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Globalización y corrupción

El viernes 28 abril, 2017 a las 3:27 pm

MATEO MALAHORA / jorgemunozefe@hotmail.com

El diccionario de la Real Academia Española nos ayuda a entender en qué época vivimos, en qué periodo histórico existimos y en qué ciclo del capitalismo hemos tenido la oportunidad inédita de sentirnos vivos.

No toda la humanidad acepta que existimos en una fase económica conocida como globalización, sobre la cual la Real Academia nos dice que es una “tendencia de los mercados y de las empresas a extenderse, alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales”.

En ese orden de ideas solíamos decir: “estuve en la frontera”, “salí de la frontera”, porque imaginábamos las fronteras como una jurisdicción territorial y como un fragmento geográfico específico; teníamos la idea de un país con espacio aéreo, suelo y subsuelo propios y hasta creíamos que una montaña o un río nos separaban internacionalmente.

Sin embargo, hoy sabemos que es el hombre, como ser social y agente económico, y no la geología, el que modifica el escenario geográfico en el que actúa, padece, goza o interviene.

Y, obviamente, las naciones nos ayudan a entender el desarrollo de la humanidad, son aproximaciones históricas que nos permiten percibir mejor el problema, pero no son suficientes para entender la complejidad del momento.

Tiempos hubo en que la “geopolítica” se utilizó para justificar el poder de un país, como el poderío de Alemania, en cuya topografía habitó el racismo, el poder económico y antropológico, que en forma de fascismo se extendió a Italia y España, tomando como plataforma la economía liberal.

Su modelo, con otras variantes, llegó a ser amplificado en Argentina con José Domingo Perón.

Como si fuera un mandato providencial una minoría selecta era la llamada a mandar, disponer y ordenar cada país, a las mayorías les quedaba la misión de soportar el caos.

En esa perspectiva, aún observamos países donde se desarrollan sistemas de creencias, hábitos y formas de comportamiento, como China, con una forma de producción que se ha convertido en patrón universal en desarrollo del capitalismo y como lo revelan los medios de comunicación, tiene más de un millón de millonarios. Antes era sistema socialista.

Sin embargo, la globalización no se asienta en un país determinado, aunque los ejes dominantes si potencian el camino a seguir, crean las condiciones paradigmáticas que sirven de modelo.

Empero, la vida de los pueblos ahora no pasa por las fronteras físicas, estas han desaparecido, son artilugios para decir que tenemos país, que cantamos el himno nacional, artificios que esconden la cosmosociedad, ficciones que nos hablan de pasaporte y visas.

Odebrecht es apenas un ejemplo, las compañías petroleras, los grupos financieros que manejan en el mundo, la banca internacional, los fabricantes de armas, las multinacionales alimenticias y farmacéuticas, entre otros, se han apoderado del mundo.

Si el oro, que fue la máxima expresión del capital en la época de Cristóbal Colón, sacaba a las almas del paraíso, la moneda en el Siglo 21 crea la gloria terrenal más allá de los estados y, con el presupuesto moral de extinguir la pobreza, llena las arcas del capital con una mentalidad totalitaria, no de otra manera el Dólar reza: “In God We Trust” (En Dios nosotros confiamos).

Capital que circula en todo el mundo, que desarrolla en forma de transnacionales todas las actividades comerciales, que esconde universalmente el despojo, que legitima la explotación de los recursos y opera como un gendarme o como un guardián que mediante refinados sistemas virtuales atraviesa la geografía cosmopolita haciendo nugatorio el concepto de soberanía.

Es, en esas condiciones, donde el proceso rompe con las ataduras morales, desmorona la integridad, acaba con la honradez, desintegra como una bomba de neutrones la conciencia de país.

Antes se compraban mercancías en forma de textiles, recordemos que el algodón esclavizó al planeta, ahora se compran los poderes estatales como se compran automóviles. Paraísos fiscales.

¿Cuál madre de todas las bombas? ¿Acaso no escandalizan los ochocientos millones de pobres que sobreviven en el mundo, causados por la Bomba Universal del Neoliberalismo?

De la radio y la televisión dimos un salto a la imagen idolátrica que enternece, que desvanece el tiempo, que vuelve subjetivo todo lo objetivo, que en un chip sintetiza todas las experiencias humanas. Así quieren domesticarnos.

Pretenden hacernos creer que el neoliberalismo es inevitable, como el movimiento de la tierra, pero es evidente que si sus decisiones son políticas, son reversibles, como lo hizo el Presidente Chávez, que sacó del mercado neoliberal 425.000 millones de barriles, de las reservas petroleras, raíz del problema venezolano.

Sólo se requiere que los estados no sean tomados por asalto ni la empresa privada imponga la mediocracia, que los políticos que elijamos no sean astutos y cínicos, para evitar que se legitime la corrupción con palabras como las de Margaret Thatcher: “There is no alternative” (No hay alternativa), que pensada en términos de la compra de la conciencia nacional es “irreversible e irresistible”, como lo especula Clinton.

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