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Viernes, 4 de diciembre de 2020. Última actualización: Hoy

Ética, periodismo y hospital “Agustín Codazzi”

El jueves 5 noviembre, 2020 a las 8:59 am

Ética, periodismo y hospital “Agustín Codazzi”.

Por Donaldo Mendoza

   El pasado 31 de octubre leí en El Pilón: “Algunas áreas del hospital de Codazzi serán arrendadas a un privado”, una información que firma la periodista Annelise Barriga Ramírez. Al otro día, el título de una columna era: “Se arrienda el Hospital Agustín Codazzi”. El firmante prefiero no escribirlo, porque involucra un problema ético que es tema de este artículo. En efecto, un lector sensato y con capacidad de discernimiento infiere que el primer titular es cierto, y el segundo falso. Ahí hay un problema ético.

   Annelise me hace pensar que su formación periodística es profesional, no porque venga de alguna facultad de periodismo sino porque sabe de la responsabilidad que le asiste cuando escribe, con ella y en igual medida con los lectores. Annalise sigue la línea investigativa que obliga a contrastar y verificar cada palabra, cada frase escrita. Así lo hace en el título (que es una síntesis del contenido), y lo propio hace al final: Se “intentó comunicarse con el gerente de la ESE, (quien) no pudo atender el llamado”. Así su informe parezca in-concluso, Annelise se cuidó de no poner palabras suyas en boca de una fuente. Esta limitante es precisamente lo que hace concluso, objetivo y creíble su informe.

   Bien distinto a lo que hace el escribiente del día siguiente. Titula con una frase que no es cierta, porque el hospital de Codazzi ¡no está en arriendo! Y cierra su columna con una cerecita folclórica: “Se las dejo ahí”. La responsabilidad de un periodista profesional y serio es con sus destinatarios (los lectores del periódico); es decir, no puede ser sesgado ni responder a intereses politiqueros y mezquinos. Porque el resultado es, entonces, un periodismo de medianía y carente de objetividad.

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Hospital Agustín Codazzi - Cesar
Imagen: https://elpilon.com.co/

   Lo que hace un tiempo contó una persona, testigo de lo que enseguida cuento, permite avizorar la punta del iceberg del problema que hoy agobia al Hospital “Agustín Codazzi”. Erase un pez chico –quizá no viva ya–, pero con don de mando; quien en un rapto de euforia etílica, al darse cuenta de que no tenía un peso en sus bolsillos, envió (a altas horas de la noche) a uno de sus subalternos al hospital, a decirle a fulanita que le mandara lo que hubiera en caja, y la fulanita raspó la olla.

   Imagínense, si eso lo hacía un pez chiquito, qué se podía esperar de los tiburones. El Hospital “Agustín Codazzi” es la representación, al revés, del fabuloso cuento de Rafael Pombo, “La pobre viejecita”. La pobre viejecita de hoy está realmente en la inmunda, pero tiene demandas que ascienden a $3.500 millones de pesos. Es el pavoroso escenario que recibió el actual alcalde, el médico radiólogo Ómar Benjumea Ospino. Un hombre de probada sensibilidad social que le ganó las elecciones a los peces gordos de la política en Codazzi. Uno de los primeros actos de gobierno de este digno ser humano fue arreglarles las callecitas a un barrio bajo de invasión que se inundaba con el primer aguacero grande que caía.

   El reto titánico asumido por el Dr. Ómar Benjumea en campaña fue salvar lo que quedaba del hospital, y buscar la forma de sanear las deudas. “Al consultarle al Ministerio –palabras del alcalde–, la única salida era arrendar las áreas libres. “Solicitando el acompañamiento de la Procuraduría General de la Nación”. Cómo no creerle. Ahí está el espejo de lo que sucede con el Hospital “Rosario Pumarejo”. Y si el alcalde no hace eso (arrendar), la suerte de los pacientes enfermos, en su mayoría pobres, será seguir como hasta hoy: remitirlos a hospitales de Valledupar, Chiriguaná, San Juan del Cesar y al antiguo corregimiento de Becerril. Una verdadera caravana de la muerte. Todo porque el primer nivel del hospital de Codazzi solo alcanza para “observación y urgencias”.

   “Mi intención es ayudar a los más pobres”, dice el alcalde, “y para eso hay que ofrecer servicios de segundo nivel”. En suma, sin recursos, la opción que le queda al voluntarioso alcalde es el alquiler de 1.000 metros cuadrados, de un área de 3.400 que tiene el hospital. Ese alquiler a un “privado” sería para poner a funcionar quirófano, sala de parto, hospitalización… Con el arriendo, por 20 o 25 millones, se empezaría a amortizar deudas. Cómo no acompañar al alcalde en este propósito. Poner palos en la rueda, además de mezquino y politiquero, es propiciar que la caravana de la muerte continúe su macabra marcha, con los más pobres.

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