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EL TRAZO

El miércoles 22 junio, 2022 a las 2:12 pm
EL TRAZO
Crédito de la imagen: https://www.elespanol.com/cultura

EL TRAZO

Todo comenzó cerca de Seville, Ohio, hacia 1920, en la granja de un señor de apellido Nashville. Su hijo Ernst, de 16 años, le ayudaba con el cuidado de las porquerizas. Era un muchacho despierto, pero sin instrucción alguna. Todo le interesaba, incluso las sombras, en especial la franja de penumbra que separa las zonas iluminadas de las zonas oscuras. Podía dedicar horas enteras a sus observaciones porque hacía las labores muy rápido y siempre le sobraba tiempo.

Para entretenerse, empezó a hacer tallas: palas, gallinas, cerdos, rastrillos. Pronto sus figuras se hicieron famosas en la región y los Nashville tuvieron un ingreso extra.

Un domingo, después de la misa, una señora le aconsejó al señor Nashville que pusiera a Ernst en la escuela de artes de Seville. Él lo pensó dos veces porque no quería quedarse sin porquerizo y sin las tallas, pero finalmente accedió.

En Seville, Ernst descubrió la pintura y ya no quiso saber más de tallas, oficio que de repente le pareció demasiado rústico. A las dos semanas hizo una copia tan fiel de El jardín de las delicias que los profesores se asustaron y lo pusieron de inmediato en el bus de Nueva York con una carta dirigida al director de una prestigiosa escuela de pintura y el óleo del Jardín enrollado bajo el brazo.

El director lo recibió con frialdad y le explicó que “el arte es algo más que copiar”.

—En el mundo debe haber varios miles de personas capaces de hacer algo así —dijo señalando el óleo— pero en toda la historia de la pintura solo hay UN Hieronymus Bosch.

Sobre los ejercicios de sombras difuminadas, el director ni siquiera hizo un comentario. Furioso, Ernst salió dando un portazo.

Regresó quince minutos después con un retrato a lápiz del director que sorprendió a todos.

—Es notable —dijo el hombre sonriendo por primera vez—. Inexpresivo pero notable. Son las mejores líneas que he visto por aquí en mucho tiempo. ¿Te gustaría pasar una temporada en Nueva York por cuenta de la escuela?

Ernst asistió a clases durante un semestre sin tocar un pincel. Toda su atención estaba concentrada en la observación de los gestos de las personas. Cuando su profesor de dibujo le pidió cuentas, Ernst cogió el retrato del director, le trazó una sombra en la frente y se lo presentó. El profesor quedó estupefacto. No era un retrato del director, ¡era el director!

Ese mismo día se decidió que Nueva York ya no tenía más que ofrecerle y fue enviado a Florencia.

Allá lo recibió Massimo Tornatore, el curador de la Galería de los Oficios. Sorprendido de que en Nueva York siguieran obsesionados con la línea cuando todo el mundo sabía que el futuro estaba en el color, Massimo mandó a Ernst al taller de Igor Ucelli, su maestro. Allí el porque rizo descubrió el color y aprendió a entrecerrar los ojos para defenderse de la fuerte luz del Mediterráneo. A los pocos días ya era capaz de adivinar la hora exacta por el cambio de la tonalidad de los ladrillos del patio del taller, o saber, tras una sola mirada, si el rubor de esa mejilla era producto del pudor, el ejercicio, el vino o la pasión. Sonreía cuando escuchaba que el arcoíris tenía siete colores. Le gustaba pintar árboles y afirmaba que nunca había visto dos hojas iguales. Fue el inventor de los paisajes nocturnos, tema inédito hasta entonces. Aparentemente eran manchas negras y grises, pero, observadas con detenimiento, revelaban detalles inverosímiles, bichos, nervaduras y reflejos trazados con esmero en los mil y un tonos del marrón.

En Florencia pasó dos años. El segundo lo dedicó al desarrollo de una tarea obsesiva: la difuminación de una franja de color. Era una curva ocre de cinco centímetros de ancho en el arranque, que se angostaba y se confundía con el beige del lienzo de manera tan gradual que resultaba imposible señalar dónde terminaba. Ucelli afirmaba que la curva terminaba en un punto literalmente euclidiano, esto es, “lo que no tiene partes”. Un niño dijo que la curva saltaba el marco y se perdía en la pared.

Pintores de toda Italia desfilaron mudos ante el lienzo, pero Ernst ya no estaba ahí. Una vez puesto a punto el arco, perdió súbitamente el interés en la pintura, y en las sombras, y regresó a las porquerizas de su padre. Tenía 19 años. En adelante llevó una vida perfectamente normal.

JCL

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N. del E.: Esta publicación hace parte del libro Sacrificio de dama, del escritor Julio Cesar Londoño – 2019. Para más detalles sobre la obra y su autor dar clic sobre los respectivos enlaces. ALG.

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