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Viernes, 10 de julio de 2020. Última actualización: Hoy

FUI TESTIGO

El martes 23 julio, 2019 a las 3:56 pm
FUI TESTIGO
Imagen: ELTIEMPO.COM

FUI TESTIGO

FUI TESTIGO

   La imagen del presidente Iván Duque ante las cámaras, abrazando a un “héroe de la patria” mutilado fue conmovedora, emotiva y en esencia solidaria. Ante ese gesto, cualquier discurso de la razón es pobre. Lo del presidente, en suma, fue inspirador. Inspirador quiere decir que muchas otras historias de otros héroes, de repente salen a flote y gritan por expresarse. Yo no fui ajeno a esa inspiración, porque tengo una historia de la cual fui testigo.

   Ejerciendo como docente en una prestigiosa institución pública de Popayán, tuve como alumno a un niño que llamaré Luis Muñoz (se reserva su verdadera identidad). Hijo único de una madre soltera, que lo adoraba y no había mes que no asistiera al colegio a preguntar por su hijo. Luis era inteligente y demasiado despierto; es decir, siempre estaba activo, pero con la atención y la escucha dispersas. Su caso era siempre considerado para la lista de estudiantes indisciplinados. La humilde madre sufría en silencio, pero era inquebrantable en su esperanza, y no ahorraba sacrificios.

   La actitud de Luis hacía pensar que lo suyo no era el estudio. Agotando estrategias pedagógicas y didácticas se le pudo llevar hasta el grado 10. Ya para el 11 Luis no regresó. Vino, sí, su madre a retirar papeles y a dar las gracias. Se le preguntó la razón de la deserción de Luis, y ella nos confirmó: “Él ya no quiere seguir estudiando, profe; me dijo que apenas cumpliera los 18 años se presentaba al batallón, porque su verdadera vocación era hacerse soldado profesional, para servir a la patria”. Eran los años duros de la década del 90; todo el Cauca era zona caliente en la vorágine del conflicto armado. No hubo inconveniente para su ingreso, su rostro y su actitud eran el resplandor del coraje.

   Luis fue un adelantado en los entrenamientos, y antes del mes ya era un experto en el manejo y conocimiento de armas; no hubo necesidad de eso que llaman “lavado de cerebro”, el fusil fue no solo su arma sino su más caro pariente y parcero. No era común que al batallón llegaran aspirantes a soldado con el perfil de Luis. En dos meses fungía ya de centinela en una vereda del norte del Cauca.

   Pero Luis no dejó de ser inquieto. Una noche, aburrido en su garita, le dio por alejarse, se salió del camino y, cerca de una enramada, una mina le destrozó la extremidad inferior izquierda hasta la altura de la rodilla. En helicóptero lo trasladaron al hospital San José de Popayán, donde le hicieron las curaciones pertinentes. “Es increíble que este muchacho no se haya desmayado, ha perdido mucha sangre”, dijo el médico. Milagro del coraje, pensaría uno.

   La historia de su breve experiencia en el ejército me la contó el propio Luis. Seis meses después de su accidente se presentó en el colegio, buscó a sus antiguos profesores y abrazó a cada uno con un saludo de gratitud. Y contaba una y otra vez su heroica experiencia en el glorioso ejército de Colombia. El encuentro conmigo fue empañado por la nostalgia; pues de tantas clases, recordó especialmente una en que les leí en voz alta un cuento de Gonzalo Arango, “Batallón Antitanque”. Una historia en que dos hermanos se reconocen en un combate, uno soldado y el otro guerrillero. Pero Luis realmente no estaba para alimentar por mucho tiempo la nostalgia. Y su accidente, que yo valoré como una tragedia personal y me sacó palabras de estímulo, de “hay que seguir adelante”… pronto mutó en sorpresa. Estupefacto, advertí cómo Luis pasó de la nostalgia a un estado de euforia: “Profe Donaldo, ya tengo una pensión de por vida, lo único que me preocupa ahora es esta prótesis que ya casi no me calza, porque he engordado”.

Luis se despidió, se arregló el look, estilo “el man es Germán”, y salió detrás de un grupo de niñas en recreo, que hacían la bulla de un reguero de vidrios; Luis les echó piropos, y una de ellas, que quiso conocer su historia, lo acompañó hasta la calle. Lo verdaderamente trágico en esta historia es la ironía: la volada de una pierna en un muchacho pobre parece ser la mejor de las suertes para asegurar el futuro… Y se me ocurre una pregunta: ¿delante de los jóvenes soldados que erradican cultivos de coca va una máquina rastreadora de minas antipersona?

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