Martes, 7 de abril de 2020. Última actualización: Hoy

Estamos jodidos en Quilichao

El jueves 17 agosto, 2017 a las 3:43 pm

El titular, aunque es un decir muy popular es –quién lo creyera—el término de moda en Santander de Quilichao.

Por doquier, todos expresan, o expresamos – para qué negarlo — la misma queja, claro, como consecuencia lógica de la caótica situación que vive la otrora ciudad de remanso y paz, hoy tristemente convertida en una galería y en un pueblo sin Dios y sin ley, porque hace rato que carece de autoridad, de gobernantes serios y con sentido de pertenencia.

No hace mucho, en la edición 379 de Proclama del Cauca de mayo  del presente año, encabecé uno de mis inconformes y, creo yo, bien razonados artículos, diciendo que: “Ese desprecio por las dificultades que afronta Santander de Quilichao son una sumatoria complicada y un caldo de cultivo para que lo que está mal se vuelva peor”.

Pues, dicho y hecho, Quilichao, que hace rato viene mal, porque parece no tener gobernantes y mucho menos autoridad, ahora sí que es cierto que ha caído de mal en peor, cuesta abajo en su rodada, como dice el tango y, como consecuencia, todos sus moradores estamos jodidos. O como dice la juventud: “rejodidos”.

Todo es un caos

La imagen que trasciende nacionalmente, hay que decirlo con tristeza, es funesta, empezando con una violencia que día a día cobra víctimas fatales, a cualquier hora y que, obviamente, mantiene a la población aterrorizada y dando rienda suelta a toda clase de comentarios, todos ellos propios de pueblos fantasmas y de zonas penetradas por el mal.

Es cierto, se ha tratado de reforzar la seguridad, pero es tanta la ventaja que ha tomado la maldad y el desorden, que los hechos y la criminalidad siguen campeando a la sombra, o a la luz.

El origen del mal

¿Y qué es lo que oscurece y empaña a este pueblo otrora apacible, todavía con gente buena?  La falta de autoridad a unos problemas que se dejaron progresar impunemente y hasta con desprecio. Males que no se atacaron a tiempo y que hoy parecen incurables, pero a los que sin embargo, hay que salirles al paso.

Pero, ¿quién le pone el cascabel al gato?

En dónde está la autoridad capaz de frenar la anarquía automotriz, la invasión al espacio público sin control, de un mercado que ya se salió de su lugar y nos asfixia por todas las calles con ventas antihigiénicas y las llamadas “chivas” o buses escalera, que si bien prestan un servicio loable son las causantes de un desorden total, que solo puede admitir un pueblo como Quilichao en manos de las más absolutas irregularidades.

Esas “chivas” urgen de quién las regule y les determine una zona de carga, de parqueo, para descongestionar un poco la población. Pero, ¿y la autoridad? Como decía Barrilito: “ella, bien”.

Se pregunta uno, ¿será que nuestros funcionarios no salen a las calles, como para darse cuenta de tanto oprobio a que está sometida la población?

Oh… ¡y las motos! Violan todas las disposiciones y, como en los otros tantos aspectos que nos tienen jodidos, no pasa absolutamente nada. No hay quien haga cumplir las normas más elementales, que son prioritarias para la seguridad, tanto del motociclista como del peatón.

Y, como dice la canción de la Sonora Dinamita: “¿quién dijo yo la vi? Nadie, siga, sin luces, sin casco, tres y cuatro pasajeros por moto, violando pares y semáforos. No pasa nada, no hay autoridad.

Por eso todo el mundo dice: “estamos jodidos en Quilichao”.

Este remanso de paz lo dejaron acabar los malos gobernantes. Estos gobernantes chimbos que hemos elegido desde hace muchos años, fieles a la tradición politiquera de nuestro país, que prometen y no cumplen. MENTIROSOS.

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