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El Sotareño de Popayán

El martes 9 mayo, 2023 a las 4:37 pm
El Sotareño de Popayán
El Sotareño de Popayán
Foto: Créditos al autor.

El Sotareño de Popayán

Carlos Fajardo Fajardo
Por Carlos Fajardo Fajardo

En El Sotareño. 7 de mayo, 2009. De izquierda a derecha: Omar Lasso, Carlos Fajardo Fajardo, Hernán Bonilla, Cecilia Paredes, Cristóbal Gnecco, Vicky Ospina, Agustín Sarria, Ricardo Muñoz, Rafael Albán, Felipe García, Paola Martínez.

Entré por primera vez al Sotareño de Popayán un día viernes de 1978. Llevaba escasos meses de haber llegado a la ciudad como estudiante de Filosofía en la Universidad del cauca. Lo primero que me cautivó fue la música que sonaba en el oscuro recinto. Música de viejos, me dije, yo que apenas salía de la  adolescencia. Luego me sorprendió su dueño, quien, detrás del mostrador, y entre infinidad de discos de vinilo organizados en amplios estantes, atendía a la clientela. “Hola Agustín” le saludó el compañero de estudios que me había llevado a ese mágico bar. En las mesas varios hombres departían con cervezas y con botellas de aguardiente caucano que nosotros cariñosamente llamábamos “La  roñosa”. Nos sentamos y también pedimos aquel líquido etílico. Agustín, quien estaba  atento a cualquier movimiento que sucedía en el sitio, nos trajo “la roñosa” con simpatía, momento que mi compañero aprovechó para presentarme: “Agustín, este es un joven poeta caleño recién desempacado de su ciudad. Estudia filosofía y también es de los nuestros”. Le tendí la mano, a la cual correspondió con un amigable saludo. “Aquí podés pedir la música que te guste”, dijo el amigo, lo que yo, a medida que iba saboreando ese anís caucano y me iba prendiendo, cumplí a cabalidad pidiéndole al dueño sentimentales baladas y la poesía cantada de Joan Manuel Serrat. Mientras tanto escuchamos también boleros, tangos, valses peruanos, pasillos ecuatorianos, viejos pasodobles, mazurcas, fox-trot, guarachas, pasillos colombianos, sones cubanos, salsa, tríos mejicanos…Toda la música de la “Vieja Guardia” estaba allí servida sobre nuestras mesas.  

Eran finales de los setenta. Con varios amigos de la universidad comenzamos a leer y a publicar nuestros primerizos poemas. En 1979 fundamos el Taller Literario La Rueda, donde nuestros espíritus beodos, musicales, poéticos, creativos y políticos rebeldes se manifestarían en toda  su dimensión. Entonces, El  Sotareño se convirtió en una de nuestras trincheras de tertulia bohemia. Allí, entre encendidos diálogos, eufóricas discusiones y abrazos de amistad, surgieron ideas para poemas, relatos y ensayos, como también proyectos culturales.  Allí inventamos el amor con nuestras valientes compañeras de luchas libertarias; ahogamos los desamores y las “tusas” que nos producían las rupturas con esas mismas hermosas y combativas mujeres. Allí se edificó la palabra, la vida hecha canción. Agustín nos atendía, escuchaba las animosas charlas, complacía los diversos gustos musicales y hasta  nos consentía. 

Un día de 1979 en nuestro programa radial “Bitácora cultural”, que se transmitía los sábados a las nueve de la mañana por Radio Belalcázar, entrevistamos a Agustín, quien lo escuchó complacido por tan generoso acto de reconocimiento a su maravilloso bar. Esa noche Agustín nos obsequió todos los tragos que solicitamos hasta que la borrachera nos pudo. Desde ese momento se volvió nuestro cómplice y compañero de ruta. Así, El Sotareño fue un lugar de culto profano, altar secular musical y poético para nuestros escasos veinte años. 

Durante los años que viví en Popayán no pasaba mes sin visitar El Sotareño al menos un viernes o un sábado. Saludaba al viejo Agustín, quien complacía mis ahora enriquecidos gustos musicales gracias a los vagos y malandrines de La Rueda y a este templo de la gran música que perdurará en nuestra memoria. 

Estos son mis recuerdos de aquellos encuentros con El Sotareño cuando vivía en la Popayán pre-terremoto. Se sabe que sobrevivió a ese terrible sismo y que en la pandemia le tocó cerrar el bar. Pero, como Ave Fénix, gracias  al apoyo de su familia, lo abrió de nuevo en otro lugar con diferente utilería y variados decorados. Ahora las sensibilidades de este siglo XXI lo habitan y visitan. Sin embargo, la buena música de siempre y la figura de Agustín siguen reinando en aquel espacio para los enamorados nocturnales.

Honor entonces para El Sotareño y para su dueño Agustín Sarria. Un brindis con aguardiente Caucano para él y su poético bar, donde tantos amores, penas, encantamientos se engendraron y esfumaron.

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