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GABO Y LA POESÍA…

El martes 21 abril, 2015 a las 8:50 am

Gabo

Luego me contó que había hecho una travesía reciente por la Ciénaga Grande y el río Frío… el boga le dijo que esas mariposas aparecieron después de Cien años de Soledad, pero la explicación de Gabo es que siempre existieron, sino que vinieron a reparar en ellas después de la fama del libro (Gabo en mi memoria. José Luis Díaz Granados.)

Armando Orozco Tovar

Armando Orozco Tovar

Aquella vez nunca se dijo que el Premio Nobel de Literatura había sido concedido al más grande poeta de Colombia. Natura sólo por él conocida, conduciendo al final su discurso de premiación hacía las riberas del certero verso de Cardoza y Aragón en su poema Laurel: “La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre”.

Toda su obra es el ejemplo más palpable que entre la prosa más precisa y la mejor poesía no existen barreras. No hay sino que leer a Gabo en silencio a las cuatro de la madrugada en un tren de insomnio o navegando por las cúpulas recorridas en el avión antes de llegar su sima, o también sumergidos con escafandra en el fondo del océano para saber que es el más grande poeta de Colombia de todos los tiempos. Él lo sabía, que la poesía volvería a ser el reino de los poetas, desde sus primeras prosas. Su luminiscencia, el ritmo, los registros musicales mallarmeanos de sus frases exactas, caminando con vida propia por un lenguaje que deja la iniciativa a las palabras, sin abandonar nada en la penumbra.

Escribe todos sus textos como un discurso con sentido claro, los cuales de inmediato llevan al lector al sentido del gran poema de su prosa. Siempre lo dije es el mejor poeta de un país que nunca tuvo uno verdaderamente grande, como Nicaragua, Cuba, Chile, Perú, o Argentina. Caben en sus reminiscencias diez mil años de la mejor poesía castellana. Se sabía de memoria todo el siglo XVII sin equivocarse. Asimiló de ella el amor por las imágenes únicas, que le brotaban incontenibles al escribir o soñar, que es lo mismo. No soportaba las metáforas que le llegaban fantasmagóricas en la cama a torrentes, teniendo que levantarse a ponerlas en la blancura defendida por el papel, al lado de las quinientas hojas, que Mercedes, ponía junto a su máquina de escribir. Nunca las manchaba como quien creyéndose pintor embadurna una tela. Las utilizaba para crear un nuevo universo.

Primero lo plasmó a través de la cinta comida por el golpeteo incesante de las teclas sucias de los periódicos, y por el salitre marino tan cercano a sus anhelos de descubridor de otras regiones de la palabra. Desde el principio fue el príncipe de todos. Hablaba y escribía con palabras olvidadas, que volaban como halcones amaestrados sobre tejados de musgo de fantasmas y buques con banderas traídas a media asta, de Europa, pero también de África, Asía o de las islas Egeas en el Mediterráneo. Tampoco le faltó el pasmo a sus arranques primerizos de poeta en aquel internado donde los espejos de sal aún no reflejaban con exactitud su rostro entre el frío blanco y el murmullo de los rezos coloniales. Los versos y las palabras habitadas en él desde antes de nacer como en José Asunción, porque en sus ojos de infante mostrados por las fotografías se advierte al poeta mirando y descubriendo con minuciosidad su mundo. Ese niño ya veía por los oídos de su cuerpo los ruidos de bronce del filo de las espadas ancianas. También las velitas doradas revoloteando en la lumbre que en la coreografía de la noche salían en puntillas intimidando de súbito con su ballet, las pavuras agoreras de la abuela. La rima de sus sabias esdrújulas las aprendió pronto navegando en el barco de papel de las palabras. Su prosa ahora se lee como un largo poema. Sus frases son versos que primero llegan al corazón, para después pasar al pensamiento como reflexión  Como un dios griego, Gabo sueña lo que somos, esa mezcla de todas las cosas americanas, que sólo pertenece a la poesía y a su esencia. Las historias contadas por el fabulador están atadas a la gran metáfora del hombre de todos los tiempos, percibiendo la verdad del asombro en la mentira de la verdad.

Ahora dicen dizque se murió, en vez de decir que se vivió. Póngase el oído en la música de su palabra de poeta y vivo se le oirá siempre. Se auscultará nítida su voz. Colóquense sus párrafos en escuadrones de versos, y se tendrá el gran poema de la patria. Que sólo él como otro Cervantes abrió, fundando una verdadera nación de poesía. Porque todas las cosas, es cierto, aquí existen… pero sólo se ven como a las mariposas amarillas de la anécdota del inicio de este texto, cuando la palabra las hace evidentes.

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