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EL PASTOR OBAMA

El miércoles 30 marzo, 2016 a las 10:41 am

Armando Orozco Tovar

Armando Orozco Tovar.

Cierto. Cuando se le vio descender del enorme platillo volador, se asemejó a uno de tantos pastores visitantes, frecuentes de las muchas iglesias del territorio norteño. Quién lo creyera. Bajaba plácido de la nave extraterrestre, sonriente con aire vacacional, a pasarla chévere con la familia en la isla otrora refugio turístico de Al Capone, actores y artistas de Hollywood. Y todo el que pudiera darse el lujo en el archipiélago antillano.

El espectáculo, también era parecido a los que se veían por aquellos años de la infancia, cuando arribaba a la ciudad parisina caribeña sin Torre Eiffel, pero con morro, personajes de su misma talla. Pequeños e inocentes nos precipitábamos sobre las revistas, que llegaban a casa, suscritas por el padre gerente, que terminó leyendo los mejores magazines, con modernas publicidades: electrodomésticas: Frigidaire, y demás productos Electrolux, como licuadoras Osterizer, tan amadas por las amas de casa.

Todo publicitado por hermosos rostros de figuras inigualables con aspecto nórdico o germánico de pelos ondulantes. Porque los ensortijados cabellos, quedaban para las cocineras negras, anunciadoras de detergentes, o productos de aseo. O nunca aparecían las famosas publicaciones hechas en la capital isleña. Eran del mismo color negro, iguales de las actuales damas de blanco, vedadas en aquel entonces a pasearse por el elegante Vedado.

Los magazines en tecnicolor competían en calidad, fotografías, dibujos, y redacción de sus artículos. Elaboradas por periodistas como los de Life, hecha en Nueva York. Era enorme su formato, que no cabía en ningún escaparate, terminando sus ediciones en la basura, o el baúl del cuarto de San Alejo.

Al aterrizar el pastor con su séquito tribal. Estuvo el espectáculo como para pagar (o apagar) la ventana voyerista. Que cualquiera de las publicaciones anotadas, de tiempos batistianos en que batían palmas, dando millonadas de dólares por esa sonrisa del líder eclesiástico de iglesia destinada a ponerle fin a la guerra caliente, mientras se acaba de refrigerar en el Frigidaire, con las últimas bombas lanzadas en cualquier parte del mundo. Venía antes del fin en son de paz, y no como pensaron muchos a pasar al papayo sino a bailar son tango.

Bajo y cagado de risa, con su paraguas azul bajo la lluvia, como la cinta inolvidable: “Bailando bajo la lluvia”, o como los tramposos de la homérica poética, que en épocas de bárbaras naciones, salieron del ventrudo de madera como regalo, mientras el goce pagano de la fiesta celebraba su llegada, diciendo “Vengo a daros lo que no tenéis: “La Coca-Cola democrática”.

Semejaba un basquetbolista, cantante de Jazz, teacher de Harvard University. Venido a investigar proponiendo en hora buena, cambios para ganarse el cielo, donde sólo se llegaría en las naves Nasales. Su porte, andar de pasarela, y mirada de santo, correspondía a la del clásico pastor, pero no alemán, porque el religioso era sin duda uno perteneciente a alguna comunidad religiosas de la gran nación.

Quién creería en ese momento, que el pastor pudiera conducir al país más poderoso, con potestad de Zeus. Para hacer desaparecer en un cerrar de ojos, cualquier isla como visitada, hasta con el perro guardián de la casa nevada.

¿Sería acaso un nuevo papa negro, llegando a predicar desde la gran plaza el amor y perdón eterno entre todos: “¡Amor, amor, amor, hasta que se le volvieran de plata los labios!” Escribió el andaluz.

Pastores tienen las iglesias. También Hitler tuvo el suyo. El que llegó en ese día ya remoto, como un alebrije con cara de caballo… de Troya.

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