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Feminicidio en la Casona de la Contraloría

El lunes 27 diciembre, 2021 a las 10:30 am
Feminicidio en la Casona de la Contraloría
Imagen: http://anterior.cauca.gov.co/

Feminicidio en la Casona de la Contraloría.

Por: Álvaro Jesús Urbano Rojas.

El homicidio pasional de mayor repercusión en tiempos coloniales, fue el cometido por el capitán Lorenzo de Paz Maldonado, en la antigua casona donde funcionó la Contraloría General del Cauca. Ahí conviví cuatro años con el fantasma de doña Catalina, ella no podía aquietar su alma en pena por causa del adulterio. Pasada la medianoche, soslaya el silencio nocturnal con lamentos tétricos, azotando puertas y ventanas por los zócalos de aquellos muros sempiternos.

Don Lorenzo, un noble español nacido en Salamanca, al servicio de la corona como encomendero de Caloto y Calibío. Se estableció en Popayán, donde se casó en 1576 con la doncella, Catalina de Belalcázar, nieta del fundador de la ciudad, don Sebastián de Belalcázar. Una niña mestiza con los encantos propios de las ñapangas payanesas. Estando casada, adornaba su belleza con diademas de plata y abalorios de oro; de mirada picaresca y caderas contorneadas que la hacían irresistible como fruta en sazón, su ensortijada cabellera negra caía sobre sus hombros desnudos cual cascada de raudales inquietos. De su corpiño seductor de escote profundo, emergía con delicada belleza la voluptuosidad de sus senos, dejando presagiar el color canela de su piel morena mate, con rostro de ángel y seducciones de demonio; su boca carmesí se adornaba con sonrisas de fina coquetería, bajo una nariz pequeña y respingada. Don Lorenzo absorto a sus 40 años, empleó poder y fortuna para adueñarse de la quinceañera en enlace no consentido por la doncella pretendida por otros, particularmente por su amigo Don Francisco García de Tobar.

Después de quince años de matrimonio, crecieron los rumores sobre los sibilinos encuentros de doña Catalina con García de Tobar. El 11 de octubre de 1591, en momentos en los que Lorenzo de Paz Maldonado visitaba a su tío Álvaro Botello Maldonado, García de Tobar llegó a visitar en plan de amante furtivo a doña Catalina. La esclava Bárbula recibió la instrucción de vigilar en la ventana el regreso del marido.

Estando la pareja en sus deleites carnales en el aposento matrimonial, se enteran del regreso intempestivo del marido anunciado por la esclava, Don lorenzo, decidido a comprobar las sospechas que venían embargando su espíritu, irrumpe azotando con violencia el portón de cedro libanes. Obstinado por la ira, saca la espada de la funda ligada al cinto por las reatas del uniforme militar, movimiento que advirtió la esclava aumentando su pavor. Iracundo alcanza la habitación matrimonial y encuentra a su esposa azorada, conturbada; sigue rápidamente a la sala, pasa a su alcoba y observa que en la puerta hay una caperuza de luto; con ímpetu prosigue hacia adentro y se encuentra frente a un hombre: don Francisco García de Tobar, su amigo. Ciego de ira, atraviesa de una banda a otra, el pecho del intruso. Don Francisco, herido, huye, siendo perseguido hasta el portón por el iracundo esposo, quien le proporciona una nueva herida. Vuelve loco sobre su mujer, a quien encuentra en la puerta de la cocina y sin pensar en lo que hace, la cose a estocadas, causándole catorce heridas. Considera su honor ultrajado y justifica así su agresiva actitud y consiguiente castigo. Los adúlteros mueren poco después.

Un oidor del tribunal de la Real Audiencia, lo condena a la confiscación de bienes, además, ordena arrastrar al reo desde la prisión tirado por una bestia de silla por las calles empedradas de la ciudad, acompañado por un cadete, arengando el castigo con voz de pregonero para escarmiento público. Ya en la plaza principal, hoy el parque de Caldas, dispone la sentencia que, en un lugar de preeminencia visual, estando el condenado en el patíbulo, muera degollado por mano de verdugo con tajón de hierro, decapitado con corte contundente por garganta, cuello y carne, por causa de su ignominia.

Apelada la providencia, con el argumento de exculpación punitiva por actuar bajo el efecto de ira e intenso dolor, el Tribunal Supremo de Indias le concede la libertad definitiva y la posibilidad de continuar gozando de su fortuna. Seis meses después en ceremonia de desbordado lujo, se casa en segundas nupcias con Catalina de Zúñiga, hija del conquistador Francisco de Mosquera y Figueroa. Quedando impune el primer feminicidio de la historia forense del Cauca.

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