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El trabajo

El lunes 15 julio, 2019 a las 10:32 am
Imagen cortesía de: https://bit.ly/2Z2lY97
El trabajo

El trabajo

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Trabajar no es un castigo. Ni mucho menos forzado. Es una demostración de que alguien está vivo y productivo. Y si ya está pensionado, es aún mejor. Es señal de vigor, de salud, de considerarse útil y activo.

Alguna vez se dividió el trabajo en “pesado”, “liberal”, “de oficina” y… “de servidumbre”. El trabajo no era de gente “pudiente”. Había gente que pensaba que eran privilegiados de la suerte y la vida si no trabajaban… Que habían nacido de “buena cuna”.

Qué desgracia no trabajar y no saber trabajar. Porque trabajar es estar ocupado. Ocuparse en lo que uno ofrece, porque lo sabe hacer: pensar y ejecutar las actividades para las que es hábil y sirve a los demás.

Se decía antes: “trabaje, para eso tiene manos y pies y ojos, usted no es manco ni cojo, tiene todo lo necesario para ser útil”. No le decían a uno que era inteligente, que entendía qué era servir, que es útil a los demás, y más útil a si mismo.

Trabajar, en otras palabras, es producir. Dar rendimiento, sacar de la nada lo que está por hacer. Hacer efectivo lo que está escondido, ahí, frente a la mesa, en la oficina o en el taller, o en la tierra, o en un plano, con las instrucciones de un papel o un libro.

Trabajar, en otras palabras, es darse cuenta que todo está por hacer cuando a uno le dan el “trabajo”. Que le señalen el puesto, que le den las instrucciones y que le digan cómo podrá usted hacer lo que el jefe o dueño de la empresa quiere.

En el fondo, lo que todo jefe quiere, lo que en cualquier empresa se necesita, es que el trabajador sea eso. Que trabaje. O sea, que ponga toda su capacidad de crear para realizar bien lo que el jefe quiere de usted. Que le ayude a crecer, a valorar más su empresa, hacer ver que usted era la persona que se necesitaba allí para hacer bien las cosas. Tal vez mejor, – con otro método – de lo que hacía antes. Que ponga su ingenio y su creatividad en el puesto que le ofrecen.

Toda persona tiene un encargo para realizar cada día. En su casa, en su oficina o trabajo. Como el campesino en su finca. Labrar la tierra, abonarla, sembrar, cuidar la semilla, regarla, ver que crezca lozana y cuidarla en la producción con abono y fertilizantes para dé buenos frutos.

O, como el escritor. Sentarse frente a su hoja en blanco a poner un título y teclear hasta llenarla con su imaginación e ingenio. Teniendo en cuenta que va a ser leído por cientos de ojos ávidos de escudriñar el incentivo que hay adentro. ¿Qué venenito traerá este texto? ¿El título fue afortunado para animar a leer? ¿El contenido, después del intento de leer, sí cumplió con las expectativas? Aquí el trabajo era leer… ¿Sí valió el tiempo que empleó el lector?

15-07-19 – 09:40 a.m.

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