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Domingo, 9 de mayo de 2021. Última actualización: Hoy

El viernes 30 octubre, 2009 a las 8:35 am
EN SILVIA, CAUCA, HAY LAGO Y NUBES CON RUANA

Dos habitantes de Silvia con lana y huso a la vera del camino

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leodequevedom@gmail.com

Desde la ventana del cuarto piso del Hotel de Turismo Silvia de Comfandi me asomo a ver las sombreadas figuras de treintena de casas pegadas en el escarpado cerro del frente. Es un barriecito con apresuradas estrellas de navidad desde los postes del alumbrado. Cae perezosa la lluvia en la noche fría y el Río Silvia con sus aguas ocres canta una tonada en lengua guambiana que yo no entiendo. Me enchufo en mi gorra azul bombacha y en la chaqueta de algodón, regalo de mi amada. Por la cañada deambulan caballos cansados como sus dueños y los sauces jóvenes y muy altos hacen guardia por entre la neblina a los duendes que juegan en el estadio abandonado.

Al llegar a esta “pequeña Suiza colombiana” con lago, montañas redondeadas, río con barbas donde habitan seres con ruana negra y morada desde antes de Colón, la patria se vuelve a enamorar dentro del alma. Todavía queda un refugio de paz donde se puede cabalgar, caminar con calma, tomar una cerveza en Jacaranda y hasta conversar con Fidel Trochez que nos cuenta orgulloso que su hija estudia Etnoeducación en la prestigiosa Universidad del Cauca. Se apartó un ratito de la mesa donde compartía unos sorbos de alegría con su camada de amigos del Cabildo.

Silvia es una villa de artesanos al que se llega en dos horas y media desde Cali. Su población vive del turismo, cuida la naturaleza y sus casas están cubiertas de teja amasada con el barro de su tierra. Se dan truchas en el río, fresas, se vende miel de abeja, queso pera y unas miniaturas de arequipe. En la cabeza del pueblo se levanta un promontorio y lo vigila desde arriba la Capilla de Belén. En esta noche la luna estaba en celo y levantaba sus piernas alargadas cubierta con velo oscuro y apenas si podía mirarla desde lejos el único lucero que había en el rechoncho cielo.

El domingo es el día que bajan de sus parcelas los guambianos en “chivas” y camperos a hacer mercado de tienda y a ofrecer algunos productos que ellos elaboran. Allá arriba, en el centro de su Resguardo tienen colegio y Hospital donado por gobiernos extranjeros. Sólo les falta terminar la pavimentación de unos dos kilómetros de vía a la entrada de su pueblo porque la Concesión encargada no ha respondido con la plata.

Dos noches y tres días bastan para descansar el cuerpo y dar alimento al alma en este paraje entre ruanas y faldas de guambianos, entre tiendas llenas de dulces, pan de pueblo, suéteres de lana, y pasamontañas para el frío. Hay tres hoteles grandes y se alquilan casas por días y temporadas.

Paisaje agreste del Molino desde el puente a la entrada

A mediodía saqué mis cotizas sangileñas a caminar alrededor del lago y conversamos con dos nativas con sus atuendos, sus caras rosadas por el frío y los ovillos de hilo y el huso para luego tejer medias, ruanas y bufandas para su vestido diario y para venderlas en las tiendas que pululan a lo largo de las cuadras. Paseamos por la vereda que conduce a la hermosa y descuidada edificación del Molino de trigo que se movía con una cascada de agua, pasamos y repasamos las calles, hasta el cementerio, las plantaciones de cultivos hidropónicos de fresas y los pozos de trucha arco iris.

Haya lluvia o queme el sol Silvia, región de Guambía, es un remanso de suelo patrio propicio para pensar, leer, amar, comer sabroso y darle gusto al cuerpo.

28-10-09 11:37 a.m.

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