ipt>(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});
Viernes, 3 de diciembre de 2021. Última actualización: Hoy

EL REY DE LA HIPÉRBOLE

El martes 26 junio, 2018 a las 5:02 pm

 EL REY DE LA HIPÉRBOLE
Caricatura de Darío Noguera

EL REY DE LA HIPÉRBOLE

Muy posiblemente Gabito, nuestro Premio Nobel de Literatura, no lloró al nacer, como todos los bebés del planeta. Es dable conjeturar que sonrió antes que nada al percibir el mundo injusto, siniestro y desigual. Esta conjetura se sostiene recordando su hábito eterno de fustigar con la sátira y la burla las fuerzas opresoras del mundo y sus representantes.

¿De dónde surge esta arcana tendencia omnímoda de Gabo hacia la sátira, el sarcasmo, la ironía? Si queremos acercarnos a la solución del misterio no debemos olvidar al niño tímido y pequeño, que perdió la inocencia pueril al conocer adolescente los tranvías de Bogotá. Desde la más tierna infancia se ubicó en un punto de vista de plano bajo o inferior para observar al mundo. Y si se es pequeño, si las cosas se miran físicamente desde abajo, el resultado inevitable es la magnificación de las personas, de los animales y las cosas, incluyendo en esta última categoría la sociedad, la naturaleza y el universo. Digamos pues que la mitad del misterio está resuelta, y que Gabo siempre se sintió pequeño frente al mundo, y que esa fijación de la infancia explica una parte de su estilo.

Esta microtesis enlazaría entonces a Gabo con otro gigante de la literatura mundial: Stefan Zwaig quien, como es sabido, siempre supo descubrir el lado admirable y excelso de sus personajes, aun cuando fuese alguien ruin como José Fouché.

Los personajes del gran cataqueño son indóciles, tienen vida propia, rebeldes, únicos, es difícil lidiar con ellos pues están hechos de carne y hueso sólido. El anterior aserto nos obliga a contrastar con tanto novelista importante, pero cuyos personajes son vistos por el autor desde un punto de vista altivo, superior. Son marionetas a las cuales el escritor lleva y trae por el mundo ancho y ajeno, casi sin ser dueños de un destino cierto. Unamuno, con todo y su grandeza, es el clásico creador de esa clase de personajes insignificantes, hechos con mantequilla o plastilina. Si la memoria no me traiciona, en Niebla, el protagonista novelesco, le habla al escritor y le pide que no lo mate todavía, pues a la semana siguiente va a contraer nupcias.

Y si el mundo se mira desde abajo, pueden surgir dos miradas complementarias: el mundo es enorme y opresivo, déspota e injusto sin medida.

O el mundo es grandioso, admirable, épico y debe ser celebrado y ensalzado. Estas dos miradas dan la clave total del estilo y los temas de García Márquez, nos permiten profundizar en su leitmotiv: la magnificación y la caricatura, casi siempre validos de un recurso inmejorable: la hipérbole.

Pierden, pues, su tiempo los que buscan las claves del estilo garciamarquiano en Rabelais, en Héctor Rojas Erazo o en el vallenato.

Desde sus primeros cuentos, Gabito comienza por blandir una actitud contestaría: el humor es su arma y la caricatura su pólvora. La Mamá Grande, por ejemplo, “… En su cama de lienzo, embadurnada de áloes hasta las orejas, bajo la marquesina de polvorienta espumilla, apenas se adivinaba la vida en la tenue respiración de sus tetas matriarcales. La Mamá Grande, que hasta los cincuenta años rechazó a los más apasionados pretendientes, y que fue dotada por la naturaleza para amamantar ella sola a toda su especie, agonizaba virgen y sin hijos…”.

Hasta en sus últimos libros, se magnifica algo o se reduce a alguien a una condición farsística:

“Los vientos alisios estaban tan bravos aquella noche, que en el puerto fluvial me costó trabajo convencer a mi madre de que se embarcara”. (Vivir para contarla).

Plagiándose a sí mismo, el lugar de nacimiento es recordado de manera generosa, nostálgica y excelsa:

“Lo recordaba como era: un lugar bueno para vivir, donde se conocía todo el mundo, a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. Al atardecer, sobre todo en diciembre, cuando pasaban las lluvias y el aire se volvía de diamante, la Sierra Nevada de Santa Marta parecía acercarse con sus picachos blancos hasta las plantaciones de banano de la orilla opuesta”.

Como esta microtesis no tiene aliento para ir más allá de la tercera cuartilla, es bueno ir concluyendo que Gabo nunca dijo algo serio de algo o de alguien. Su sonrisa está presente en cada línea de sus escritos y aún entre líneas. Se puede coger al puro azar, del modo más aleatorio posible, cualquier título, cualquier capítulo o página del cataqueño, y siempre descubriremos un retozo, algo epigramático o de pronto una abierta ironía o caricatura. El mundo es tan opresivo, tan sordo, injusto y oscuro –y al tiempo tan poderoso–, que se le debe combatir, y la mejor arma que fabricó Gabo para esa batalla fue el humor. Tal parece ser su leitmotiv, el tema constante de su inmensa e irrepetible obra. A la suerte escojamos para terminar, un fragmento de “El amor en los tiempos del cólera”, que corrobora enteramente la tesis diminuta:

“Ambos lo saludaron con una solemnidad que esa vez tenía más de condolencia que de veneración, pues nadie ignoraba el grado de su amistad con Jeremiah de Saint Amour. El maestro eminente estrechó la mano de ambos, como lo hacía desde siempre con cada uno de sus alumnos antes de empezar la clase diaria de clínica general, y luego agarró el borde de la manta con las yemas del índice y el pulgar, como si fuera una flor, y descubrió el cadáver palmo a palmo con una parsimonia sacramental. Estaba desnudo por completo, tieso y torcido, con los ojos abiertos y el cuerpo azul, y como cincuenta años más viejo que la noche anterior.”

Así era nuestro Gabo, el Rey de la Hipérbole.

Sigue a Proclama en Google News
Deja Una Respuesta
Abrir el chat
1
Paute aquí
Hola 👋
¿En que podemos ayudarte?