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El robo de la corona de la Virgen

El lunes 3 febrero, 2020 a las 2:32 pm
El robo de la corona de la Virgen
Imagen cortesía de: https://bit.ly/37VFmsK
El robo de la corona de la Virgen

El robo de la corona de la Virgen

En una tarde lúgubre donde lamentos y oraciones se escuchan tras paredes de esterilla y calicanto de casi cuatrocientas casas de la Popayán colonial. Por aquella época una peste asolaba poblaciones vecinas y se aproximaba a la ciudad, los payaneses aterrorizados se dedicaron a rezar, la peste nunca llegó, motivo por el cual se decidió ofrendarle a la Virgen Inmaculada Concepción la Corona de los Andes.

Los Hurtado y los Olano, ciudadanos acaudalados, dispusieron la elaboración de la corona para la santísima, considerada como la amparadora de Popayán. Toda la población donó oro y piedras preciosas para su elaboración, de la cual encargaron a unos orfebres, dándoles carta blanca pero poniéndoles como condición: “la corona debe exceder en belleza y fastuosidad a la de cualquier monarca”

Muchos lugartenientes de Belalcázar, atesoraron valiosas joyas robadas a los indígenas durante la caída del imperio Inca del Perú. La leyenda narra que la más grande esmeralda de la corona, de 45 quilates, fue arrancada del cuello de Atahualpa, al ser capturado en 1532. En total, sumadas las esmeraldas, la corona tiene 15.000 quilates, lo que la convirtió en la colección más valiosa del mundo.

Con esmerado júbilo, la corona fue trasladada al palacio arzobispal en un caballo blanco berberisco andaluzado, sobre una montura de cojín rojo aterciopelado, El 8 de diciembre de 1599 después de escuchar las últimas notas del O salutaris y el Tantum ergo, se realizó la ceremonia de coronación de la Virgen.

Familias prístinas organizaron una cabalgata, ataviados con camisones amarillos y verdes traídas de España, no faltaron los piropos picarescos para exaltar acicaladas doncellas de ojos moros con abultados pechos de piel  nívea que dejaban adivinar los corset, bruñidos entre ñapangas y hermosos pañolones españoles.

Los hombros de cargueros con alpargatas de fique, trasladan a la virgen María en continuos zarandeos con su imponente corona votiva de oro macizo de 18 a 24 quilates,  34,5 cm de alto, 52 cm de circunferencia, con un peso 2,18 kilos, con 453 esmeraldas, distribuidas entre la banda y la diadema.

En 1763, el obispo Gerónimo Antonio de Obregón y Mena, nombró como mayordomos de la cofradía al presbítero Manuel Ventura Hurtado del Águila y Arboleda y a Lorenzo de Mosquera. Bajo la custodia de la Cofradía, se recaudaron nuevas limosnas y donaciones con el fin de agigantar la corona. A la primera diadema se le agregaron cuatro arcos imperiales de oro, tallados y con caminos de esmeraldas que rematan en un orbe y en la cima, un crucifijo lleno de esmeraldas que significa el dominio de Cristo sobre el mundo, de los arcos engancharon 17 peras de esmeralda.

De pronto, la familia Olano Hurtado se sintió dueña de la corona de los Andes. El arzobispo Maximiliano Crespo Rivera, para impedir que feriaran  los sagrados bienes de la cofradía, le dio poder a los abogados Jorge Ulloa López y Gustavo Maya Rebolledo para demandar en juicio ordinario a Manuel José Olano Borrero, conminándolo a restituir a la iglesia catedral la corona de Los Andes, y se condenara pago de perjuicios y costas del juicio. Así lo ordenó la sentencia del juez 3.º del Circuito Alfonso Valencia Correa, el 29 de marzo de 1935.

Por decreto 927 del 4 de mayo de 1936, monseñor Crespo removió a Manuel José Olano del cargo de síndico de la Cofradía por negarse a rendir cuentas y entregar a éste los bienes guardados en calidad de depósito y por estar gestionando la venta de la corona. Olano Borrero ignoró el fallo del juez y el Decreto Episcopal y dispuso venderla.

El negociante de joyas Warren J. Piper  llegó de Chicago USA a comprarla por 125.000 dólares, al  mirarla no pudo disimular el asombro con lo que sus ojos veían, más  no cerró el negocio por la imposibilidad de  llevarlo bajo el anonimato de la clandestinidad.

Fungió como intermediario Guillermo Rodríguez Fonegra, quien le dio 85.000 dólares a Manuel José Olano Borrero, éste a su vez contrató a Luis Carlos Iragorri Peña para  sacarla del país en el buque Santa Lucía de la Green Lane, que zarpó de Buenaventura. La corona salió escondida en un cubilete  de sombrero de copa. Todos los años es exhibida en Nueva York, Londres, Roma, Tokio y hasta en el palacio museo de Topkapi, mientras en Popayán, una Virgen aguarda el regreso de su corona avaluada en cinco millones de dólares, más de diecisiete mil millones de pesos colombianos.

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