Jueves, 9 de julio de 2020. Última actualización: Hoy

Escribir: terapia anímica infalible

El viernes 21 febrero, 2020 a las 2:03 pm
Escribir: terapia anímica infalible
Imagen cortesía de: https://bit.ly/2HGaZuK
Escribir: terapia anímica infalible

Escribir: terapia anímica infalible

Tal vez es herencia de mi padre a quien le gustaban los discursos orales y las cartas. Darle rienda a sacar de la mente las ideas y volverlas públicas fue para mí una manera de pasar las horas en la soledad. A san Jerónimo lo acompañaba un león en sus ratos de meditación en el desierto. A mí me acompañan el teclado y el computador con su cara de ámbar.

Siempre me gustó leer desde que entré al colegio. Eso me ha servido para tenerle amor a las letras y experimentar ese placer de ver cómo va llenándose la página blanca con las ideas que yo les envío desde el teclado a los diablillos que están allá detrás de cada letra y emoticón.

No puede pasar un día sin que yo escriba. Desde hace más de 50 años lo practico. Antes con la maquinita Underwood, ahora con mi mágico juguete combinado de mesa Samsung e Intel Celeron D. Me siento frente a mis valiosos tesoros y tecleo. Y empieza el misterioso y glorioso evento de la producción literaria.

Tal vez, sin tenerlo siempre presente, el causante de este placer de leer y escribir lo tengo desde que leí a Sandokán, el tigre de la Malasia del argentino Emilio Salgari. ¿Cómo haría él para narrar con tanta precisión los pensamientos, las palabras, los viajes, las aventuras, las tristezas y alegrías de Sandokán, Yáñez, Kammamuri y demás personajes?

No conocía aún el mar -que lo conocí 20 años más tarde en Santa Marta- pero ya conocía qué era un barco, las olas de un mar, el abordaje de los piratas y las alegrías y preparativos de una travesía por el mar de una goleta dirigida por la voluntad de Sandokán, un corsario decidido y sus amigos de a bordo. Nunca me imaginé encaramado en un barco o en un navío en medio de las olas mar. Ni sabía lo que era una caleta en donde se guardaban las joyas y valores que conseguían en sus expediciones.

Leer novelas de aventuras fue mi refugio y mi otra ocupación en la época de estudios en el seminario claretiano de Bosa, hoy parte de Bogotá. Leí muchas novelas, pero ninguna tan vivencial, tan rica en lenguaje juvenil e imaginación tan al alcance de mi edad como esta novela tan apropiada para mi edad e imaginación.

En efecto, si para leer un libro deberá tener alma y vida propia. Mucho más significa escribir. No se trata de tomar el lápiz o la pluma o teclear sobre los signos en el computador. Deberá haber una idea central, una necesidad vital de decir algo interesante al oído o ante el mundo de los lectores o para los amigos que topan un envío digital.

¡Ahhh!, poder escribir un texto casi a diario es un don recibido, innato y alimentado con el ejercicio. Obedece a una disciplina mental y de estudio y cuidado propio. Así, el texto llegará a amigos y lectores que esperan un envío interesante.

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