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Época bizantina

El miércoles 1 mayo, 2013 a las 1:17 pm
Phanor Teran

Phánor Terán, desde Tunía, patrimonio cultural del municipio de Tunía-Piendamó
Abril 30 de 2013

En la novela “la ópera de los tres peniques” o “de las cuatro perras”, el Londres de la primera postguerra del siglo veinte, es una ciudad plagada de pordioseros y lisiados que han sido organizados por los vivarachos de siempre para mendigar según sus calamidades, por barrios, calles y avenidas.

Esa organización por supuesto, no solo detenta los puestos importantes de mendicidad sino que también detenta y usufructúa de los estipendios que los menesterosos reciben, organizando calanchines y demás testaferros para mejor lucrarse de tal actividad.

Mas o menos en lo que hemos quedado convertidos por obra y razón del actual modus vivendi y operandi del Estado colombiano: en vez de ciudadanos, de gentes trabajadoras, emprendedoras, los partidos políticos comandan dentro y fuera de las administraciones gubernamentales una bien aceitada maquinaria suficiente para garantizar el dominio de la vida pública, la conciencia, y la existencia de buena parte de los colombianos.

Con ese contingente, que es como, si no más de la mitad de la población que por las migajas está dispuesta a apuñalar a su vecino, con tal de recoger las sobras que nadie se pregunta de qué mesa frugal provienen, no hay propósito que valga, ni labor que pueda realizarse en pro de la dignidad.

Época bizantina. No por aquello de que lo bizantino signifique cosa tonta, baladí o inútil sino porque en sus inicios se denominaba bizantina la intriga y corrupción que predominaba en el imperio del Oriente medio, como forma de tener, detentar y retener el poder.

Por aquellos artilugios de la vida y de la lengua suele pues, considerarse que los argumentos en contra de este lodazal de miseria y de favorecimientos pingües desde los de abajo hasta las cumbres que nos aplasta se consideren bizantinos, cuando en realidad, bien puede rescatarse el término para significar la vida social que nos anima cotidianamente.

Y hay que ver el cúmulo de informes, papeles, órdenes, contraórdenes, firmas y refirmas que patentizan la sibilina labor de repartir sobras y migajas, archivos descomunales que milimétricamente constatan y refrendan la pobreza política y cultural de nuestra sociedad.

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