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Enviado por Neftalí Sandoval Vekarich

El jueves 19 febrero, 2009 a las 3:27 pm
Muy estimado Alfonso: sería interesante que en PROCLAMA reproduzcas el artículo que hoy apareció en El País (Pág. 8 «Como una elegía»). Esteban Cabezas se educó en Popayán, coincidió con Carlos Arturo Truque y otro personaje de Buenaventura con apellido de pirata inglés: Clarkson. Se reunían en casa de Manuel Cepeda con otros muchachos que estudiaban en el Liceo de la U. del Cauca; recuerdo a los poetas Álvaro Delgado, Plutarco Elías Ramírez y un indígena llamado Joel. En la casa de Manuel, hacia la esquina frente a la plaza de Caldas, pendía casi rozando el techo un letrero «Foto Vargas». En Bogotá volví a verlos, especialmente a Plutarco y Esteban que visitaban la casa de Álvaro Delgado, quien con su madre y una hermana se habían trasladado a la Capital. Plutarco fue compañero de colegio de uno de mis hermanos menores, rubio, andariego e inquieto, todo le interesaba en Bogotá, admiraba mucho a un personaje del pueblo que en el Parque Santander actuaba llamándose «el artista colombiano». Justificaba su curiosidad diciendo «Whitman era igual». Manuel se deslumbraba por los edificios altos que surgían por la carrera décima, entonces, en construcción siguiendo un modelo de urbanización norteamericano. Con la gabardina amarillo pálido arrollada en torno a la nuca, exclamó en ese su primer paseo nocturno con su amigo Álvaro Delgado: «Así debió sentirse García Lorca en Nueva York». Plutarco murió de tuberculosis en La Habana. Vi por ultima vez a Álvaro en Praga, trabajaba en la edición en español de una revista de política internacional. Y el río pasa y todo se lo lleva.
Un abrazo, Neftalí.

Castillo de proa


Por: Medardo Arias Satizábal

A Esteban, como una elegía

Febrero 19 de 2009

Cuando José Stalin murió, sólo había dos comunistas en Buenaventura: Esteban Cabezas y un zapatero aledaño a la Calle Garrido, con quien había conformado la célula que salvaría al mundo de la desigualdad y la avaricia.

Esteban y el remendón fueron hasta la Floristería Iris y tocaron con nudillos históricos a la puerta de Nayibe. Compraron una corona y fueron con ella hasta la Rampa, el muelle de lanchas. Ahí contrataron al ‘Mocho’, un lanchero que había perdido uno de sus brazos en la pesca con dinamita, y tomaron la ruta de la Boya Calavera, el lugar más lejano de la bahía de Buenaventura, donde fondeaban los barcos malayos. Ahí, lanzaron la corona al mar como un homenaje al ‘padrecito’ y con la esperanza, según me narró Esteban años más tarde, de que la corona navegara hasta Vladivostok.

Así conocí siempre a Esteban, desmesurado, romántico, lleno de amor por el mundo. Yo tenía 13 años cuando un pariente marinero se apareció en la casa del puerto con una fotos de Osaka, Japón, en las que aparecía Esteban Cabezas. Joven aún, lucía sonriente al lado de su esposa, Leonor González Mina, la Negra Grande, en el ‘stand’ de Colombia de la Expo 70, que organizaron los nipones. Hasta allá fue Esteban con el mensaje de la música afrocolombiana, del currulao y el makerule, del Tío Guachupecito. Vivió tres meses en Japón declamando los poemas de Helcías Martán Góngora y los versos de Candelario Obeso, “qué ejcura que tá la noche/ la noche qué ejcura tá/ no hay en el cielo una estrella/ remá, remá…” y llevó consigo también al Trío Montecarlo, para que los japoneses supieran lo que era un bolero bien cantado.

Esteban y la Negra hicieron una pareja inolvidable, fundamental en el reconocimiento de los valores culturales afrocolombianos. Candelario, su hijo mayor, quien falleciera en Milán después de ser percusionista de Eros Ramazotti, era apenas un bebé cuando los Cabezas González visitaron África. En su gira conocieron personalmente al poeta, también presidente, Leopold Sedar Senghor, quien regaló un yembe, un tambor precioso, a Candelario. El niño lo tocaba en una de las primeras telenovelas exitosas de Colombia, ‘Candó’, escrita por Bernardo Romero Pereiro, inspirado en las vivencias de las compañías mineras en Andagoya, Chocó, donde vivía su prima Nhora Perfecta Pereiro.

En sus delirantes correrías por el mundo, Esteban viajó en tren por la vieja Urss, declamó cantos de bogas en el Transiberiano, puso la voz alta en un bar de Samarkanda para recordar a Papá Montero, zumba canalla rumbero, y despertó una mañana, a las puertas de Bilbao, dormido en el regazo de Dolores Ibarruri, la Pasionaria.

Un día hablaba con el general Giap y otro aplaudía a Ho Chi Ming en un arrozal de Hanoi; Esteban fue invitado por Pablo Neruda a su casa de Isla Negra y bebió ron con Nicolás Guillén en La Habana, en la tienda de Martínez, conocida también como La Bodeguita del Medio.

Cuando se cuente bien la historia del teatro en Colombia, será justo decir que fue Esteban Cabezas quien convenció a Fanny Mickey de venir y quedarse en Cali, al lado de Enrique Buenaventura. Esteban, el mismo que bebía vino Don Facundo en la calle Fray Mocho de Buenos Aires; Esteban, mi pariente y mi personaje inolvidable.

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