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Escribir, oh escribir, sí

El jueves 16 mayo, 2019 a las 2:22 pm
Imagen cortesía de: https://bit.ly/2YyJUjG

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

A Blanca Ruth Lasso S.

Rasguñar sobre el papel o sobre la arena, echar a volar la imaginación y darle campo en la pantalla para quede impresa la seña del pensamiento: esa es la magia. Lo aprendimos desde niños cuando aún tomábamos tetero. Era tan agradable tomar una rama de árbol y empezar a rayar el suelo dibujando un número o nuestro nombre para tomar posesión del mundo.

Escribir, cómo lo aprendimos tan fácil. Fue como tomar agua o como empujar el aro para que rodara a donde fuéramos. Nos lo enseñó la tía o el papá o la nana para completar su entretenido oficio. Yo no me acuerdo quién me lo enseñó. Pero sí que me valió de mi papá unos fuetazos porque marqué mi primer cuaderno con mi letra y escribí quebedo con (b) labial. Los latigazos pasaron pero las letras hoy me acompañan. Con sangre entraron.

Hoy son mi satisfacción, mi oficio y mi pasión. No puedo pasar el día sin cumplir con la cita en frente a la pantalla de ámbar. Me cuesta, a veces, decidir de qué tema voy a escribir. Pero una vez que lo asumo, comienzo a teclear y no me levanto de la silla hasta que no ponga el punto final.

Sí. Escribir es un oficio grato, una distracción, un placer. Casi un pasatiempo. Perdón, hay un compromiso conmigo mismo y con una gran cantidad de lectores que esperan recibir en su ordenador los temas que escribo. Me he impuesto ese deber. Deber, de obligación moral.

Empiezo con el título. Hoy, lo decidí muy pronto. Y lo hice con gusto, fruición y orgullo. Gozo como comiéndome un dulce, como cuando era niño. Como degustando una pera o una banana madura. A veces me detengo a sentir que lo estoy haciendo bien. Si estoy hilando las ideas y si estoy haciendo interesante el tema, si llevo el ritmo. Pienso si le irá a gustar a mis lectores.

Porque escribir no ha dejado de ser una tarea. Como las que hacía en la casa para llevar a la escuela. Me acuerdo de las planas cuando apenas estaba aprendiendo a hacer las letras. No salir de la línea, hacerlas iguales en tamaño, bonitas, y me comparaba con lo que yo veía en los cuadernos de mis condiscípulos. Y me ponía contento de verlas navegar sobre la línea.

Muchas cosas las aprendí de esta manera. Por competir. A ver quién hacía mejor el mismo trabajo. Seguro, que mi primer maestro, mi papá: se sentía orgulloso. Después, escribir las tareas, hacer la redacción o la copia de un texto fue como ir de paseo. Ya me sabía el camino.

Hoy, escribir es una fruición, un reto, un compromiso diario. Sé que allá lejos, o cerca, alguien recibe mi correo y el montón de letras y palabras deben llevar un mensaje. Deben contener una idea general, desarrollar un tema. Hoy se me ocurrió volver a consentir a las palabras escribiendo cómo llegué a ellas.
16-05-19 – 10:34 a.m.

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