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ENTREVISTA AL PADRE TOMÁS GARZÓN MARÍN

El lunes 17 noviembre, 2008 a las 11:10 am

“La transformación del mundo no es un sueño vano. La fe no se impone, se propone”

Los cristianos católicos sabemos que en esta vida hay mucho más que las cosas materiales y los placeres. Por tanto, en la vida de un sacerdote, él busca la manera de servir a Dios y a los demás.

La mayoría de las personas le sirven a Dios en el estado de vida matrimonial o siendo solteros, y esas son vocaciones maravillosas. Pero algunos son llamados de manera especial a servir a Dios y a la comunidad. Son llamados a ser sacerdotes. Son llamados a ser instrumentos de la gracia de Dios, portadores de su perdón, predicadores de la Palabra que da la vida eterna, celebrantes de los misterios de Dios en los momentos más significativos y en los ordinarios de la vida de las personas.

Al padre Tomás Garzón Marín le apasiona la literatura. Las injusticias, la manipulación de la fe y la falta de respeto a los más pobres le enojan. Cuando Monseñor Iván Antonio Marín López, Arzobispo de Popayán lo llamó para proponerle que viajara a España a estudiar Dogmática, no lo pensó dos veces, pues esa oportunidad le daría un mayor conocimiento de la iglesia la cual ama y un crecimiento en la fe.

Nació en Puerto Tejada, Cauca, el 13 de febrero de 1972. Sus Padres Hugo León Garzón e Hilda Mery Marín García. Estudia Licenciatura en Sagrada Teología Dogmática en la Pontificia Facultad de Teología del Norte de España, sede Burgos, España, y desde allí concedió la siguiente entrevista a PROCLAMA.

Qué le llevó al sacerdocio?

Es una pregunta que siempre me hago, qué me llevó al sacerdocio, cuenta mi madre que muy pequeño, en una semana Santa mi abuela Nohemy me preguntó qué quería ser cuando grande, yo le respondí: sacerdote. La verdad yo no lo recuerdo, parece que apenas tenía cuatro años. Sí recuerdo que desde muy temprano experimenté gran atracción por la religión. Iba a los grupos de la parroquia, a la infancia Misionera, con Sor Margarita Caicedo, a los Scouts, era monaguillo, en mi familia siempre ha habido algún contacto con la fe, éramos amigos de los curas de la parroquia, mi tío Ever Marín, en ese entonces era seminarista, hoy es párroco de Puerto Tejada, yo le veía llegar en vacaciones y su testimonio y el de los sacerdotes de ese entonces, el Padre Gabriel, el Padre Guillermo, Luís Carlos Rendón, me producían una gran inquietud, es como cuando quieres ser como alguien que admiras; mis abuelas y mis tías han sido muy creyentes. En la escuela era un chico normal, disciplinado, buen estudiante, me gustaba mucho la clase de religión, me resultaba atrayente, algunos de mis profesores de la Escuela Antonio Nariño eran evangélicos y sin embargo respetaban mucho el hecho de que varios estudiantes fuéramos católicos, es una cosa que siempre he admirado y agradecido. Creo que todo ello influía poco a poco para ir madurando mi fe y mi inquietud vocacional. Una vez le dije a mi mamá: yo quiero irme al seminario; estaba en cuarto de bachillerato. Dos años después entré al seminario. Sé que nadie me impuso esto. Nació en mí la llamada y yo respondí que sí.

Y, ¿cómo conoció a Jesucristo?

Ojala pudiera tener el dato cronológico de ese día. Es como cuando te preguntan cómo conociste a tus padres. No recuerdo cuando los conocí, desde siempre los he tenido a mi lado. Lo mismo con Jesús, siento que ha estado siempre ahí, a mi lado, al lado de mi familia. Claro que ha habido momentos en los que lo he sentido más de cerca, dándome su fuerza y su paz, sobre todo en los momentos de angustia y de dolor, lo he experimentado como un ser cercano diciéndome, ánimo, no tengas miedo.

¿Qué le dijeron sus padres al enterarse de su decisión?

Siempre percibí que respetaban mi decisión. Tal vez, sé que temían que, por ser demasiado joven no fuera capaz. Nuestros padres nunca nos impusieron ni los pensamientos, ni los gustos, ni a mí, ni a ninguno de mis hermanos, siempre han respetado, lo que los hijos decidíamos con nuestra vida, claro, siempre que fuera bueno para nosotros. Yo agradezco mucho a Dios los padres que me ha regalado, con sus virtudes y defectos. Recuerdo que cuando vivíamos en Puerto Tejada, y teníamos visita, por lo general el tema de conversación era la decisión que yo había tomado, muchos lo tomaban con cierta burla, otros con incredulidad, algunos sencillamente se alegraban. Sé que varias veces les dijeron a mis padres que no me dejaran. A mi papá una de mis profesoras le dijo que no me dejara “perder” así, y mi papá le contestó que él no intervenía en las decisiones de sus hijos. Lo mismo hacía mi mamá. Decía que era lo que yo había decidido. Una vez tomada la decisión el apoyo fue incondicional. Sí recuerdo que antes de la ordenación mi mamá me dijo, que si me iba a ordenar era porque yo quería y no porque nadie me estuviera obligando. Y me recordó que el sacerdocio como el matrimonio era para toda la vida, y que lo pensara bien. Siempre he sentido ese acompañamiento. Creo que de haberme retirado hubiera dado mucho qué decir y habría alegrado a más de uno, pero el apoyo de mi papá y de mi mamá no lo hubiera perdido.

¿Ha notado que la gente se sorprende por su condición de cura?

Sí, todo el tiempo, sobre todo porque me ven muy joven, pero la juventud pronto se acaba, ya no estoy tan joven, más bien conservado, (risas).

¿No echa de menos tener una familia: mujer, hijos?

Es una pregunta que a veces me hago; si me hubiera casado, quién sería mi mujer, a quién habría escogido, cómo serían mis hijos. Pero noto que es la misma pregunta que a veces hacemos por el que muere prematuramente, y es que la vida sacerdotal es un modo de morir. Es decidir morir al mundo y sus ofertas, para servir a los que están en el mundo. Un hombre puede escoger entre casarse o quedarse soltero, o puede escoger quedarse soltero para consagrarse al servicio de los demás. Y eso fue lo que yo escogí. La verdad hasta ahora no me he sentido solo. A donde he ido he encontrado quienes me quieran, quienes me cuiden y protejan, también quiénes me reprochen y me rechacen. Y no he necesitado sucedáneos.

¿Alguna vez se sintió atraído por el género femenino?, ¿le costó mantener el celibato?

(Risas). Todo el tiempo y por descontado, mi atracción por el género femenino es connatural a mi condición masculina. Los curas no estamos desmasculinizados. El problema no es que ellas me resulten atractivas a mí, sino que yo les resulte atractivo a ellas. (Risas). Creo que he aprendido a mirar a la mujer con otras actitudes, con otros ojos. De hecho en mi trabajo me relaciono mucho con mujeres. Es más, gran parte de mis buenas amistades son mujeres. Y creo que nunca me he propasado, tampoco he sentido la necesidad de utilizarlas como objeto de pasiones. Sencillamente, están ahí, y valoro su presencia, trato de contemplar su feminidad, respetar su persona y su sexualidad, de admirar su belleza, seguro que algunas me resultan más bellas que otras, pero creo que todo depende de cuán firme y convencido esté de mi condición célibe, que no me fue impuesta, sino que asumí libremente; el celibato no me feminiza.

Creo que soy un hombre, completo, sin feminidades ni amaneramientos; el hecho de ser célibe no quita mi condición masculina. Pero la conciencia de haber optado por una vida célibe me pone, por decirlo así, en una condición que está más allá de la simple masculinidad.

¿Está de acuerdo al cien por cien con la doctrina de la Iglesia?

La doctrina de la Iglesia no es una ideología, ella recoge la enseñanza de un caminar de fe de más de dos mil años. Ha aprendido de los errores de sus hijos, seres humanos, y por tanto débiles, contingentes, históricos, dependientes de la condición de cada época. Ha caído y se ha levantado, es experta en humanidad, no anda con improvisaciones. El problema es cuando sesgamos esa enseñanza y la contraponemos a nuestros caprichos para presentarla como atrasada, retrograda, vieja y paquidérmica. La riqueza de sabiduría que hay en todo ese caminar es fascinante y misteriosa. La iglesia siempre tiene la palabra oportuna para el momento oportuno. Bien decía Juan XXIII, que la Iglesia es madre y maestra.

¿Cómo se imagina a Dios? ¿Y la vida eterna?

Esta es una pregunta muy difícil porque Dios es todo lo que podemos imaginar y más de lo que nos podemos imaginar. Hasta las palabras que utilizamos para describir sus atributos nos quedan cortas. Es el misterio por excelencia. Es Misterio Santo, Incomprensible, no lo podemos encasillar en nuestros esquemas mentales ni lingüísticos y sin embargo lo podemos guardar en el corazón. Se deja amar. Es el totalmente Otro. San Agustín decía que Dios es “interior íntimo meo” es decir, más íntimo que mi propia intimidad. Está diminuto, imperceptible en el origen de nuestra vida y gigantesco y arrobador al final de ella, cuando nos adentremos en la eternidad. “Entonces -nos dice San Juan- le veremos tal cual es”, ahí despejará nuestras dudas, responderá a nuestras preguntas, colmará nuestras ansias, secará nuestras lágrimas, consolará nuestro sufrimiento, sanará nuestro dolor, vivificará nuestra muerte. Y seguirá siendo misterio y amor.

¿No le parece machista que sólo el hombre pueda realizar la Eucaristía?

De hecho no es el hombre el que hace la Eucaristía; es la Iglesia la que realiza la Eucaristía, y en la Iglesia hay diversidad de dones, carismas y ministerios. Por eso la misa no es una cosa que hace un hombre, es el sacrificio que un hombre, tomado de entre los hombres y mujeres, ofrece a Dios por los hombres y mujeres del mundo. Por eso el sacerdocio es un don, un regalo gratuito y no un derecho adquirido. La Iglesia no es dueña del sacerdocio, ella misma es sacerdocio, porque por el bautismo, todos, hombres y mujeres, hemos sido constituidos pueblo de reyes, nación santa, pueblo sacerdotal. Por otra parte, el machismo en la Iglesia no puede ser tema de discusión, porque “machismo” hace parte de una dialéctica de opresión y la Iglesia, por el contrario, es liberadora; es más, la Iglesia es femenina, porque es Esposa (de Cristo) y es Madre (de los hombres), creo que en ella lo masculino y lo femenino se unen sin confundirse para formar un todo, que se ofrece constantemente a Dios.

¿Cree que hay personas dentro de las comunidades religiosas que no están convencidos?

Yo no dudo de la convicción de una persona que decide ofrecerle su vida a Dios. Cuando uno está a las puertas de la ordenación o de la profesión de votos, experimenta, diría yo, una tensión ontológica, la magnitud de lo que vas a hacer es fuerte, te sobrepasa,-espero se me entiendan estas expresiones-; quieres dar un paso y sientes que te lanzas a un abismo donde está todo o puede no haber nada, creo que lo mismo experimenta el que está a un día del matrimonio. Todo esto se hace por vocación, convicción, amor, confianza, que es precisamente lo que hay que cuidar. Cuando una persona en su misión sacerdotal, religiosa o matrimonial, pierde, por decirlo así, ese amor primero, no es porque no tuviera vocación ni convicción, creo que es porque no lo cuidó. La vocación hay que cuidarla; se cuida con la oración, el “sí” se renueva cada día con la entrega, la vida se disfruta a cada instante y no por espacios. Si uno tratara de vivir la pobreza como autentica posesión de Dios, la castidad como entrega total de amor, y la obediencia como verdadera libertad, realizarían su vocación, realizaría su vida. En otras palabras, creo que dejar que los demás perciban en mí, felicidad por lo que hago, es por lo menos, un signo claro de vocación. Y ciertamente, yo no puedo condicionar mi felicidad al clima, o al plano geográfico, o a las actitudes de los demás; la felicidad la llevo dentro de mí, no en la maleta, ni en el bolsillo, ni en la tarjeta de crédito. Creo que esto vale para cualquier profesión, ser felices no consiste solo en hacer lo que queremos y en obtener el pago; sino también en querer lo que hacemos y hacer lo que tenemos que hacer.

¿Ha tenido dudas de fe alguna vez?

Creo que no, aunque algunas veces le he preguntado a Dios: y… si no existieras, ¿qué? ¿Qué pitos toco yo aquí? Confieso que varias veces me he peleado con Dios, le he reclamado, sobre todo en los momentos duros y oscuros de mi vida. Las situaciones de dolor, de sufrimiento; la enfermedad o la muerte de los seres que amas, te ponen en un ambiente oscuro y clamas a Dios y recibes por respuesta silencio, silencio… Lo difícil ciertamente es que sufras y Dios calle. Pero precisamente en esos momentos más difíciles de mi vida he sentido su presencia. Algo por dentro me dice, no tengas miedo. Creo que cuando está frente al sufrimiento o al dolor, el hombre es más libre para decidir si cree en Dios o definitivamente lo rechaza.

¿Qué opinión le merece un ateo?

Todo el respeto. Creo que la existencia de ateos es un indicador de la libertad en el mundo. Libertad para creer o no creer. La fe no se impone, se propone; y que existan quienes deciden no creer en Dios, es signo de que son libres para decidirlo, nadie les obliga a creer lo contrario. Descartes decía que “el hombre está puesto a un centímetro entre Dios y la Nada y tiene que elegir”. Pienso que en el fondo de cada ateo se esconde un creyente. El ateo cree que Dios no existe, por el contrario el creyente cree que Dios existe. Y de alguna manera eso nos une; hay en los dos un ansia por la verdad. Los dos buscan sinceramente conocer la verdad. En el fondo cada creyente se pregunta: “y… si Dios no existiera… ¿Qué? El ateo se pregunta en el fondo: y… si existiera ¿Qué? Lo fundamental es que ningún creyente puede obligar a un ateo a creer. Pero de igual modo el ateo no puede obligar al creyente a no creer. Es necesario un clima de diálogo, no una competencia por ver quién tiene la razón y quién gana la partida. Mi padre me cuenta que una vez, en la tierra de sus padres, en Chía, un ateo que proclamaba abiertamente su ateísmo, al pasar la procesión de Corpus, en silencio, se puso de pie y se quitó el sombrero. Alguien le recriminó su gesto, preguntándole por qué lo hacía si era ateo. La respuesta de este hombre fue, “una cosa es ser ateo y otra cosa es ser grosero”. Por eso es necesario saber convivir. El mundo no es solo para los creyentes, pero tampoco es solo para los ateos.

¿Ha pecado alguna vez? ¿Sigue pecando?

Todos los hombres somos pecadores, para no haber pecado hubiera tenido que aparecer en el mundo sin nacer, o haber sido concebido de manera milagrosa. El pecado es un elemento extraño que llevamos adherido a la carne, San Pablo lo expresaba de alguna manera diciendo que “el bien que queremos hacer, no lo hacemos y en cambio el mal que no queremos hacer, lo hacemos”. Decía que es como una espina clavada en la carne. En la respuesta anterior hablábamos de libertad. Pues sí, a veces he utilizado negativamente mi libertad y he hecho el mal que no quería hacer. El problema es que nos damos cuenta de ello cuando ya hemos caído. Uno se da cuenta de que se ha caído cuando está en el piso, o cuando llega alguien a levantarle. Si pecar doliera, todos seríamos santos, pero por el contrario a veces el pecado se presenta como algo que gusta, o que atrae, es más a veces se nos ofrece como algo que necesitamos. Y solo después nos damos cuenta de cuánto mal nos hace y cómo ha desdibujado nuestra dignidad de hijos. Por eso necesitamos de la gracia de Dios, no solo para no pecar sino para restaurar nuestra condición de hijos cuando caemos. Porque Dios es ante todo misericordia, como dicen los salmos, “sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos barro”. Es lo que enseñaba Jesús cuando decía la parábola del hijo pródigo. Los hijos nos vamos, ofendemos, caemos. Y sin embargo el Gran Padre está siempre dispuesto a perdonarnos.

¿Sólo se van a salvar los cristianos católicos?

Yo no soy Dios para definir esto. La Iglesia enseña en su magisterio que en lo profundo de cada persona existe la conciencia que es el sagrario del alma y por la que todo hombre siente el impulso de hacer el bien y evitar el mal. Por eso admite que todo hombre que vive de acuerdo a la rectitud de su conciencia camina hacia la salvación. Porque lleva dentro de sí aquella ley que son semillas del Verbo de Dios y que en el fondo es Amor. Otra cosa es cuando yo en conciencia rechazo a Dios, rechazo al prójimo, ofendo al hermano por su fe o por su manera de pensar o por su raza, clase o condición social, lo persigo y lo mato. Lo triste es que lo hagamos desde la religión, ofender al otro porque es católico, o porque es protestante, o porque es ateo, y que es, -dicho sea de paso,- un lastre en la historia de las religiones y de la humanidad, es ir en contra de la ley del amor que Dios ha impreso en lo íntimo de nuestra conciencia. Aun peor es que esto pueda suceder en el siglo XXI, matar, o rechazar, o segregar a los otros en nombre de Dios o de Yahvé o de Jehová, o de Alá; no estoy de acuerdo con una posición de esas ni con una religión así. Yo no me salvo solo porque sea católico, sino porque, convencido de que como católico sigo perfectamente a Cristo haciendo el bien a mis hermanos, no solo a los católicos sino también a los que no lo son.

¿Se ha planteado que si usted hubiera nacido en Arabia Saudita probablemente ahora sería musulmán o en Inglaterra cristiano anglicano?

Ortega y Gasset decía: “yo soy yo y mis circunstancias”. A no ser que mis padres hubiesen emigrado allá, dudo que alguien en Arabia Saudita se llame “José Tomás Garzón Marín” y sea sacerdote católico. Si hubiera nacido en Londres seguro mi nombre se escribiría distinto y mis apellidos serían otros, simplemente no sería yo o tal vez sería sacerdote anglicano o católico, no lo sé. Pero seguramente la conciencia de mi “yo” estaría en otras circunstancias, no sería “yo” sino otro “yo”. Es cuando uno ve la historia de su propia vida y descubre que cada ser es único y…, por qué no decirlo, tiene una misión específica, porque no dudo que cada persona en el universo está en el plan de Dios. Es posible que heredemos la fe, pero depende también de nosotros que sigamos cultivando aquello que nos han transmitido honestamente y nos hace bien.

¿No le parece que la religión es un producto histórico?

Esa es una definición que da la sociología de la religión. Posiblemente en el análisis de Freud la religión sea una invención del hombre para suplir sus vacíos afectivos, o como lo planteaba Marx, un mecanismo de las oligarquías para alienar a las masas y oprimir al proletariado. Creo que no. En torno a la religión se puede hacer teología, y religión significa estar re-ligado, es decir estar muy unido a Alguien. Ese alguien es Dios. La experiencia religiosa del pueblo de Israel, es la de un Dios que sale a su encuentro, les da esperanza, les impulsa al éxodo, a caminar hacia la libertad. La religión más que alienante es liberadora. Restaura la condición del hombre porque le hace consciente de su dignidad y de su trascendencia. El hombre no es solo animal que razona, como lo afirmaba Aristóteles, ni es una pieza más de la estructura existencial como pensaba Sartre. El hombre es ser que se abre al Trascendente, es “Capax Dei”, capaz de Dios. Y si lo miramos desde el cristianismo, es encuentro de amor con el prójimo. Pienso que hay otras realidades que sí son producto histórico y expelen un tufillo religioso: la búsqueda afanosa del poder, las ansias desmedidas de tener, o el afán desmesurado de placer, están tomando connotaciones religiosas y lejos de liberar, por el contrario oprimen y sumen al hombre en la nada y en el vacío y lo empujan hacia la superstición y el oscurantismo, una especie de Medioevo en plena posmodernidad.

¿Le da miedo la muerte?

No sé si pueda llamarle miedo a la muerte, a la incógnita por lo que está más allá de la muerte. Siempre me he preguntado esto; antes sentía temor, no tanto por morir yo sino porque los seres que amo murieran. Ya ha sucedido, he llorado la muerte de personas que realmente amo, familiares, amigos, mejores amigos. Esta realidad te pone de frente a la vida y te dice: tú también, pero, parece que aun no. Es como si Dios me estuviera diciendo, “morirás, pero aún no morirás” y cuando sabes por la fe que Dios está más allá y que seres que amas están más allá con Él, te tranquilizas. Es como cuando sabes que tienes que ir a una ciudad que no conoces y cuyo idioma tal vez no hablas. Pero sabes que hay alguien allá que conoces, un amigo, un familiar, un hermano, sabes que no te va a dejar perder. Por lo pronto eso es lo que me respondo frente a la muerte. Por otra parte está mi confianza como cristiano en la pervivencia de la persona más allá de la muerte, en ello se funda la esperanza cristiana. Es ahí, ante la muerte, cuando el sacerdote también tiene que dar razón de su esperanza.

El sacerdocio es un don de Dios para la Iglesia y para quien lo recibe ¿Qué quisiera decirnos al respecto?

Totalmente de acuerdo, el sacerdocio es un don y un don es un regalo, no un derecho adquirido o que pueda exigir para mí mismo. El día de la ordenación el obispo pone Crisma en las manos del sacerdote y le dice estas palabras: “Jesucristo, el Señor, a quien el Padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo, te auxilie para santificar al pueblo cristiano y ofrecer a Dios el sacrificio”. Luego le entrega la patena y el cáliz y le reitera: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios; considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. Eso es el sacerdote un ungido para Santificar al pueblo cristiano, ofreciéndose a sí mismo. Creo que aquí está lo misterioso del sacerdocio: en él Dios te da algo que no mereces, que realiza tu vida pero que no es tuyo, que es para ti pero tienes que dar cuenta de él, porque es por los demás por lo que lo recibes. Es fascinante y misterioso, no solo para quien es sacerdote, sino para el que no lo es y mucho más para quien camina hacia él.

¿Qué experiencias como sacerdote le han dejado más impactado?

Creo que la experiencia como párroco en Tacueyó me marcó muy profundamente y cuánto he agradecido que el obispo me enviara allá. Los primeros meses fueron muy duros, por el enfrentamiento entre el ejército y la guerrilla, en el pueblo, tenía que esconderme en un rincón a esperar que pasara el tiroteo, o salir corriendo como la gente con una cobija en la mano a buscar dónde dormir. Eso te marca la vida; y no es que sea el único cura que haya tenido que vivir esto, lo triste es que hay muchos curas en muchos pueblos donde esta situación es constante; aunque ya no estoy en aquella parroquia, no puedo dejar de pensar en los que están en condiciones semejantes y a veces tienen vivir esa circunstancia como pan diario. Yo creo que el haber vivido el impacto de esta experiencia me ayudó a madurar mi vocación y a entender lo que significa estar en comunión con el que sufre. Lo decía San Pablo mas menos de esta manera: para llorar con los que lloran, sufrir con los que sufren, consolar con el consuelo que a nosotros mismos nos consuela, hacerse todo a todos para ganarlos a todos.

¿Cuál considera que es la tarea más difícil para un sacerdote?

Ser testigo del Evangelio en un mundo que, no solo no quiere oír hablar de Dios, sino que, sencillamente, no le interesa. Esta frase no es mía, se lo dijo el Papa a unos jóvenes sacerdotes que ordenaba en el Vaticano.

¿Considera usted que a través de los medios de comunicación se puede evangelizar?

No solo se puede. Se debe evangelizar. Los obispos dicen que los medios masivos de Comunicación son los nuevos areópagos de hoy desde donde hay que anunciar el Evangelio del Dios desconocido. Hay que hacer que el mensaje del amor de Dios llegue como propuesta atractiva y concreta, divertida y no menos eficaz. Hay quienes lo reciben, habrá quienes no estén interesados y tal vez apaguen su radio o su TV, o sencillamente cambien de canal; pero cuando ese mensaje toca la fibra de una persona, no cambia el canal y el mensaje que recibe cambia su vida.

¿Cuál es el dogma de fe que más lo impresiona?

A veces creemos que los dogmas son cosas que la Iglesia se inventa y obliga a los fieles a creerlas sin entenderlas. Pero los dogmas son la misma vida de la Iglesia, es la fe de la Iglesia que quiere entender y hacer entendible lo que cree, como decía San Agustín, “cree para que entiendas, entiende, para que creas”. El dogma que más me impresiona es el de la Encarnación. Los primeros cristianos entendieron que Jesús, ese hombre grande en hechos y milagros, que murió en la cruz y que resucitó de entre los muertos, es Dios mismo, su Palabra hecha carne, que tomó nuestra condición humana. Es imposible que los primeros cristianos que provenían de la religión judía se pudieran inventar algo así. Y si lo llegaron a creer fue por revelación de Dios. Cuando uno lee, por ejemplo, a un San Pablo, que antes de ser cristiano era un fariseo, legista, experto y celoso por la ley y la doctrina judaica, dice: “El Cual (Jesús) siendo de condición divina no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se rebajó, para pasar por uno de tantos, como un hombre cualquiera y someterse a la muerte y una muerte de cruz” (Filipenses 2,6-11), esto es impresionante. La Palabra de Dios se ha hecho uno de nosotros, carne, -dice San Juan-, para habitar entre nosotros. Me parece que un mensaje así no lo puede inventar ninguna religión, solo se ha podido llegar a él porque Dios lo quiso revelar.

¿Qué es lo que más extraña de Colombia en el exterior?

Todo. Mi casa, mi familia, mis amigos, la comida, mi guitarra, mi música, aunque no lo crean, la salsa del grupo Niche, me trae grandes recuerdos de juventud y me gusta mucho; mis compañeros del José Hilario López se la pasaban cantando, cuando no iba algún profesor, o no se apareciera por ahí el Profesor Pino. El encuentro con mis hermanos sacerdotes, las asambleas de clero, los encuentros de Nueva Evangelización, todo. Aunque la gente acá es muy querida, no hay como lo de uno, su tierra y su gente; solo espero terminar mi tesis y regresar.

Un consejo para los futuros sacerdotes que se preparan en los seminarios.

Creo que el seminario es una etapa maravillosa en la vida del futuro sacerdote hay que aprovechar al máximo el tiempo de formación. Un tiempo así no se repite. La gente merece sacerdotes bien preparados, fieles, transparentes, disponibles, alegres y sobre todo, felices y convencidos de lo que hacen. Parte de la eficacia del mensaje del Evangelio está ahí, en que muestres con tu vida lo que predicas con tu palabra. Yo nunca olvido la recomendación del Obispo cuando me dio la ordenación junto a otros seis jóvenes: “Sean sacerdotes santos y sabios, fieles y orantes, discípulos y maestros, pastores y hermanos”. Esta es la meta y no se adquiere de la noche a la mañana es necesario ejercitarse en ello. Ejercitarse en la oración, ejercitar la obediencia, ejercitar la castidad, prepararse intelectualmente. No perder el primer amor es fundamental. Porque la promesa del señor no es una promesa tonta. Y la transformación del mundo no es un sueño vano.

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