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Jueves, 13 de agosto de 2020. Última actualización: Hoy

El sábado 8 noviembre, 2008 a las 9:59 am

EL QUE AHORRA EN BANCOS SUS ILUSIONES DESHOJA

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Colombiano

leoquevedom@hotmail.com

Cuando tenía unos 9 años, en la flor de mi inocencia, mis oídos distinguieron una hermosa melodía: una Caja de ahorros se abría. Regalaba de entrada un cofre de metal, con llave de seguridad incluida, para meter las monedas de cobre. Reemplazaba al marranito de barro quemado que se quebraba al menor antojo. Desde entonces creí, como buen vecino y sin pizca de malicia, que el fondo de la almohada o el colchón pesado eran un lugar equivocado para guardar la platica.

En sana filosofía, ahorrar no es cosa mala. ¿A quién no le suena que si las vacas están gordas y a uno le sobra dinero después de ir al mercado, lo ponga a ganar intereses en un lugar recontraseguro? – “Ahorrar para cuando las vacas estén flacas, para cuando la enfermedad llegue, para cuando la escasez acose, para cuando los hijos crezcan…” esas eran las escaramuzas de los señores banqueros. En el lado contrario, estaban otras sirenas llamando a quienes quisieran invertir en riesgo, a poner en la bolsa de ellos su plata, más el pago de comisiones.

Ahorro para los timoratos, para quienes no saben de pirámides, ni tienen sangre de judíos, ni tienen lengua de paisa. Esa es la cosa. El ahorro nació como un servicio, recostado en el hombro de las cuentas corrientes que debían pagar la chequera. Entre menos se moviera la plata, el banco negociaba con ella y ganaba mucho más el cliente. El economista hacía fiesta con el ahorro y el ciudadano corriente tenía confianza de que el fruto de su trabajo estaba en manos expertas.

Cualquiera se hubiera abstenido de meter sus ahorros en un banco, si alguien le hubiera advertido que era mejor volver a levantar el colchón como lo hizo “el rico avariento” o enterrarlo en una caleta en el fondo del jardín, como lo hicieron los magos del cuento. O si alguien hubiera pasado el chisme de que un banco es como río sobre arena y que allí la plata se esfuma. ¿Cómo es que $120.000 pesos se vuelven $78.000 en seis meses, en una cuenta de ahorros en lugar de escaso aumento? ¿Cómo es que la cuenta se cierra si en tres meses no se “mueve”? Ya el banco no premia el ahorro, ahora cobra y castiga por ello.

La fe no es aquella “virtud” religiosa que cree en lo que no se ve. La fe, lo mismo que la confianza, son mecanismos humanos inventados para sobrevivir en esta selva de peligros. Usted y yo confiamos que si el banquero me dice que ahorre es para garantizar que mi dinero no se diluirá con el paso del tiempo o que si yo lo guardo en su caja no es para gane quien lo guarda. De lo contrario, el negocio ni siquiera es el de Don Simón: vender pan para comprar pan.

Es bueno que los bancos existan y que el banquero gane más plata y que el rico se haga más rico con la plata del que ahorra. Lo que está mal es que el banquero haya olvidado su oficio de poner a rendir la plata ajena y haga lo que el vivo de la esquina. Mover tres cajitas en el piso y hacer que el incauto ponga su dinero y en rápido escamoteo su dinero desaparezca por obra de ensalmo. Ahorrar se volvió pura ilusión de novia insegura: deshojar la margarita para calcular si el dinero que se puso en la caja aparece.

02-11-08 – 10:05 a.m

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