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Miércoles, 19 de junio de 2019. Última actualización: Hoy

El ojo 

El lunes 29 octubre, 2018 a las 11:43 am
MEDIOCRES PARA SOÑAR

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

El ojo 

Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.

Gutierre de Cetina

Cuando uno escribe el título al comienzo, ya ha planeado de qué va a tratar en el texto que ofrecerá a sus lectores. El ojo es el tema de hoy. No del que habló el cáustico y  grosero Quevedo y Villegas en el siglo XVI. Es del que llevamos en la cara, de cualquiera de los dos. Yo veo con ambos, el izquierdo y el derecho. Puede que alguien vea con uno y guarde el otro para que no se gaste.

Hace muchos años veía en varios sitios un ojo enmarcado en un cuadro o colgado en una pared. Y decían que era el ojo de Dios. Pretendían, como en un convento, que quien lo mirara se acordara que Dios todo lo ve. Era un instrumento de control y malsano vicio de gente que sospechaba de las acciones deshonestas de quienes convivían con ellos. No sabían que Dios no tiene ojos para ver y sabe todo lo que ocurre y premia y castiga. Casi siempre lo deja para hacerlo después.

Hablaré del ojo, en general, de ese que llevamos por duplicado en nuestra cara. ¿Por qué será que tenemos dos ojos si con uno solo podríamos ver todo? Por estética, o porque hubo un mito de que unos monstruos, unos gigantes que tenían un solo ojo y lo llevaban en la mitad de la cara, encima de la nariz. Eran los Cíclopes. Tal vez no perdían el equilibrio ni se equivocaban de víctima. Eran salvajes y su virtud era el manejo de sus manos. Así los prefiguró Homero. Polifemo, uno de ellos, le sirvió para cuidar a sus cautivos hasta que Ulises lo emborrachó y pudo liberar a sus leales.

Hay ojos en el agua que llaman nacimientos. Se convierten en nacederos o quebradas. Hay ojos en los vestidos y los llaman ojales para meter los botones. Hay ojos a la izquierda que ven rojo y los hay azules que ven como distorsionado. Hay ojos sobre algunos montes lejanos que se convierten en volcanes.

Vemos ojos azules y verdes en las caras de quinceañeras y niñas pequeñas. Se ven hermosos como los que cantó el español en el rostro de una damisela.  Es raro verlos en niños y hombres pero que se dan, se dan. Hay ojos grises, verdes, negros y, de pronto, rojos. Por algún puño que alguien ha recibido.

El ojo está encima del cuerpo para poder ver bien cuando uno camina, hacia el horizonte, el cielo y de noche. Qué fortuna tener ojos sanos, brillantes, movibles y pícaros. Para gozar el mundo, responderle a las muchachas y no caer en la calle ante un hueco o pisar un gusano o el excremento en una esquina cerrada. Usamos los ojos para afeitarnos o maquillarse las mujeres, para distinguir el bus que viene y para dónde va. Para leer los gestos si uno va a un país de habla distinta. Qué dicha tener ojos y poder ver tanta belleza en el mundo.

26-10-18                                                  5:13 p.m.

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Otras publicaciones de este autor en: https://www.proclamadelcauca.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/opinion/leopoldo-de-quevedo-y-monroy/

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