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García Lorca arremete contra los putos maricas de todo el mundo

El domingo 21 abril, 2024 a las 7:22 pm
García Lorca arremete contra los putos maricas de todo el mundo
García Lorca arremete contra los putos maricas de todo el mundo
Imagen; https://cultura.cervantes.es/
León Gil

     Nota preliminar: la breve nota que sigue a continuación la leí en una pequeña tertulia, a la cual fui invitado en junio del año pasado (2023), con el fin de celebrar el 125º aniversario del nacimiento de Federico García Lorca (5 de junio de 1898, Fuente vaqueros, Granada, España – 19 de agosto de 1936, Viznar, España).

     Walt Whitman jamás reconoció abiertamente su homosexualidad; sin embargo, hay testimonios de personajes como Oscar Wilde, quien dice haber conocido a Whitman en Estados Unidos en 1882, y escribió al activista por los derechos homosexuales George Cecil Ives que no había dudas sobre la orientación sexual del gran poeta. «Todavía guardo el beso de Walt Whitman sobre mis labios».

     También Edward Carpenter; ya anciano, cuenta a Gavin Arthur un encuentro erótico que tuvo en su juventud con Whitman.

     Al final de su vida, cuando a Whitman se le preguntó si su serie de poemas intitulada Calamus era de carácter homosexual, el poeta prefirió no responder.

     En cuanto a García Lorca, quien también trató de llevar su homosexualidad con discreción, sí existen pruebas de que tuvo varios amantes; como fueron Emilio Aladrén, Rafael Rodríguez Rapún, Eduardo Rodríguez Valdivieso y el no correspondido físicamente de Salvador Dalí. De Hecho, cuando lo mataron, le dijeron que lo hacían por socialista, masón y maricón. Y se dice que la misma mañana de su asesinato, ocurrido el 18 de agosto de 1936, «Juan Luis Trescastro entró en un bar granadino y dijo en voz alta, para que todos le oyesen: Acabamos de matar a Federico García Lorca. Yo le metí dos tiros en el culo por maricón».

    Y bien, ¿a qué vienen estos dos anodinos y pedestres apuntes sobre la homosexualidad de los dos grandes y universales poetas? Pues a la gran paradoja de que, en uno de los más celebrados poemas de García Lorca, Oda a Walt Whitman –de su portentoso libro Poeta en Nueva York–, hay unas estrofas donde arremete con virulencia contra los putos maricas de todo el mundo. Dicen:

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman,
contra el niño que escribe
nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia
en la oscuridad del ropero,
ni contra los solitarios de los casinos
que beben con asco el agua de la prostitución,
ni contra los hombres de mirada verde
que aman al hombre y queman sus labios en silencio.
Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,
de carne tumefacta y pensamiento inmundo,
madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño
del Amor que reparte coronas de alegría.

Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos
gotas de sucia muerte con amargo veneno.
Contra vosotros siempre,
Faeries de Norteamérica,
Pájaros de la Habana,
Jotos de Méjico,
Sarasas de Cádiz,
Ápios de Sevilla,
Cancos de Madrid,
Floras de Alicante,
Adelaidas de Portugal.

¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!
Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,
abiertos en las plazas con fiebre de abanico
o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.

¡No haya cuartel! La muerte
mana de vuestros ojos
y agrupa flores grises en la orilla del cieno.
¡No haya cuartel! ¡Alerta!
Que los confundidos, los puros,
los clásicos, los señalados, los suplicantes
os cierren las puertas de la bacanal.

     Nota postliminar: Luego de finalizadas todas las intervenciones (lectura de textos y poemas musicalizados de García Lorca, y algo de flamenco), durante el “coctel” se generó en algunos corrillos una pequeña controversia, una polémica que en algún momento me dio la impresión de que presentaba leves tintes de bronca, de reyerta. Se trataba de aclarar si los versos del noble y grande poeta granadino eran homofóbicos, sí; paradójica, contradictoria o irónicamente el poeta era a la vez homosexual y homofóbico, o si era yo quien de manera pérfida había descontextualizado sus versos para descargar mi solapada homofobia.

     Entonces; debo confesarlo, que entre aprensivo y divertido, me vi en la obligación de hacer la; para mí, superflua, innecesaria aclaración. La misma que ahora, cuando intento redactar, podría intitularse:

¿Odiaba García Lorca a los putos maricas?

     Respuesta: por supuesto que sí.

     En efecto, los versos de García Lorca son una explícita diatriba contra los ‘putos maricas’ de todo el mundo. Entendiéndose el sustantivo-adjetivo ‘puto’ en las acepciones que; además de prostituto, nos traen los diccionarios de la lengua española: adjetivo malsonante, usase como calificativo denigratorio, persona que obra con malicia y doblez, cosa o persona despreciable.

     ¿Y a quienes aplica el poeta el sustantivo–adjetivo puto? ¿A quiénes denuesta en su poema el poeta? Obviamente a los prostitutos maricas (así, ‘maricas’, a secas. Ahora veremos que a los otros; “los buenos”, les llama, dulce y cariñosamente, ‘mariquitas’). A esos putos, irresponsables y malévolos maricas que a través de la prostitución propagan todo tipo de enfermedades venéreas:

Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos
gotas de sucia muerte con amargo veneno.
Contra vosotros siempre,

Y los nombra con el mote o a apodo con el que son conocidos y reconocidos en algunas ciudades y países del mundo:

Faeries de Norteamérica,
Pájaros de la Habana,
Jotos de Méjico,
Sarasas de Cádiz,
Ápios de Sevilla,
Cancos de Madrid,
Floras de Alicante,
Adelaidas de Portugal.

Y continúa el denuesto:

¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!
Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,
abiertos en las plazas con fiebre de abanico
o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.

¡No haya cuartel! La muerte
mana de vuestros ojos
y agrupa flores grises en la orilla del cieno.
¡No haya cuartel! ¡Alerta!
Que los confundidos, los puros,
los clásicos, los señalados, los suplicantes
os cierren las puertas de la bacanal.

     ¿Y a cuáles maricas (‘mariquitas’) no va dirigida la invectiva del poeta?

     Lo expresa con toda claridad en esa bella estrofa, donde parece estuviera justificándose ante su amado y admirado poeta Walt Whitman:

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman,
contra el niño que escribe
nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia
en la oscuridad del ropero,
ni contra los solitarios de los casinos
que beben con asco el agua de la prostitución,
ni contra los hombres de mirada verde
que aman al hombre y queman sus labios en silencio.

 Y reitera:

Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,
de carne tumefacta y pensamiento inmundo,
madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño
del Amor que reparte coronas de alegría.

     Pero a esos niños que escriben nombre de niña en su almohada, a esos que aman al hombre y queman sus labios en silencio… A esos les canta con indecible ternura y cariño:

CANCIÓN DEL MARIQUITA
(Poema de su libro Canciones: 1921 – 1924)

El mariquita se peina 
en su peinador de seda. 

Los vecinos se sonríen 
en sus ventanas postreras. 

El mariquita organiza 
los bucles de su cabeza. 

Por los patios gritan loros, 
surtidores y planetas. 

El mariquita se adorna 
con un jazmín sinvergüenza. 

La tarde se pone extraña 
de peines y enredaderas. 

El escándalo temblaba 
rayado como una cebra. 

¡Los mariquitas del Sur, 
cantan en las azoteas!

     Finalmente, distinguiendo entre los presentes a alguien que tenía “virtudes recitativas”, digamos –sin que fuera teatral, sobreactuado–, le sugerí que leyera para todos los presentes la Oda a Walt Whitman completa. Le pase mi libro y leyó:

Por el East River y el Bronx
los muchachos cantaban enseñando sus cinturas,
con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo.
Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas
y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.

Pero ninguno se dormía,
ninguno quería ser el río,
ninguno amaba las hojas grandes,
ninguno la lengua azul de la playa.

Por el East River y el Queensborough
los muchachos luchaban con la industria,
y los judíos vendían al fauno del río
la rosa de la circuncisión
y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados
manadas de bisontes empujadas por el viento.

Pero ninguno se detenía,
ninguno quería ser nube,
ninguno buscaba los helechos
ni la rueda amarilla del tamboril.

Cuando la luna salga
las poleas rodarán para tumbar el cielo;
un límite de agujas cercará la memoria
y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.

Nueva York de cieno,
Nueva York de alambres y de muerte.
¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?
¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?
¿Quién el sueño terrible de sus anémonas manchadas?

Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,
he dejado de ver tu barba llena de mariposas,
ni tus hombros de pana gastados por la luna,
ni tus muslos de Apolo virginal,
ni tu voz como una columna de ceniza;
anciano hermoso como la niebla
que gemías igual que un pájaro
con el sexo atravesado por una aguja,
enemigo del sátiro,
enemigo de la vid
y amante de los cuerpos bajo la burda tela.
Ni un solo momento, hermosura viril
que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles,
soñabas ser un río y dormir como un río
con aquel camarada que pondría en tu pecho
un pequeño dolor de ignorante leopardo.

Ni un sólo momento, Adán de sangre, macho,
hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman,
porque por las azoteas,
agrupados en los bares,
saliendo en racimos de las alcantarillas,
temblando entre las piernas de los chauffeurs
o girando en las plataformas del ajenjo,
los maricas, Walt Whitman, te soñaban.

¡También ese! ¡También! Y se despeñan
sobre tu barba luminosa y casta,
rubios del norte, negros de la arena,
muchedumbres de gritos y ademanes,
como gatos y como las serpientes,
los maricas, Walt Whitman, los maricas
turbios de lágrimas, carne para fusta,
bota o mordisco de los domadores.

¡También ése! ¡También! Dedos teñidos
apuntan a la orilla de tu sueño
cuando el amigo come tu manzana
con un leve sabor de gasolina
y el sol canta por los ombligos
de los muchachos que juegan bajo los puentes.

Pero tú no buscabas los ojos arañados,
ni el pantano oscurísimo donde sumergen a los niños,
ni la saliva helada,
ni las curvas heridas como panza de sapo
que llevan los maricas en coches y terrazas
mientras la luna los azota por las esquinas del terror.

Tú buscabas un desnudo que fuera como un río,
toro y sueño que junte la rueda con el alga,
padre de tu agonía, camelia de tu muerte,
y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto.

Porque es justo que el hombre no busque su deleite
en la selva de sangre de la mañana próxima.
El cielo tiene playas donde evitar la vida
y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.

Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.
Éste es el mundo, amigo, agonía, agonía.
Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,
la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,
los ricos dan a sus queridas
pequeños moribundos iluminados,
y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo
por vena de coral o celeste desnudo.
Mañana los amores serán rocas y el Tiempo
una brisa que viene dormida por las ramas.

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whítman,
contra el niño que escribe
nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia
en la oscuridad del ropero,
ni contra los solitarios de los casinos
que beben con asco el agua de la prostitución,
ni contra los hombres de mirada verde
que aman al hombre y queman sus labios en silencio.
Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,
de carne tumefacta y pensamiento inmundo,
madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño
del Amor que reparte coronas de alegría.

Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos
gotas de sucia muerte con amargo veneno.
Contra vosotros siempre,
Faeries de Norteamérica,
Pájaros de la Habana,
Jotos de Méjico,
Sarasas de Cádiz,
Ápios de Sevilla,
Cancos de Madrid,
Floras de Alicante,
Adelaidas de Portugal.

¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!
Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,
abiertos en las plazas con fiebre de abanico
o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.

¡No haya cuartel! La muerte
mana de vuestros ojos
y agrupa flores grises en la orilla del cieno.
¡No haya cuartel! ¡Alerta!
Que los confundidos, los puros,
los clásicos, los señalados, los suplicantes
os cierren las puertas de la bacanal.

Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson
con la barba hacia el polo y las manos abiertas.
Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando
camaradas que velen tu gacela sin cuerpo.
Duerme, no queda nada.
Una danza de muros agita las praderas
y América se anega de máquinas y llanto.
Quiero que el aire fuerte de la noche más honda
quite flores y letras del arco donde duermes
y un niño negro anuncie a los blancos del oro
la llegada del reino de la espiga.

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