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Éramos colegialas

El jueves 27 junio, 2019 a las 12:05 pm

Éramos colegialas

¿Para qué, si nunca nos vemos?, fue el interrogante que resonó en mi cabeza al recibir invitación de María Eugenia Calvache compañera del colegio Las Salesianas, para reunirnos en julio por nuestros 50 años de graduación. Cinco días después, le escribí que iré.

Mis dudas se disolvieron cuando por un negocio inmobiliario, nos encontramos con Graciela Estupiñán, ¡después de 54 años! Sentí felicidad. Fue un abrazo estrecho, sincero. Fuimos compañeras por un año en el colegio Gabriela Mistral. Fue cuando entendí a mis compañeras Salesianas.

Me animé: 1. Quizá nos percibamos unidas por las canas pintadas y el maquillaje que no engaña a ninguna, pues somos contemporáneas, sin embargo hablaremos “de lo bien que te ves”, ¿sabes? Teatro que nos gusta, y punto. 2. Estaré en línea con el esfuerzo que hacemos con un grupo de mujeres por visibilizar a la mujer, (aparte de mi liberada vida profesional). Conoceré qué hacen las colegialas de entonces, hoy mujeres de vuelo intenso, de alas doradas por el sol de seis décadas, que riegan un geranio en el balcón, pintan sus uñas carmesí, y dan pasos que resuenan en las aguas de vertientes diversas, que dormirán en el mar un día.

Imaginé a esa colegiala que cada una fue, hermosa, como hermosa es la palabra colegiala, casi en desuso. Con uniforme de medias y blusa blancas, chaleco verde a cuadros, falda gris remangada en la cintura para caminar de la casa al colegio, y por el parque Caldas altivas cruzar ante los colegiales que nos veían desfilar. En la puerta del colegio des remangábamos la mirada del muchacho que nos gustó, y la falda, para que las monjas no regañaran por mostrar las rodillas.

Desempolvé los álbumes; encontré polvo de oro. Fotos del grado en blanco y negro, como de foto agüita: arte abstracto. De nuestra promoción vi a quienes ocupamos los primeros puestos: primero María Eugenia Hurtado, segundo Lucy Astudillo, y tercer puesto, la suscrita. En otra foto está Sor Carmen Elisa prendiendo la medalla en el pecho de mi jardinera azul. Fue cuando tuve la idea de preguntar a mis compañeras, independiente de si obtuvimos medallas, o no, sobre 2 cosas que cada una aprendió en el colegio. Aquí va mi aprendizaje:

  1. Qué aunque tenga el mejor profesor de matemáticas o de francés: Álvaro Duque y Jorge Alberto Duque, respectivamente, no son los datos, las notas, ni la clase de religión o literatura lo que importa, es la metáfora del razonamiento que inducen esas materias para resolver la vida como personas decentes. La utilidad de lo inútil, como diría el filósofo italiano Nuccio Ordine.
  2. Qué el teatro social en el que nos desenvolvemos hasta hoy, hay que entenderlo, sopesarlo para no caer en las garras del prejuicio, de la pobre niña, o la niña pobre, que no tiene el pelo rubio o apellidos de élite. Que no importa ser mujer u hombre, pues tuve profesores hombres y mujeres, valiosos, como sor María Carrasquilla, intelectual que transitaba el corredor mientras preparaba el discurso que incluía filosofía de Descartes, y nos lo diría cada lunes.

La idea de reunirnos con compañeras y compañeros del colegio ocasiona vacilación en todas las generaciones. Mi hija Cony, que celebró el 22 de junio veinte años de egresados del colegio Los Andes, contó que se reunieron trece de treinta alumnos, y que a pesar de algunos malos recuerdos, con madurez renovaron afectos, al punto que su encuentro resultó toda una terapia de risa. Mi paisaje estudiantil, seguro lo será también.

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