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El poder de la palabra

El viernes 14 febrero, 2020 a las 8:22 pm
El poder de la palabra
Matilde Espinosa / Imagen: https://panoramacultural.com.co/

Al Club de Lectura Matilde Espinosa de Unicomfacauca Popayán, un lugar para sentir, vivir, crear y difundir la palabra transformadora, en memoria de una poetisa caucana que hizo del poema un mensaje y la tertulia una misión estética para reflexionar sobre las honduras de las violencias directas, sociales y simbólicas colombianas y la necesidad histórica de construir dignidad nacional.
Mateomalahora

El poder de la palabra

Una de las conquistas más grandes del ser humano es la palabra, con tanto valor y quizás más grande, que el inmenso significado del trabajo en el desarrollo de la humanidad.

Nada hay que no comience con el lenguaje, incluso el silencio es una manera de comunicación. Todo gira en torno al poder de las palabras. Palabra liberadora o palabra alienante, no hay término medio.

Arqueólogos y antropólogos han rescatado el alma de muchas culturas y pueblos desaparecidos de la faz de tierra solamente conociendo los rasgos fundamentales de su comunicación o sus testimonios culturales codificados en escritos de origen milenario.

Hay palabras eternas en todas las civilizaciones como la palabra Dios y palabras pasajeras como la palabra adiós. Palabras que llevan toda la impotencia del ser humano como la palabra miedo y esperanzadoras como transformación.

Todas las palabras, por inocentes o triviales que sean, tienen una inmensa carga histórica que las perpetúa y suele defenderlas de su desaparición, muchas de ellas han sobrevivido en condiciones inhóspitas, sin que nadie las hubiese utilizado durante largo tiempo y aun así perviven en la conciencia universal como la palabra cambio.

Los poderosos le tienen pavor a las palabras que revelan autonomía y decoro, solo aceptan a su alrededor vasallos que repitan idóneamente palabras que sepan a lisonja, elogio, adulación y alabanza. Temerosos de ser repudiados, excusan del público las palabras que tengan dignidad.

Grandes bibliotecas del mundo fueron incineradas por los sátrapas de la inteligencia. Arde aun la biblioteca de Alejandría. Pinochet llevó a la hoguera la palabra escrita y sin embargo palabras como solidaridad y respeto por el otro siguen vivas, se refugiaron en la mente de millones de mujeres y hombres que hoy las han convertido en canciones de protesta, combate y nueva poesía.

El mundo jamás olvidará las palabras de García Lorca, de Miguel Hernández, de Víctor Jara, de Lehenon y Neruda, mientras la humanidad excluyó de su memoria para siempre el nombre de sus detractores.

Palabras como lucha conducen el destino de millones de mujeres y de hombres en el mundo desbrozando caminos de equidad, convivencia pacífica y bienestar social.

Hubo palabras que en boca de los herejes, de los inconformes, de los iconoclastas y de los irreverentes cambiaron el mundo. Hoy, esas palabras pasan por el meridiano de la ecología y conmueven las murallas de la globalización.

Hay palabras inocentes como la palabra niño, palabras llenas de dulcedumbre como la palabra miel o beso, palabras para cambiar el mundo como la palabra paz.

Palabras que conspiran contra el invierno como la palabra primavera, en cuyas letras multicolores vemos pétalos y se siente el aroma de las flores.

Otras como la palabra invierno, frías, gélidas, con una existencia congelada y en la que el fuego y la llama se refugian en las chimeneas esperando el verano libertario.

Palabras como la palabra libertad, en cuyo nombre se han cometido los más grandes crímenes de la humanidad, sojuzgado pueblos y perpetuado cadenas. Palabras que han sido proscritas, tergiversadas, enterradas, expulsadas y exiliadas del lenguaje popular, palabras peligrosas como solidaridad política, social y cultural. Palabras que en las dictaduras trabajan en la clandestinidad.

Palabras como la palabra amor, que se mantiene viva en todos los idiomas y conserva intacta su fuerza seductora, pese al tedio de los amantes que ya no se quieren, el asedio de los puritanos, el dolor de las separaciones, la fugacidad de los encuentros, el amor convencional, la rutina de los afectos obligados, el sufrimiento de las rupturas o el dolor de lacerantes despedidas.

Pero entre todas, hay una palabra que ha sido saqueada, despejada, arrebatada y sometida al pillaje de su contenido histórico: la palabra democracia, por los inquisidores del poder, que la convirtieron en una comedia electoral y no en la viable realidad donde el pan, la paz y las rosas pertenezcan al reino de todos.

Los mismos impostores de ayer, los grandes jerarcas del neoliberalismo de hoy, que pretenden falsear la justicia, convertir la igualdad en una mentira gigantesca, maquillar el bienestar y colocarle murallas a la luz.

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