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EL SILENCIO

El domingo 2 septiembre, 2018 a las 4:23 pm
EL Silencio

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

EL SILENCIO

Callar el Universo, que apenas quede el parpadeo de las estrellas por la noche, allá arriba y el abrazarse las olas en los mares allá abajo. Y así se oiría, aún, la respiración del mundo mientras duerme. Si fuera así tan solo, qué silencio tan solemne y hondo se sentiría.

No habría el bullicio de toda clase en bares, en los recreos de las escuelas y colegios, en las canchas de fútbol cuando Messi mete gol o Falcao hace el pase-gol. El silencio es lo opuesto a ruido, a producir una interrupción de la quietud del sonido o del alma en calma. El silencio no soporta la intromisión a la intimidad de un diálogo amoroso o que turbe la concentración del torero a la hora del lance al miura.

Silencio quiere decir callar uno la lengua, cesar el ruido y las molestias cuando el otro o los otros necesitan total ausencia de distracción o intromisión que les impidan hablar o actuar de acuerdo con su necesidad y libertad.

El silencio lo necesita el enfermo, quien trabaja a presión en oficios peligrosos, el orador, el niño que recita en el colegio, el lector en una biblioteca, el interlocutor cuando el otro responde. La flor se queda quieta y presta sus pétalos para que la abeja saque su néctar o el pájaro lo extraiga con su pico. Si algún ruido perturba o distrae se puede perder el objetivo.

El silencio es un instrumento que la Naturaleza ha proporcionado a los seres vivos para su defensa y aprovechar los momentos en que nada perturba a los sentidos. El silencio permite que el lobo cace, que el conejo busque su alimento. Hasta los animales salvajes acechan sus víctimas de puntillas y así no se ponen en evidencia.

Con toda la multitud de animales que hay en la selva quien entra a ella la halla callada y escondida. Parece que árboles, cascadas, pájaros, aves y fieras no estuvieran. Apenas se oyen los sonidos de las sombras y las hojas que se caen. De pronto un chimpancé regurgita un sonido y otro lo repite imprudente. Le imprimen a la selva un aspecto de respeto y extrañeza. Tan grande y abigarrada maraña y… parece que nadie viviera allí adentro.

La Selva, así, nos da un ejemplo grande de lo que es el silencio. Tantos animales de tantas especies y tamaños y ninguno emplea su rugido o su tamaño para amenazar o demostrar su presencia y peligro. Cada uno vive en su comunidad y cuida su territorio. La selva no es un lugar abominable. Simplemente no es una urbe ni un paraíso donde habiten princesas en castillos con magnates y tesoros y un orangután de escolta en la almena.

Sí. Solo en la selva podemos hallar puro al silencio. No hay carros ni aviones, ni palacios, ni iglesias, ni mandamases. Solo una alfombra verde entre la que vagan micos, serpientes, loros, hormigas, turpiales, leopardos y venados.

30-08-18                                                    7:14 p.m.

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