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Martes, 22 de octubre de 2019. Última actualización: Hoy

Escribir para bien vivir

El miércoles 24 abril, 2019 a las 3:25 pm
Imagen de: https://bit.ly/2IZRzTk

Escribir para bien vivir

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Creo en Pessoa y creo en Plutarco cuando hablan de la necesidad de vivir, de escribir y de Pompeyo cuando dijo que navegar era más necesario que vivir. A los escritores nos impele el gusto, la necesidad de plasmar por escrito lo que nos duele, lo que nos anima, lo que no soporta quedar en el silencio. Hay circunstancias que nos obligan bien a arriar las velas o a templarlas y enfilar la proa del barco hacia donde es preciso cuando es la hora de partir.

Hay provocaciones que se le presentan y excitan al humano cuando le ponen el plato con las viandas o la cicuta o una hoja en blanco para decidir. ¿Cuál de ellos lo tomará y cuándo alguien lo retirará o rechazará? Dependerá de la necesidad y el supremo interés del candidato.

A los héroes que deben morir con tal de conseguir la victoria no les quedará bien vivir. Será, posiblemente, un acto de cobardía o miedo. Al guerrero o soldado en la batalla decisiva le corresponde poner el pecho – y sin escudo – aunque vea que el contrincante o enemigo blanda ante sus ojos la espada o el fusil. El escudo podrá salvarlo y nadie lo tachará de soldado fácil porque lo usó. Y, si muere, la historia lo premiará con el título de héroe, como ocurrió con Leónidas y Epaminondas.

Igual suerte le cupo a Gneo Pompeyo Magno general de César y de mejor estrella, émulo de Alejandro Magno cuando apenas comenzaba la hegemonía romana. A los 24 años entró a la ciudad precedido de un carro tirado por cuatro elefantes, como lo había hecho su predecesor.

A los escritores no nos cabe en la mesa con los libros la espada de la guerra. Pero nos hincha el pecho poder exhibir un puñado de letras en un libro – como El Quijote -. Cunde con su presencia en millares de bibliotecas. Por algo fue tildado de loco el personaje que creó Cervantes. Eso de fabular, de echar a volar un infundio o sartal de letras con historias traídas de los cabellos, como brujas endemoniadas que viajan por las páginas no fue posible sin la locura de Cervantes.

No es, pues, solo el hecho de escribir, sino de escribir lo justo, lo necesario y que empiece y termine bien la historia y de un tirón. Hay veces que va uno en el envión final y ya con 400 palabras y como que se acaba la mecha, como decimos los colombianos. Pero hay que dar la puntada final.

Es menester mirar la página y calcular que uno ya está terminando, como las mujeres de antes: Ya estaban terminando de coser el vestido. Solo faltaba el ruedo. Pero sin hacer el pespunte, sin dar la última puntada bien, la crónica no puede abortar.

Decía yo que yo al comienzo que a los escritores nos quedará bien un texto si terminamos una idea que iniciamos. He aquí que debo cerrar. Ciao.

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