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Este hijuedolar

El jueves 13 agosto, 2015 a las 8:52 am
Diógenes Díaz Carabalí

Diógenes Díaz Carabalí

Cualquier país del mundo estaría brincando en una pata con dólar a tres mil pesos. Deberíamos estar exportando como desesperados. Las vitrinas de los gringos y los europeos deberían estar llenas de pollo colombiano, de carne colombiana, de arroz colombiano, de perdices colombianas; de patos, de piscos, de corderos, de pescado, de bananas, como las llaman ellos. De coles, de lechuga, de yuca, de arracacha, de zapallo, de melones, de piñas; de naranjas, de lulos, de maracuyá, de badea, de sidra, de papa, de limones. De telas, de camisas, de pantalones, de brasieres, de medias. De hostias, de sotanas, de ajuares para monjas. Es decir, deberíamos estar vendiendo hasta candidatos de mal gusto que tanto pululan por estos tiempos, y de presentadoras de televisión orgullosas por no leer un libro y tan brutas como que creen que Guyana queda arriba de Colombia.

Pero todo sucede al contrario: los huevos color a baba de sapo se han puesto por las nubes. La carne de pollo con olor a formol, con señal de inyecciones por todas partes, incomprable. El bocachico vietnamita con deformaciones estrambóticas, incomible. Los sombreros chinos de dos mil ahora son a diez mil, los destornilladores made in Taiwan de dos por cinco mil ahora son a veinte mil, las linternas de quinientos pesos ahora son a seis mil. Se acabaron los “Todo a mil”. Ha tocado dejar el arrocito para celebraciones especiales; para cuando viene la comadre o el ahijado. Las arepas de Arepharina nos toca tres veces más delgadas, con apenas una película invisible de mantequilla hecha en casa. El pan esponjoso que parece de espuma sintética se ha vuelto artículo de lujo. Con que me criaron, la coca cola, ya no hace parte del menú; toca agua sola porque el azúcar hay que tasarla pues consumimos la más cara del mundo.

Lo que pareciera una oportunidad se ha vuelto un problema, porque no somos precisamente exportadores, el estado nunca preparó al país para que tuviera esa vocación. La productividad, en lo que pudiéramos ser competitivos, ha sido descuidada. Fundamentamos nuestras “locomotoras” en áreas que no son precisamente nuestras fortalezas. Nunca entendimos que somos un país agrícola, como si ese fuera un Karma no fuimos capaces de mejorar las condiciones de vida de nuestros campesinos y de nuestros productores agropecuarios, pensamos que nos podíamos industrializar sin tener infraestructura, sin puertos con capacidad de carga, con carreteras que bajaran los costos del transporte, sin aeropuertos con capacidad de almacenamiento y despacho de productos perecederos, sin ferrocarril para movilizar grandes embalajes de productos.

Es decir que la devaluación se ha vuelto en nuestra contra. La inflación real, no la que reporta el DANE, nos golpea profundamente, se han trepado los precios de las autopartes, se han trepado los precios de los productos de la alimentación básica, se ha trepado el precio de los productos para la construcción. El salario no alcanza, los trasportadores no resisten a los elevados costos de operación, los industriales detienen sus procesos de modernización tecnológica por los costos de maquinaria. Se detienen los pagos de las obligaciones hipotecarias, se refinancian las deudas de consumo. Y el gobierno parece no enterarse de este galimatías.

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