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¿EST PARIS ICI?

El lunes 7 abril, 2014 a las 7:54 am
José Ramón Burgos Mosquera

Por: José Ramón Burgos Mosquera
París 26 de marzo de 2014.

Las ciudades como los hombres, se conocen por su forma de caminar. En aquellas, por supuesto, su historia se ha ido tejiendo lenta pero de manera inequívoca dándoles un carácter, su identidad propia con la cual se muestran ante el mundo.

París no fue la excepción, sobre todo después del “Siglo de las luces”, cuando sus más grandes pensadores impusieron un sello de originalidad y grandeza que opacaron por siempre los bocetos innovadores que aparecieron con el renacimiento. Paris se nutrió de los vientos creadores que soplaban de América y recibió con verdadera algarabía los movimientos revolucionarios que encarnaron Túpac Amaru en Perú y los Comuneros en el Virreinato de la Nueva Granada frente al Imperio Español, desatando el huracán indómito de su revolución que en 1789 decapitó reyes y consortes. Versalles en todo su esplendor, no fue más que otro motivo para llevar a la Bastilla a sus huéspedes.

Los dos siglos pasados le pertenecieron a Paris: en el XIX todas las mentes lúcidas y febriles soñaron en sus parques y cafetines con cambiar el rumbo de todos los sistemas políticos vigentes en el mundo, ya fuera en América, África y aún en la distante Oceanía. Y en el pasado, tan cercano que pareciera el presente siglo, Paris fue cuna y lecho para renovación en las artes, en la concepción del poder, la interpretación del verdadero sentido de la vida. Hubo un Napoleón, pero también trasegaron Thomas Jefferson y Simón Bolívar por sus calles y avenidas, hubo un Baudelaire, Cezanne, Monet y Van Gogh, compitiendo por conmover los cimientos del gusto citadino. Cada siglo trae nuevos vientos: ayer Descartes y La Fontaine, hoy Sartre y García Márquez. Hace tan poco Modigliani hoy Botero, Siqueiros y Guayasamín, para citar algunos de los nuestros con personalidad reconocida.

Paris sin embargo hoy nos ha llenado de dolor. Sus parques y puentes están llenos de inmigrantes del mundo entero. Antiguos mandingos senegaleses, soberbios ejemplares nubas, Ashanti, fautis y yorubas deambulan con la mirada perdida en un horizonte gris al final de un invierno que se resiste a desaparecer. Los parisinos caminan erguidos, soberbios, atados a su carácter de sentirse llenos de luz y de poder, casi sin importarles esos extraños visitantes inesperados pero cada vez más incontables. Y en todos los sitios emblemáticos de la ciudad, cada vez más pordioseros reflejan la visión de este mundo nuevo, cruel, inhumano y hostil.

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