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Miércoles, 2 de diciembre de 2020. Última actualización: Hoy

Falleció el “Pediatra de los Pobres” a los 91 años

El lunes 22 junio, 2020 a las 10:05 pm
Falleció el “Pediatra de los Pobres” a los 91 años
Obituario del médico Guillermo Botero Beltrán, fallecido el 4 de junio de 2020 en un accidente a la edad de 91 años, uno de los más antiguos y generosos profesionales de la medicina en Bogotá.

Falleció el “Pediatra de los Pobres” a los 91 años

Andrés Oliver Ucrós y Licht

En 1928 en Grecia, el médico Papanicolau crea el test del que es epónimo para detectar tumores uterinos; George Wells, Edward Lawrie Tatum y Joshua Lederberg reciben el premio Nobel de Fisiología y Medicina por sus estudios con las bacterias y la genética; en Australia se inaugura el Servicio Médico Aéreo. Y en Bogotá un primero de julio, vino al mundo un personaje singular, objeto de este homenaje: el doctor Guillermo Botero Beltrán. Nació en un hogar de clase media alta, conformado por Guillermo Botero Méyer, empleado del Banco de la República de Colombia en Nueva York, hijo de un antioqueño y una alemana, quien había nacido en 1901 y falleció en 1981; y su esposa Lola Beltrán Portilla (1913-2002).

Falleció el “Pediatra de los Pobres” a los 91 años
Foto: Guillermo Botero Beltrán (niño), con sus padres y hermanos. De izq. a der.: Jimmy (sentado), Guillermo de pantalón negro, la madre Lola, Mary, y Ligia, junto al padre, Guillermo Botero Méyer.

Sus primeros años los pasó entre Bogotá, Buga y Nueva York. Dicen que era tímido. Su adolescencia transcurrió en Buga, viviendo muy cerca del hospital, al que se asomaba desde la ventana para ver cómo llegaban los cadáveres a la morgue. Esta fue su primera aproximación a la muerte y el origen de su angustioso interés en salvar vidas.

Se graduó de secundaria en el colegio Nicolás Esguerra de Bogotá. En 1958, año en el que empezó el Frente Nacional, recibió su título de doctor en medicina de la Universidad Nacional, profesión de la que hizo todo un apostolado.

Viajaba en buseta y vivía con modestia en Fontibón. Su desprendimiento cubría con la consulta y los medicamentos de sus pacientes más escasos de recursos económicos. De un amor generoso rayano en lo increíble, Botero había unido su vida el 10 de febrero de 1957 mediante matrimonio católico, a la de doña Tulia Villoria Vélez, una viuda con seis hijos, a la que conoció durante su internado en Alpujarra. Fue médico en Alpujarra y Neiva; luego en el hospital de Mariquita; y sirvió también a los desaparecidos Ferrocarriles Nacionales. En llegando a Bogotá, fue nombrado director del centro de salud de Tunjuelito, cargo que fungió durante más de 15 años; para su retiro, su gestión lo había convertido en hospital. Se especializó en Pediatría. En su consultorio de su casa en Fontibón trataba algunos pacientes de forma gratuita durante la noche, después de agotadoras jornadas en el centro de salud. Era muy reservado y son estos los recuerdos de sus pacientes y familia.

Con Tulia tendrían cinco hijos más, en total once, tan unidos todos como pocas familias de la actualidad.

Falleció el “Pediatra de los Pobres” a los 91 años
El doctor Botero con su esposa, hijos y nietos. Rosa Irene Arango, Andres López Villoria (†), María Eugenia Valderrama, Eduardo López Villoria y su hijo el Dr. Carlos Eduardo; el Dr. Guillermo Botero Beltrán, su esposa Tulia Villoria Vélez, Elsa López Villoria, Ines López Villoria, Rafael Zambrano; Sofia López Villoria (†), Miguel Ángel Rendón. Al medio: Norma Patricia Botero Villoria, Diana Botero Villoria, Roberto Soler, Tulia López Villoria. Sentados: Claudia Eugenia Botero Villoria, Guillermo Botero Villoria, Luisa Fernanda Botero Villoria, hijos del Dr. Botero.
Falleció el “Pediatra de los Pobres” a los 91 años

Su hijo, Guillermo Botero Villoria, rememora en pocas palabras las últimas horas de su padre:

“Hoy después de haber dejado a mi padre en manos de nuestro Creador, me encuentro desolado y triste (…) solo esperaba que frente a esta pandemia yo no fuera quien le llevara este trágico designio a él, pero la vida es extraña… no obstante que asumió con estoicismo su aislamiento preventivo con 91 años por más de 80, se sentía feliz porque volvía a ser el hombre independiente que era, podía ir al parque a hacer sus ejercicios y caminar hasta alguna de sus “oficinas”, como él llamaba a las cafeterías de Iserra 100, Bulevar Niza, o Carulla (…) solamente hasta el martes 2 de junio salió con su tapabocas y su careta hasta el Banco a retirar unos “centavos” para hacer sus compras (…) el jueves se decidió a salir, acudió al Fruitiver a 2 cuadras de casa, compró víveres y seguramente ya con más confianza decidió sentarse en la barra fija que había afuera del supermercado en una silla alta, tal vez a descansar o contemplar la gente y disfrutar de la libertad tras el difícil confinamiento (…) Lastimosamente, sin poder saber qué pasó exactamente, se fue de espaldas y cayó al piso. Los empleados del supermercado llamaron la ambulancia. Tras la llamada de una de mis hermanas (…) corrí al supermercado y me encontré junto a la ambulancia (…) con sangre, gritos de dolor y angustia. Inmediatamente, llamé al Dr. Solano, le conté la situación (…) y fue atendido (…) los minutos para mí se hacían horas; (…) lo recibieron con presteza y lo pasaron a la máquina para un TAC. Yo de lejos trataba de observar la situación, se veía aumentar la complejidad, cuando la médica ordenó clave azul; ahí entendí que tal vez no volvería a ver a mi padre: había hecho un paro cardíaco y ya conocemos el procedimiento… Vi llegar los médicos, enfermeras y auxiliares para apoyar (…) ¡y salió del paro!, pero fue preciso entubarlo (…) lograron tomarle imágenes diagnósticas (…) el resultado fue que tenía un hematoma subdural que ya había cubierto la parte media de su cerebro. El pronóstico según el neurocirujano residente, era mortal.

Guillermo Botero Beltrán

“Qué difícil es tener que informar a la familia de una noticia así, tan infausta; y peor, a sabiendas de que no era posible que lo acompañaran en su último aliento debido a la crisis del Covid-19 (…) el Dr. Juan Carlos Diez, neurocirujano (…) me explicó la situación (…) ya imaginaba que mi padre no tendría ninguna posibilidad (…) pero siempre queremos que alguien nos diga que se va a salvar (…) Así pedimos un segundo concepto a otro neurocirujano (…) y nuevamente esos minutos, se hacían horas, se hacían momentos eternos (…) Ya en ese instante lo estábamos trasladando a la UCI y había informado a mis hermanas sobre la gravedad del asunto. Mi sobrino médico me llamó y me confirmó lo que ya sabíamos pero no queríamos aceptar: el ser que nos dio la vida, se estaba muriendo (…) En la UCI (…) me apoyaron y me permitieron conectar a mis hermanas a través de una llamada por mi celular, para que lo vieran, lo despidieran y también para que nuestro capellán asistiera según nuestro ritual, con sus santos óleos. Al cabo de unos minutos, mi padre falleció.

“Quiero a título personal y de mi familia, agradecer a todas las personas que atendieron a mi padre (…) aquellos que con cariño y sabiduría lo atendieron y realizaron todos los esfuerzos posibles para salvarle la vida (…) a la Dra. Da. Marcela Poveda, quien lideró la clave azul y logró con todo su equipo sacar de la muerte a mi padre en ese instante; a la Dra. Lina Saucedo, mi canal de comunicación en esos momentos con el equipo médico; a la Dra. Da. Ángela Romero, quien me dio apoyo y comprensión; a la fisioterapeuta, Da. María Paula Escandón, quien estuvo a su lado cuidándolo y controlando su proceso respiratorio;  al Dr. D. Juan Carlos Díez quien me explicó de manera clara y amorosa su grave diagnóstico y que con generosidad y profesionalismo permitió y apoyó nuestra búsqueda de una segunda opinión. Gracias doctor por su comprensión. A todo el equipo de enfermeras, auxiliares, camilleros, vigilantes, orientadores, admisiones, facturación y en general a toda la Clínica Shaio que nunca se rinde ante las adversidades y me acompañaron en esos difíciles momentos”.

Palabras de su nieto, Daniel Rodríguez Botero:

“Mi abuelo fue y será para mí un misterio. Nunca lo conocí y ahora ya no lo podré conocer. Pero sé que era un hombre sincero. Su legado, sin ampulosidades, ni eufemismos, sin retórica ante la muerte, es el que me permite afirmar que nunca lo conocí y ahora ya no lo podré conocer. Mi abuelo siempre será para mí un misterio. Pero nos amó y lo amé”.

Palabras de su nieto, Alejandro Rodríguez Botero:

Guillermo Botero Beltrán

“Cuando mi madre me pidió que hablara sobre mi abuelo, lo primero que se me vino a la mente fue la foto de mi primer cumpleaños. Según cuentan los álbumes familiares, él era mi persona favorita y yo lloraba si no era él quien me cargaba. Al parecer me sentía más seguro con él que con mis propios papás. Sin embargo, no me acuerdo de cuándo tomaron esa foto y el primer recuerdo que tengo es muy diferente: Una imagen monótona, donde mi abuelo vestido de tonos marrones, veía atentamente a la televisión. Lo acompañaba un periódico abierto, en la página del crucigrama. En mi memoria este retrato se repite varias veces, pero varía lo que estaba ante nosotros en la pantalla. Como televidente, solo alternaba entre Animal Planet, Discovery Channel, partidos de tenis y el canal de las Artes, donde pasaban cosas tan emocionantes para un hombre culto, como el ballet de Tchaikovsky y algo de danza contemporánea. Estoy convencido de que él era el único televidente de ese canal (…) Con el pasar de los años, estos momentos se volvieron menos frecuentes.  A medida que crecí se abrieron las fronteras de mi mundo y se levantaron barreras a estos espacios que solíamos compartir. Sería egoísta asumir que fue él el único que cambió, porque yo también lo hice… Poco a poco, su imagen austera y reservada fue pelando sus capas, mostrando un rango mayor de emociones, como una matrioshka invertida. Me gusta saber que mostró coraje para transmitir a mi mamá el aprecio que siempre le tuvo y que nos enseñó; su lado cómico cuando participaba de los chistes verdes que contaba la tía Susana. Por aquel entonces, empezó a buscar el ruido familiar y el movimiento del que se había alejado por años. Como si quisiera en una carrera retroceder el tiempo y atravesar esos 10 metros que tanto le costaban en aquellas reuniones. Esta es la versión final de mi abuelo. Mostró pasión por la vida cuando otros vivían el desencanto. Que cogió el volante y realizó los cambios que se propuso, aún en su vejez. Un transformador en cambio constante, quien contrario a lo que dijo un filósofo francés, la libertad no lo condenó, lo reivindicó. Mi mente infantil no tenía suficiente información para entender que se trataba de un hombre al que le gustaba mantener la distancia. Y en cierta medida, tal vez su pasividad fue lo que me atrajo a esas tardes de televisión que pasamos juntos. Me gusta pensar que sin decirlo apreciaba mi compañía y que los abrazos que le daba de bebé los sustituí por las chaquetas que le regalé en mi adultez y que usó con cierta devoción afectiva. Y si bien no me acuerdo del momento en el que nos tomaron la foto, cada vez que la veo recuerdo lo feliz que me sentí en sus brazos. Descansa en paz”.

Guillermo Botero Beltrán

Su hija Luisa Botero expresó:

 “Hay cosas que no queremos que pasen, pero tenemos que aceptarlas (…) Fuiste un aventurero, caminante, soñador, nos diste ejemplo ético, amoroso, honesto, sencillo y respetuoso. Nunca te oímos hablar mal de nadie, ni juzgar, ni quejarte; fuiste paciente y resiliente en esta vida azotada por tantos sufrimientos que a veces no entendías pero que aprendiste a aliviar”.

Su hija Claudia Botero manifestó:

“Fue un ser  que jamás habló mal de nadie, que no envidió, ni ambicionó lo material. Un hombre que siendo joven encontró el amor de su vida en una viuda con seis hijos a los que educó. Luego llegaron los Botero y fuimos once hijos; luego entregaste a tus hijas y ser abuelo llenó tu vida de alegría, te sentías feliz, lo disfrutabas y viviste orgulloso de cada uno de nosotros, amaste a tus yernos y nueras y acompañaste a tu mujer elegida hasta el final de sus días. Después de esa dolorosa partida te acercaste más a nosotros y conocimos mejor a ese hombre que todos admiraban y poco conocíamos. Decirte adiós no es más que prolongar un reencuentro, caminas de la mano de la mujer amada. Nos dejas tu amor a la vida y tu dinámico andar”.

Su yerno Edgar Castro, también dijo:

“El doctor Botero, casi con 92 años que quería llegar a los 100; hacía lo que le gustaba, hablaba con transparencia. Era el viejo que caminaba sin miedo a la lluvia o al sol”.

Palabras de la familia Valle:

“La familia Botero, pese a las circunstancias, decidió ser también ejemplo de generosidad compartiendo momentos especiales de su vida para que nos lleváramos un recuerdo imborrable. La familia Botero Villoria siempre nos une, pese a nuestras diferencias”.

Palabras de Andrés Romero Barreto, esposo de su nieta:

“De tu vida me quedan muchos recuerdos y vivencias. Recién empezaba mi relación con Luisa, recuerdo tu frustración de ver como la vida te distanciaba del amor de tu vida a través de una enfermedad compleja de entender. Mientras algunos veían una persona un poquito gruñona, malgeniada y en algunos momentos, difícil de soportar, yo veía a una persona que no encontraba otra forma de trasmitir su tristeza y frustración diferente a la del enojo. Una persona que afrontaba esa difícil situación, intentando suponer que nada estaba sucediendo, y bueno, todos tenemos nuestra forma de expresar nuestros sentimientos y esa era la tuya. En los últimos años note con alegría como a tu modo te acercabas más a tus hijos y como poco a poco iban transformando esos dolores o traumas en experiencias de amor y unidad. Recuerdo cómo anhelabas anticipadamente el nacimiento de Matías. De esta pequeña gota de vida de quién no alcanzaste a escuchar en este mundo decir la palabra “abuelito”, pero al que si pudiste alzar en tus brazos, y seguramente del que seguirás sus pasos de otra manera”.

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