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Domingo, 20 de octubre de 2019. Última actualización: Hoy

Érase una vez

El martes 17 septiembre, 2019 a las 3:08 pm
Érase una vez
Érase una vez

Érase una vez

El secreto de la felicidad no está en hacer siempre lo que se quiere, sino en querer siempre lo que se hace. León Tolstoi

Érase una vez un país en el cual la guerra se ensañó con sus gentes durante muchos años e hizo que todos se comunicaran con violencia. Luego de unos meses y por el efecto del color rojo y el color azul, los adultos con raros rituales bloquearon con toda clase de muertos los caminos, las trochas, las carreteras, las carrileras, ríos, las quebradas y los canales de aguas.

Después de una tarde de abril ciertos señores plagaron sus discursos con terrorismo y sin temor de Dios usaron los sustantivos, los adjetivos, los verbos, los adverbios, las preposiciones y las conjunciones para cercenar la vida y alimentar la guerra. Con el paso de los días, ni las ciudades se salvaron del horror de la muerte, se llegó a decir que debajo de los puentes se almacenaban iras y odios, en las casas insultos, en las iglesias ansias, en los colegios egos y en las universidades obstáculos.

Fue tanta la presión de la violencia que al abrir las puertas las malas palabras se colaban y contaminaban a los niños, por eso hubo necesidad de encerrarlos para evitar que se volvieran locos y violentos. En los campos, el sistema de comunicación se volvió complejo e ilógico, matizado de fanatismo y credos absurdos; pero los campesinos, indígenas y negros se unieron y escondieron en lo más profundo de la montaña sus creencias, palabras e ideas. Rápidamente, los alimentos escasearon igual que la fe y regularmente uno que otro hombre, mujer, niño y anciano era sacrificado para calmar la furia de los 12 apóstoles.

Con frecuencia en el campo y la ciudad se producían escapes de significados en los bandos en conflicto y los únicos que sufrían eran los débiles por culpa de los seguidores de la cruz y el fusil. En esa época hasta Dios se olvidó de sus amados hijos. Pero como El Señor obra de manera misteriosa; en un pueblo al sur del país ocurrió un milagro, un momento de lucidez en los sujetos en conflicto y una suerte de escasez de violencia afectó al lenguaje, las creencias, la economía, la política y la convivencia.

Fue algo apocalíptico, quizás igual a lo escrito en los viejos libros. Por arte de magia, la convivencia y el buen uso de las palabras se sanaron las heridas del pasado y permitieron el normal desarrollo de las actividades en favor de la paz. De a poco la ira e impotencia en las manifestaciones lingüísticas, culturales, políticas, económicas, religiosas y sociales empezaron a disminuir su impacto en la sociedad. Era algo de no creer.

Paso un corto tiempo para que todos se dieran cuenta del fenómeno que minimizaba la violencia. Siguiendo el modelo del buen uso de las palabras, todos los demás pueblos lo utilizaron para cambiar su estilo de vida, por eso hubo fiesta, carnaval y desfiles durante veinte días con sus noches. La época de carestía de ideas se terminó y llegó la abundancia de la paz, la alegría y la tranquilidad. En la semana siguiente el alcalde por acuerdo municipal determinó e impuso restricciones muy severas a quien no cumpliera con lo acordado.

Desde ese día no se volvió a hablar del pasado, ni se intentó recordar los efectos del conflicto. Con los meses el fenómeno se propagó por todo el país; en todas las calles las intervenciones de los hablantes quedaron reducidas a la promoción de la paz y la convivencia.

El uso de las buenas palabras por fin permitió la libertad de opinión y el libre desarrollo de la personalidad. Se olvido el poder de los colores rojo y azul. No se volvió hablar de pájaros y chusmeros, de curas y de politiqueros, de mesías y anticristos, de paras y guerrilleros….

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