surcos sagrados de los campesinos. Resplandecían en ella el sol, los pájaros, los robles y yarumos de un terruño esquivo.

Era una mujer delicada, amiga sin reservas y con la sonrisa de una niña recién nacida. Siempre fue una niña pequeña. No supo crecer, se quedó como era en su casa, en Caracas, en Popayán o en Cali o en nuestras casas. La poesía nunca se alejó de ella. La bebía en su soledad y dormía -sin saber- en su misma cuna. Era un pajarillo que cantaba en verso y reía a carcajada con sonido de alelí.

Su poesía no dejó ver fisuras ni rezaban sonsonetes como canon de abadía, ni había lugar para la alabanza que arrastrara el ala. Era una catedral con procesión y coro, un monte desde donde se veía con claridad el Olimpo y crecían las estrellas, las madrugadas y cantaban fácilmente los cafetales. Murió como vivió. Despojada de arandelas, con los ojos en el más allá de una patria que la olvidó, en el vaho en donde se evaporan la vanidad y el dinero. Su amor fue una joya intangible. Sabía a durazno y diamante esculpido en el corazón, a sueño de suelos maternos y a recuerdo de ayeres que no tendrían mañana.

Oh, Gloria de Cepeda y Vargas, de Colombia y llena vida eterna, de ayer no más y de hoy en adelante: Te recordamos hoy y queremos que te levantes y de pie nos recites unos cuantos poemas: de esos de amor o de dolor o de los que quieras. Todos son hermosos. Lo harás, Glorita?  

31-08-17 Leído en Popayán, Casa Caldas, 6 pm. en Su homenaje al cumplirse tres meses de su deceso.

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