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ESPERANZA

El jueves 27 diciembre, 2018 a las 11:28 am

ESPERANZA

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ESPERANZA

Por Danna Dávila

Les aseguro que de mí no solo les encanta el sexo. También mi risa, mi caminar, la oportunidad de ser de ellos. Todos coinciden que tengo sex-appeal. A la edad de 24 años ya había viajado a más de siete países, hablaba 3 idiomas y me había acostado con más de tres mil hombres. Entré en ese mundo a los 19, un día que estaba en una empresa de telefonía celular en Bogotá comprando un plan. Llega un montañero con plata – de esos con carriel, botas, pacora y poncho – a comprar 45 planes, me pone conversa, me invita a su finca por allá en puerto López, Meta. Cuando llegué, eso parecía un campo nazi: reclutaban a jóvenes y todo el día daban plomo. Me pesaba en mis culpas haberme puesto de culicaliente.

Esa noche llegaron en un vuelo chárter más mujeres de todo el país. Acá, entre nos, también había presentadoras de televisión. Yo era la elegida del patrón. A las otras pobrecitas les tocó acostarse con más de medio arsenal de hombres. Les cuento una perla: esa noche hubo de todo menos drogas. Fue una noche de subasta: ¿Quién se mete esta botella por un millón? Se los ganaba la que mejor hiciera su número. ¿Quiénes quieren arepiar? Se ganaban 400. ¿Quiénes quieren follar en vivo? Se ganaban 800. ¿Quién da chiquito sin condón? Se ganaban un millón. Todas salieron largas esa noche.

Al día siguiente don Édgar me trajo de regreso a Bogotá. Él necesitaba hacer un negocio de ganado. Pensó que quedaría con mi contacto… pero la verdad, yo me le perdí de vista. La semana siguiente llamé a una de las de esa fiesta y me contó que trabajaba en un sitio muy discreto en la 116 a donde van políticos, actores, empresarios, futbolistas y traquetos. Que el polvo cuesta 500 y que no había que darle comisión al sitio: que lo único que tenía que hacer era que el cliente consumiera mucho licor. Me contó que todos los días salía borracha pero con el botín.

Paula tenía 27 años, era abogada de la Universidad Externado de Colombia. Su papá había sido extraditado a la USA por mezclar polvo con leyes en Urabá, Antioquia, y su mamá había sido puta hasta que conoció a su papá.

Yo tengo 33 años, me llamo Esperanza. En mi barrio me conocen como Panchita. Paula me dijo que me tenía que cambiar ese nombre de mono que tenía. Me bautizó Nikol. Al principio hacía el ridículo. Como no estaba acostumbrada, metía las de caminar y me presentaba como Panchita.

Cuando conocí el sitio al que ella iba, me daba pena cobrar 500. Para mí era demasiado caro. Eso me ganaba yo meses atrás en la casa de familia que trabajaba haciendo la limpieza y donde, gracias a mi jefa, aprendí que las cosas hay que hacerlas bien para no tenerlas que hacer dos veces y que hay que hacerlas con amor. Pues acá fue igual. El éxito me lo di yo con la lección aprendida. Veía a esos hombres asquerosos, viejos, pecuecudos, ordinarios en la cama, sudorosos, con mal aliento y uno que otro papacito con pipi rosado como una “minita de oro”. Yo no ponía tiempo ni tenía la necesidad de ponerme precio: eran ellos los que me daban mucho más. En ese rato me comportaba no como una puta sino como una novia de esas que nunca dicen no, que juegan, que no sienten vergüenza y que les dan vuelta seca.

Nunca me interesaba – en lo más mínimo – saber quiénes eran o quedar en contacto. Muchos me regalaron celular para poderme contactar. Yo se los regalaba a mi hermano, a mi mamá, a mi tía. La que por ella aprendí a “chuparlo rico”. Claro que ella no lo sabe. Cuando tenía doce años salí del baño envuelta en la toalla: yendo al cuarto de mi tía a vestirme la puerta, está trancada: miro por el roto de la chapa y estaba mi tía arrodillada frente a Chucho con todo eso en la boca sosteniéndolo con una mano. Lo miraba fijamente a los ojos y se cachetiaba la cara con él. Pasaba la lengua desde la puntita hasta las pelotas. ¡Pues en este trabajo empecé a practicar y creo que supere a mi tía!

En las noches me acostaba con cinco, siete, diez manes. Hubo un día con trece. Iba a trabajar cuando quería, hacia lo que se me daba la gana. Hay veces invertía en el negocio. Me compraba aceites calientes, jugueticos y trajes hot.

Claro que yo no los necesitaba para mí ni para ellos: “A mí me queda bien todo lo que me quito”. Tengo senos naturales, grande, paraditos, sin pezón, cintura pequeña, un ombligo donde se podían tomar un traguito doble. En la parte de atrás tengo dos huequitos arribita de mis nalgas que es donde ellos se aseguran con sus dedos pulgares: Nalgas duritas, piel extra-suave, color nuezmoscada con aroma a Omnia Bulgary siempre o Allure de Channel, dientes blancos bonitos, nariz respingada, ojos color café, cabello negro sin maquillaje, solo con mi labial rojo pasión sabor a pétalos con el que siempre les dejo una nota en el espejo:

“En tu boca llevarás sabor a mi” o “Quiero verme otra vez encima de ti, moviéndome” o “Quiero ser tu esclava sin rechistar” o “Me queda bien todo lo que me quito” o “Jamás he visto un animal tan dulce como tú”. O “Tu dosis perfecta está en mis caderas”, “Empuja duro, Empuja rico, Empuja más”, “Tú me vicias”, “Al pie de tu cama, me puedes atar” o “Perdona si siento, perdona si disfruto, perdona mi alegría”, “Ahí te dejo los besos que te debo”, “Cuando vayas por el camino, no pises las amapolas, podría ser yo”, “Gracias, Arigato, Obrigrado, Thanks, Grazie”, “Sé que volverás porque lo que yo te di no lo encontraras jamás”.

Al final, todos guardan la Esperanza de volverme a tener.

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Otras publicaciones de esta autora, en:

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