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El viernes 21 noviembre, 2008 a las 10:48 am

EL PLÁCIDO SUEÑO DE LOS LIBROS

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Colombiano

leoquevedom@hotmail.com


A la memoria de Ignacio Ramírez, -Cronopios- +19-12-07

Anoche a las 11 p.m. pasé muy quedo por mi biblioteca y me topé con una cuna llena de novias dormidas. Como en un viaje largo de avión, una al lado de la otra dormían prestándose su hombro. Sus pestañas finas descansaban sobre el párpado cerrado y como ángeles guardianes entreabrían apenas sus ojos a mi paso. Me detuve un rato a contemplar su plácido silencio, cobijé a varias y una se reclinó en el lecho, y me acercó a ella con sus brazos torneados para darme un beso a mi llegada.

Era una bella durmiente que escapaba al profundo sueño del sesentón Eguchi. Distrajo mi oficio de celador nocturno y dejé las llaves junto al candelabro que reposa en la mesita de la entrada. Me relató que Kawabata la había conocido desde niña y le había seguido sus pasos hasta la casa encantada donde pasaba su vida cuasidrogada y que casi ni se daba cuenta quien dormía cada noche junto a ella. Los furtivos besos que le daban en la espalda después de levantar la sábana de lino que la cubría, eran la caricia más usual de los visitantes. Me invitó a seguir, mas respeté su turno.

La otra noche me despertaron los alaridos de Sierva María desde su celda en Santa Clara. Estaba iracunda porque todos la reputaban como loca. Al día siguiente el obispo había quedado de exorcizarla de un demonio que ojalá hubiera tenido. Estaba calva y en todo el tiempo apenas había probado bocado. Le leí unos versos de Pessoa y le alivié la fiebre de rabia que tenía con una fina esponja y agua fría. Cuando oí los pasos de las monjas que venían a custodiarla escurrí mi bulto por entre las sombras del convento.

He conversado varias noches con Margarita antes que llegaran Mefistófeles y Fausto. Sus mentiras y fantasías la desvelaron y no se resistió a compartirme la fascinación que le despertaba hablar con esos seres tan galantes y sugestivos. Le inquietaban, claro está, su porvenir, su madre y los personajes que se le aparecían entre visiones. No pude disuadir a chica tan inexperta en cosas que jamás había vislumbrado pero no se puede vivir ni matar el amor que anida en otra persona. Tengo que dejarla subir al cielo con Mefisto y que baje al infierno con el doctor Fausto aunque los lectores sabemos su fracaso.

Pero las novias que más amo, aunque están dormidas en mis libros son Emily Dickinson, la enigmática dama de blanco y Meira Delmar, ojos de ola primeriza y sonrisa de arrebol rosado.

Con Emily he transitado por las calles melancólicas de Amherst, por las aulas del Seminario de Holyoke y la he acompañado a cuidar sus lirios en el jardín. He oído sus cuitas de decepción reconcentrada por los dos amores que se llevó el Destino al desierto del Olvido y la he oído cantar sus sinfonías. La vi por la ventana escribiendo versos sobre la mesa de su cuarto, tal vez sobre la abeja o sobre los “libros que navegan en la mente como bajeles conducidos por corceles”. A mi amiga Meira la tomo en mis manos como se acaricia una rosa fresca. La miro a sus ojos de niñas claras aunque ahora sólo ve la sombra de la vida pasar indiferente y lejos. Ella no duerme. Ella tiene la cara complaciente y de su boca sale una bandada de gaviotas en busca del mar y los trigales libaneses.

Sí. Tener una biblioteca es como tener miles de novias y de amigos con los que uno charla, se divierte y hasta duerme en su misma cama y come de su mano el bocado de sus textos.

30-09-08 – 10:47 a.m.

Nota: En homenaje a IGNACIO RAMÍREZ PINZÓN, -Cronopios-, a quien guardo en mi caja de agradecimientos, escribiré todos los textos durante los siguientes días hasta que llegue el 19. Si alguien de ustedes, quienes reciben mis correos, desea escribir sobre Él, con mucho gusto lo reproduciré para los amigos.

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