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Martes, 22 de octubre de 2019. Última actualización: Hoy

Érase una vez (2)

El sábado 21 septiembre, 2019 a las 8:26 am
Imagen cortesía de: https://bit.ly/2kVnxqg
Érase una vez

Érase una vez (2)

“He aquí mi secreto, que no pude ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos” – El Principito

Fue tal el éxito del fenómeno del buen uso del lenguaje que los gobiernos extranjeros obligaron a los señores de la guerra a formular en poco tiempo acuerdos, métodos y protocolos y por fin se logró estabilizar la paz. Lo que siguió con los días fue lo mejor, los políticos se pasaron semanas ensayando mentalmente el modo de expresarse correctamente y no hablar mal de sus rivales; los curas y pastores llegaron a sus cultos con palabras dulces y no agredieron nunca más a los otros, los padres de la patria por fin se dedicaron a promocionar el buen vivir y dejaron de robar; por decreto presidencial se prohibió a todas las sectas y religiones, etnias y organizaciones, políticos y politiqueros, desmovilizados y reinsertados censurar los modos de vida.

El ministro de defensa en sentido y apoteósico discurso ordenó hablar siempre bien de los demás sin importar la ocasión; los futuros gobernantes empezaron a pensar antes de decir algo; en esa época, en tiempo de elecciones daba gusto escucharlos cada vez que abrían sus bocas.

Por fin por el mundo habló bien, pero con el pasar de los años se llegó a decir que era inadmisible que se gastaran miles de millones para preguntar si después de años de guerra querían paz; que era el único país que elegía a corruptos para que luego no aprobaran leyes contra la corrupción. Que era un pueblo muy carnavalesco, porque luego de referendos y debates, de acuerdos y estrategias, hasta a sus muertos dejaban votar.

Pero, en este país de la canela, del café, del tabaco, del banano y la alegría todo no fue color de rosa; los escépticos, que habían callado no se quedaron más en suspenso. Ellos llegaron al cinismo de crear falsos positivos, agro ingresos seguros, mermeladas; usar a ciegos, pastores, curas y doctores para vender utopías; comprar pócimas, votos, acciones y tiquetes a módicos precios; planear metros, autopistas y megaobras en elefantes blancos; tomar a sangre y bala pueblos y veredas que se negaban a reverenciar su nombres; quemar templos, capitolios y palacios para borrar su historia; construir puentes con cascaras de huevos y palillos de pasabocas; trazar túneles donde no hay montañas y con el dinero de los pobres hasta desviar ríos en desiertos; fue tanta la astucia y la necesidad de poder que lograron infiltrar marchas, escuelas y universidades y eliminar toda crítica y debate. Todo parecía el fin, se veía pronto llegar lo profetizado por los irracionales.

La sátira volvió, la ironía colonizo el lenguaje. En prosa y en verso dijeron que la paz en Colombia estaba llena de sombras y extrañezas, de miedos y sueños, de poesía y de cuentos, de fábulas y de ensayos, de novelas y de mitos, de leyendas y de epopeyas. Rápidamente, el agua de los ríos se llevó el alma de los hombres y dejó los cuerpos anclados en la superficie; los bosques dejaron de ser el hábitat de hermosas brujas, de duendes con vasijas llenas de oro, de príncipes poderosos y bellos y de elfos agiles y mágicos para convertirse en un nido de demonios con forma humana que se dedican a traficar con el fusil y la cruz.

Lo que más causó escozor al pequeño lector fue el accionar de los libertinos que con ansías de poder se transformaron en personajes públicos y su pronta aparición en campos y ciudades sembró odios, sombras e ideas. Todo cambio, los niños y los jóvenes se vieron obligados a usar el lenguaje sin prudencia y respeto. Pronto, el mal uso de las palabras y la no implementación de la paz condenaron a la guerra a ese bello país.

Las noches se llenaron de oscuridad y los días de miedos; y en medio de una vieja choza una anciana al cielo clama que vuelva la paz a recorrer los páramos, los llanos, los valles y las selvas. Que regrese la paz y no permita el nacimiento de un lenguaje destructor. Que vuelva la paz para evitar ser castigados por la sangre de los nuevos pecados de envidia e ira, de corrupción y poder, de odios políticos y religiosos. Que vuelva la paz, porque muchos sin haber dado los primeros pasos ya fueron expulsados del paraíso. Que vuelva la paz porque por un descuido de algunos, la tierra que amamos con loca pasión se mezcló de delirios y dolor, de desobediencia y placeres mezquinos que ágilmente envilecieron a chicos y grandes, a sabios e ignorantes. 

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