Jueves, 2 de diciembre de 2021. Última actualización: Hoy

Escena del crimen: desidia histórica por el holocausto

El jueves 25 enero, 2018 a las 8:26 pm

Escena del crimen: desidia histórica por el holocausto

Los colombianos – quilichagüeños permanecemos estupefactos ante el holocausto del crimen.

Este término que en un principio de refería a un ritual de asesinatos religiosos por judíos, se acuñó principalmente al exterminio de estos mismos por el régimen nazi en los años 40.

En esta oportunidad me refiero a la matanza sistemática y criminal que azota a nuestro país y localmente en el Cauca agudiza la posibilidad de existir.

Los discursos mentirosos y mezquinos nos dividen en bandos… nos creemos los buenos contra los malos, una santa cruzada que hace poner en duda o justifica el asesinato de humanos, desde tesis improbadas que fracturan la memoria y nos hace sentir tranquilos de un enemigo que desconocemos.

Al dividirnos entre “buenos y malos”, sus historias mendaces hacen que la eliminación física de los “malos” sea el camino que sustenta su barbarie y alivie la desesperanza de los que se creen los “buenos”.

Nos llevan a un plano individualista y oculto del dolor, en el que olvidamos que “los malos” quizás están a nuestro lado, quizás son nuestros amigos, conocidos, vecinos o familiares, claro está, eso solo lo sabemos cuándo se causa el dolor en nuestros afectos y somos capaces de construir una historia que justifique la injusticia.

Llevamos más de 200 años de guerra en este país, una guerra sin historia porque ni los vencidos ni los vencedores han sido capaces de escribirla, por tanto, nos queda la duda razonable o la especulación, para explicar nuestra desidia histórica.

Un país que solo hasta ahora está pensando en considerar la historia en su pensum colegial obligatorio, atiende más los comentarios parcializados de los programas de televisión, los chismes de la farándula y la “crisis” de Venezuela, que la reconstrucción de su memoria.

Sabemos más de la Biblia que de la Constitución Política; conocemos más la geografía de Europa que el número de Juntas de Acción Comunal de nuestro municipio; estamos más atentos de los debates vacíos y rencorosos de algunos profesionales políticos, que de las propuestas que deberían ofrecernos los candidatos que nos representan.

Nuestra desidia sin memoria es la historia de quimera para la sobrevivencia, adaptamos nuestro cerebro para el olvido, desde los principios de Smith en “dejar hacer y dejar pasar”.

La construcción perdurable de la historia no necesita libros ni eminentes pro-hombres para que la escriban y la repitamos como objetos de ventrílocuos.

La historia está en nosotros, esta historia de violencia de más de 200 años, de la que solo recordamos bioetnográficamente según nuestra edad, es ondulatoria: afortunadamente repite sus hechos cruciales, en otra piel y otro cuerpo, pero con su misma significancia, transformándose en parte permanente de nuestra memoria y acción.

Es nuestro dolor el que escribe nuestra historia, es nuestra alegría la que faculta para hacerla completa y es la acción histórica la que la hace objetiva; su escritura debe permitirnos la remembranza y reflexión para entender las demás historias, y evitar el juicio mezquino e indolente.

Este artículo lo escribimos con el profundo respeto y dolor incalculable por los seres humanos asesinados por el holocausto del crimen, esos muertos ajenos o cercanos a nosotros que son re-victimizados con el argumento de que “algo habría hecho”, como el libreto de una telenovela que desde la ficción nos hace pensar la realidad.

Según la Constitución Política de Colombia, en nuestro país es un derecho la vida, es el más importante de los derechos…, sin él, carece de sentido la garantía de los demás derechos. Sin embargo, nuestra realidad quilichagüeña nos dice lo contrario y llevamos la epidermis del holocausto, con el silencio póstumo que desvanece la memoria. El miedo nos corroe y nos corrompe, nos volvemos espectadores de la carnicería y solo hacemos altares para nuestros muertos, desconfiando de los otros, esos que no conocemos pero que quizás “algo habrían hecho”.

Tengo en mi memoria la historia bioetnográfica de un niño que conocí en mis tiempos de colegio, cuando cumplía con horas de trabajo social… ya hace mucho tiempo. Pero mi memoria intacta lo recrea: el sol intenso de la mañana cubría la lluvia de la noche anterior, el verde se hace más verde y el viento de la mañana más fresco, un ambiente que me llenaba de energía para cumplir con gozo la cita semanal de “profesor” acompañante en el hogar infantil Santander. Lo conocí de 4 años quizás, un niño muy pilo y mi vecino además; legado de una familia honorable, amigos de mi casa aun antes de yo nacer… los ojos verdes de la profesora encargada expresaban el amor por su profesión, era inspirador el cuidado con el que trataba sus pupilos, jugábamos y salíamos con todos los niños al parque lineal y yo miraba con esperanza la edificación humana de cada uno de ellos, sus continuas risas, sus gestos, sus comportamientos inocentes que develaban la construcción como ciudadanos.

En medio de todo este grupo estaba él, con una vida potencial de virtudes construida en un hogar con los valores suficientes para hacer de este municipio el orgullo que muchos sentimos, con familiares que desde sus experiencia intelectual le aportan a Quilichao los pilares de su génesis histórica, un hogar con el tesón de salir adelante, superando todas las adversidades y ofreciendo desde su seno, el amor y la honestidad que re-significa la vida en virtud.

Esta familia honorable, veía crecer su sangre, que con palabras aun entrecortadas me llamaba Antonio…

Miré desde lejos verlo crecer, impoluto en medio del holocausto del crimen, con pasos agigantados logró vivir las facetas de sus estudios colegiales y llegar a la Universidad, como escenario que catapultaría el inicio de una vida, en la que los saberes académicos contribuyen al mejoramiento de los otros, de los que muchas veces carecen de las oportunidades de hacer digna su dignidad.

Hace unos días las balas del holocausto lo asesinaron, quitaron a sus padres, familiares, amigos y conocidos la oportunidad de seguir viéndolo crecer, reír, jugar, amar… lo eliminaron… terminaron su historia de vida.

Ahora ya no puede escribir su historia, ahora somos los otros los que lo hacemos…

El holocausto y sus artefactos de dolor, tienen una estructura que solo puede soportarse ante la inoperancia de un Estado, que es gobernado por la ignominia, el lucro y la complacencia de la escritura de una historia mentirosa.

Pongo en duda la gobernabilidad en el municipio, no solo en su inoperancia relativa sino en su incapacidad de garantizar el derecho a la vida; pongo en duda los aparatos de justicia, capaces de realizar paros para el mejoramiento de sus salarios pero incapaces en propuestas-acciones que eliminen la impunidad; pongo en duda la “inteligencia” militar y policial, capaz de “conservar el espacio público” pero incapaz de desestructurar la criminalidad; pongo en duda el funcionamiento de un Estado, capaz de ser eficiente según el grado de importancia de la vida según sus bienes, pero absorto ante el dominio de la barbarie; pongo en duda el sistema político pues NO nos representa, al contrario nos aísla, nos divide y nos lleva al comportamiento básico como especie.

Quitarle la vida a una persona es el crimen más alto, es robarle todas sus posibilidades y además estrangular el alma de la memoria de quienes la escribimos.

Mis mayores respetos y condolencias para las familias que lo viven, mi aprecio y compasión para las familias que hacen parte de mi historia.

Es incalculable el daño estructurado desde el holocausto, sus instrumentos potencian la desidia de la memoria, nos pone en duda, nos convierte a los humanos en especie y niega la posibilidad de ser seres. Como especie nos convierte en bestias depredadoras, cínicas, infelices y miserables. En su negación del SER, impide la capacidad de construir, conservar, valorar, amar y vivir en solidaridad con todo lo que nos rodea. Es así como depende de nosotros si queremos SER HUMANOS o simplemente ser una especie, la primera se determinada por la compasión con la que leemos y vivimos nuestra historia, la segunda, gobernada por la indiferencia en la que nos sumimos, y nos lleva al camino de la extinción.

Esta historia en pocas líneas es una invitación a la construcción de SERES HUMANOS, es la negación de la desidia histórica que nos ha sumido en el individualismo, mezquino y criminal del holocausto, es la remembranza del pasado-futuro para impedir que la ondulatoria historia no cambie su curso. Estar vivos nos permite la capacidad de transformación continua y es la memoria de nuestros muertos, familiares, amigos o conocidos, la inspiración para recuperar el SER perdido, la re-significación de la vida para tomar decisiones históricas que impidan que el rumor se convierta en vivencias ordinarias.

Sigue a Proclama en Google News
Deja Una Respuesta
Abrir el chat
1
Paute aquí
Hola 👋
¿En que podemos ayudarte?