Jueves, 11 de agosto de 2022. Última actualización: Hoy

El PROFESOR Y EL PINTOR

El miércoles 20 julio, 2022 a las 9:03 pm

El PROFESOR Y EL PINTOR
(Un diálogo con el escritor Donaldo Mendoza)

El pintor le había preguntado al profesor de literatura:

—¿Podrían compararse Dostoievski y Van Gogh? Dos solitarios del alma luchando con su arte: líneas sinuosas, ritmos febriles, texturas prometeicas, colores para describir lo hondo y difícil de las pasiones humanas. Sus ojos vieron, presintieron la profundidad, quemaron el cuerpo y el espíritu con el fuego de la angustia.

El profesor le contestó:

—Tu enciclopedia personal sobre Van Gogh te ha dado el justo argumento para entender las intenciones de Dostoievski.

—Exagera; mi conocimiento de Van Gogh es tan superficial… Sé pocas cosas acerca del “loco del pelo rojo”. Es la intuición la que me inunda con juicios repentinos, hipotéticos, cuestionables—, le contestó el pintor.

Y entonces miraron el atardecer con sus cromatismos anaranjados, reveladores, que entonaban con el paisaje lejano y extasiaban la mirada. Al verlos, el pintor se sintió tentado por lo atractivo de ese cielo y dijo:

—Tenemos la variedad de las diferencias abismales; unos cogen el cielo con las manos, otros el lodo y la miseria… hay gritos desesperados, los dioses no oyen.

—Esas estridentes diferencias se explayan en los días de carnaval, esos de blancos, negros y otros colores: unos gozan con el desorden y otros se escandalizan; y los políticos aprovechan para sus créditos electorales; el despelote—, contestó el profesor.

—Acuérdese que vivimos en el país de la Mama Grande—, recordó el pintor, poniéndose la mano en el mentón, con cierto aire pensativo.

—Claro, ese cuento es una hermosa metáfora de nuestra Colombia—, asintió el profesor.

—Pero creo que no es metáfora; es un retrato literario—, opinó el pintor.

—La literatura no es otra cosa que la elaboración estética de metáforas sociales. De esa construcción salen retratos, caricaturas, ironías, esperpentos…—contestó el profesor.

—Es que el arte recicla la realidad, la procesa y desnuda, muestra sus debilidades más risibles, y todo lo convierte en un carisma fantástico—, fue la respuesta del pintor.

—“El arte es el hombre más la Naturaleza”—, dijo Bacon; y Goethe: “Es necesario elevar lo real a la altura de la poesía”. Las dos frases las leí en la biografía de Turgueniev—, fue el juicio del profesor de literatura.

—Prefiero la de Goethe; la realidad es la materia del arte; el arte la sublima—, dijo con cierta reserva el pintor.

—Leí en Turgueniev: “La moral y el arte son extraños uno al otro… Un artista sólo se debe fidelidad a sí mismo, no a un sistema… El arte es una evasión, no una demostración”. Incisivas frases, añadió el profesor, con gesto afirmativo.

—El arte está más allá del bien y del mal. Los puntos de vista particulares son simples momentos sujetos a revisión permanente. El artista se para sobre su propio juicio, lo eleva como testimonio, y la mayor parte de las veces no le interesa la moral, aunque todo punto de vista puede considerarse un tópico moral, o de él puedan surgir toda suerte de consecuencias y consideraciones morales, además de las estéticas—, concluyó el pintor, mientras comenzaba a arrimar la noche con sus sensaciones de lo indefinible, y entonces ambos se alejaron del puente desde donde contemplaron el asombro de la tarde.

El profesor retomó la palabra: —Entiendo esa moral en el arte en el sentido de que un novelista, por ejemplo Dostoievski, no tiene límites en su cometido de darle ánima a un criminal como Raskolnikov.

—Moral, palabra ambigua, resbalosa. El arte inventa, crea sucedáneos de la realidad; es posible, a través de él, ver lo que no se ve, oír lo que no se oye, palpar lo que no se toca, pensar lo que no se piensa. El arte faculta, da permiso a lo que la razón, la lógica y la moral no pueden patentar—, fueron las últimas palabras del pintor, y entonces se despidieron en la esquina.

El farol los vio separarse lentamente, mientras a lo lejos se oían los sones de una chirimía, y el apretón de automóviles pugnaba por cruzar el semáforo. En esas, se apagó la luz de la ciudad, y en una que otra ventana comenzó a adivinarse la débil lumbre de las velas.

—Así es mejor; le da a uno la sensación de pertenecer a otro tiempo—, pensó el pintor. Y vio que todos los pensamientos quedaban fuera de contexto en esa oscuridad. Sólo la luz de los autos rompía esa negrura. Ahora, únicamente lo acompañaban sus pasos inciertos, y el frío le recordó que tenía que llegar a casa.

**RVQ – DONALDO MENDOZA**

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