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EL EREMITA EMPRENDE NUEVO VIAJE

El jueves 9 junio, 2016 a las 11:26 am
Bulevar de los días

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy / Loco-mbiano.

EL EREMITA EMPRENDE NUEVO VIAJE

https://aquinum.wordpress.com/2014/10/30/finche-la-barca-va-lasciala-andare/

No muy temprano el ermitaño abrió los ojos en su cubil cercado de arena. Hasta su nariz corta llegó cierto olor vegetal, escaso en la inmensidad del eremo. Eran mínimos retoños de hierbecilla que salían de entre la arena y asomaban sus cabecitas verdes. Fueron señal de nueva vida que emergía de un terreno signado por la sequía y la aridez.

No lo dudó. Se levantó con un movimiento ya hecho costumbre. Irguió su cuerpo merced al apoyo del codo derecho sobre la estera donde dormía. Su espalda obedeció y quedó sentado, listo para calzar las sandalias y salir a la otear la placidez de la aurora.

No amanecía muy temprano y el sol estaba aún muy bajo en el horizonte. A lo lejos vió el batir de las palmeras con sus dátiles bajo la axila. Inhaló aire en sus pulmones al recordar el sutil olor y tragó un poco de saliva que le traía la presencia lejana del sabor de la fruta por excelencia del desierto.

Se detuvo de pronto, bajó la cabeza pensativo y en un instante que se hizo largo, realizó un examen de su vida. Para él había quedado atrás un año. Se había añadido a muchos otros que le habían antecedido. Se maravilló de este suceso y se miró las manos. Las deslizó por su cara y bajaron ingenuas por el estómago. Estoy vivo, con energía, siento que la llama de la sangre corre como lo hacía cuando jugaba fútbol de muchacho. Soy el mismo y no siento, al palparme, las arrugas en mi frente ni en mis manos. Qué osadía. Es un signo de vanidad, cruzó por su cabeza y no quiso profundizar en esa idea.

Que los días y los años, al pasar, dejan surcos hechos en la arena, pensó. Y llegan los vientos y los cubren. Las arrugas están bajo las capas que tormenta tras tormenta hacen mover las montañas de los días sobre el desierto que es la vida. El eremita comprendía que los días parecen no dejar huella, que la arena es cómplice diaria y con los vientos cumplen una rutina no culpable.

¿Qué hay bajo la piel, en las entrañas, el hígado y el páncreas, en las neuronas del cerebro que mi cuerpo sigue actuando y mi pensamiento como ciervo loco sigue fabulando, sin dar lugar a que la edad cumpla su tarea de marchitar y anular el azogue que bulle y bulle como las pequeñas erupciones en las aguas termales?

El eremita seguía quieto con la ventana abierta y la mirada sobre lontananza. Parecía no respirar. No había, sin embargo, tristeza ni agonía en su continente. Había calma en su mar porque su nave estaba atada a la seguridad de la cabritilla que lo acompaña. Eso le bastaba. Alzó la testa, algo dura, y volvió en si con un respirar hondo.

Pasó un año y otro y otro. Muchas cosas pasan y desaparecen. Sobreviven casi las mismas. Es un misterio. El mapa parece aumentar de tamaño, el propio territorio se achica pero los bordes siguen ahí a pesar de las cenizas. E la nave va

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