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El viejo Román Cajiao

El lunes 5 enero, 2015 a las 4:39 pm
ROMÁN CAJIAO

Por Fernando Dorado G.

Conocí al viejo Román Cajiao cuando se acercaba a sus 60 años. Era un campesino negro de cuerpo menudo que vivía en la vereda Caponera al norte del municipio de Caloto, muy cerca de la localidad de Villarrica. Era el administrador del acueducto interveredal que prestaba servicio a otras veredas vecinas como Guabito y Barragán. El acueducto funcionaba mediante el sistema de bombeo, contaba con un tanque elevado y el agua no era de la mejor calidad.

Me recibió en la entrada de su humilde casa de habitación. A pesar de su figura menuda tenía unos gruesos brazos y unas manos enormes. Transpiraba fortaleza y tranquilidad. Su mirada serena e inteligente generaba – al instante – confianza y seguridad. Representaba con nitidez a su raza. La bondad le brotaba en forma natural. A veces reía burlonamente mostrando sus fuertes dientes que ya estaban un poco amarillentos pero que – al igual que todos sus congéneres –, era uno de sus motivos de orgullo. “Hasta ahora no he perdido ni una muela” decía con su voz ronca, gruesa y grumosa, que me recuerda a los cantantes de jazz de los EE.UU. En fin, don Román Cajiao era todo un personaje.

Cajiao el campesino que se resistió a la invasión de la caña era un ejemplo de perseverancia por defender su “finca tradicional”. Hizo hasta lo imposible por evitar que su familia desistiera en la lucha por defender su tierra y terminara por vender su predio a uno de los ingenios azucareros del Valle o a algún testaferro enviado por ellos. Me relataba decenas de casos de cómo habían engañado a sus vecinos o conocidos para obligarlos a vender. Todo ello está contado con mucho detalle en los libros escritos por Miguel Taussig, un australiano que en los años 70 realizó investigación social en la región y que se hizo llamar Mateo Mina.

El viejo Cajiao era un hombre maravilloso. Rodeó su finca de árboles frutales, entre ellos de aguacate, para tratar de evitar la “plumilla” de la caña y los vapores contaminantes que los agroindustriales cañicultores utilizaban para fumigar las extensas áreas sembradas en caña que rodeaban las pequeñas fincas de los campesinos negros que resistían en forma paciente, callada y valerosa. Su maravilla – desde mi punto de vista – estaba en su inmensa facultad de ponerse en los zapatos del otro.

Él me enseñó la capacidad de perdón que es uno de los sentimientos de los descendientes de los esclavos negros traídos desde su África que guardan en su alma. Muchos confunden esa actitud con la conformidad o la pasividad abyecta. Pero no, el negro es de por sí orgulloso. Tiene conciencia de su fuerza. A veces le capto una especie de temor o miedo a liberar su energía reprimida, que él sabe que puede lastimar a otros.

Durante las guerras de independencia los contingentes guerreros conformados por hombres adultos y jóvenes negros denominados “los macheteros” del Patía y del Cauca (que eran del norte del Cauca), que hoy portan en sus insignias algunos batallones del ejército colombiano, eran muy apetecidos por los caudillos militares de la época. La tradición del machetero surgió del arte de la vara que siempre practicaron los pueblos africanos. Era un arte de la guerra mediante el cual se disciplinaba al niño desde su más tierna edad. Todavía lo practican los Massai y otros pueblos en lo profundo del África Central y en Etiopía.

Los españoles les cambiaron la vara por la espada y más adelante, en forma espontánea el “arte de la esgrima” se convirtió en una tradición negra de nuestras regiones. En la guerra, la fuerza y velocidad de un machete eran superiores al arcabuz, que al ser disparado por su portador, si no conseguía dar en el blanco o inutilizar a su oponente, perdía su eficacia. Son famosas las aventuras y peripecias de afamados macheteros que mataron con su filo certero a decenas de oponentes antes de ser heridos o muertos en combate.

El viejo Cajiao sabía eso y mucho más. Al igual que don Sabas Casaram, un viejo patriarca negro quien fue cadete y perteneció al Batallón Presidencial, quien murió no hace mucho tiempo en Puerto Tejada, tenían en alta estima su raza y su nobleza de siempre. Era otro hombre sabio, oriundo de Buenos Aires, con una gran cultura y una memoria prodigiosa. Siempre reivindicó al negro por encima de quienes tanto lo lastimaron. Me haría largo en mencionar nombres de hombres y mujeres notables de nuestra gente negra, nobles de corazón a quienes siempre llevaré en mi mente.

No puedo dejar de mencionar a Luis David Mosquera, una especie de historiador natural del Patía, quien fue alcalde de ese municipio. Tampoco puedo olvidar a don Ramón Ibarra, a quien conocí con una edad de más de 100 años montando de a caballo y visitando sus varias mujeres y sus numerosos hijos a lo ancho y largo del Valle del Patía. Menos olvidaré a Inocencia Balanta, maestra de escuela de El Ciprés-Pueblo Nuevo en el municipio de El Tambo, descendiente de los negros cimarrones del Palenque del Castigo o a Julio Mosquera de los negros de Jamundí y Timba pero que había migrado al sur de El Tambo.

El verdadero Amador Carabalí era un negro curtido de sufrir, campesino de Quilcacé quien me contó historias de lucha y de sufrimiento que nunca se borrarán de mi mente porque hacen parte de mí. A ellos y a tantos amigos y amigas de la zona sur del municipio de El Tambo, les dedico este capítulo.

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