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El novio nunca llegó al altar

El domingo 22 marzo, 2020 a las 5:33 pm
El novio nunca llegó al altar
Imagen: https://www.enpareja.com/

El novio nunca llegó al altar (Cuento)

El novio nunca llegó al altar
Por Fernando Alexis Jiménez | @misnotasdeldia

Conocerse fue maravilloso. Como en una novela romántica, al mejor estilo literario de Norteamérica. Con cenas a la luz de las velas, caminatas interminables por parques y avenidas, mensajes de texto y llamadas telefónicas que se multiplicaban en la jornada hasta perder la cuenta. Hablaban y hablaban hasta altas horas de la noche.

Simplemente me enamoré”, dijo el novio, quien a sus 55 años creyó haber encontrado la mujer de su vida. “Después de que descubrí lo mucho que significaba para mi vida, decidí no dejarla ir”. No le preocupaba que le llevara casi veinte años.

Estaba enamorado. Cargaba a todas partes una fotografía de ella, en su billetera. Era el rostro amable y sonriente con el que se encontraba apenas la abría. Más que los billetes que podía portar, que las tarjetas de contacto telefónico, que las noticas escritas con letra menuda sobre los asuntos pendientes, lo que le importaba era ella. Era su mundo.

Pero todo cambió diez horas antes de encontrarse con su prometida en el altar. Había repasado la forma como pronunciaría el sí, al ser preguntado por el sacerdote si la aceptaba como esposa.

Con cierto nerviosismo, el que siempre le acompañaba cuando debía cumplir una labor importante, ensayó cómo sacaría el cofrecito azul con las argollas y la ternura con la que se la colocaría. Sin embargo, no hizo ni lo uno ni lo otro. Simplemente huyó.

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Reinaldo lo conocía desde muchos años atrás. Desde la adolescencia. Trabajaron en varias empresas. Se ayudaban entre sí a conseguir empleo. Es más, se prestaban dinero en los tiempos de escasez. “Era casi mi hermano”, solía repetir. Él fue uno de quienes llamó a las autoridades, alarmado, para informar sobre el presunto secuestro.

Juan Carlos se preciaba de que el montaje parecía perfecto. “Nos comunicamos con la policía. Repetimos la misma versión, cuidándonos de no contradecirnos. Reinaldo relató que le había expresado su preocupación por unas amenazas. “Yo corroboré todo eso explicando mis reiteradas llamadas telefónicas esa mañana, sin que me respondiera. El asunto me pareció extraño, pero igual, me inquietó porque faltaba poco para que contrajera nupcias. Eso me obligó a reportar el incidente”.

Curiosamente y previendo que se tratara de un secuestro, iniciaron operativos. Establecieron retenes en las carreteras de acceso a la pequeña ciudad. Un operativo encaminado a rescatar al novio, si es que lo habían plagiado, y asegurar que llegara a tiempo a la iglesia para comprometerse con su novia.

Los esfuerzos resultaron infructuosos.

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No sabemos por qué tomó esa decisión horas antes de la ceremonia religiosa”, dijo el oficial a cargo de los operativos.

Sus familiares estaban convencidos. Una de sus primas lloraba con desolación.

La novia se paseaba con desconsuelo. No podía explicarse lo ocurrido. Se creía la más infeliz sobre la tierra. “No imagino a nadie más a quien le secuestren al prometido el día más importante de su vida”, repetía.

La tía Loren le trajo una tizana de valeriana que ella bebió a sorbos, pensando que era una pesadilla. Anhelaba despertar en cualquier momento.

Los investigadores terminaron por concluir, tiempo después, que todo había sido mentira.

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El autobús se desplazaba raudo por la autopista. El hombre veía, a través de la ventanilla, cómo se mezclaban paisajes y poblados pintorescos. Iba de camino a una ciudad lejana. Anhelaba llegar rápido. Refugiarse. Que nadie lo identificara con las fotografías que, sin duda, aparecerían en los medios de comunicación acompañando la noticia sobre su secuestro.

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Procuraba inútilmente conciliar el sueño en un cuarto pequeño y con un penetrante olor a humedad de un hotel cualquiera.

Rayaba la madrugada del día siguiente, cuando recibió una llamada telefónica de su madre. Decidió no hablar. Simplemente accionó el botón para escuchar la voz al otro lado de la línea.

Por favor, quien sea que responda. Liberen a mi hijo. Es un buen hombre. Además, no tenemos dinero para un rescate”, decía en medio del llanto.

No te preocupes, madre. Soy yo. Simplemente no quiero casarme. Lo siento por Eliza, me parte el alma. Es una buena mujer, pero no quiero compromisos. Debí pensarlo mejor antes de pedirle que se casara conmigo”, le explicó.

Ella aceptó feliz. No lo veía casado una vez más, después de la frustrante experiencia de la primera vez, cuando su esposa le fue infiel con cuanto hombre conocía.

Un día, el menos pensado, se fue con el conductor de un bus intermunicipal. Si es feliz o no, nadie lo sabe. Ella cerró sus cuentas en las redes sociales para marginarse de todo y de todos. Aislarse. Conservar la privacidad.

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El hombre emprendió una nueva vida. Trabaja en un almacén de pinturas. No ha perdido la amabilidad ni su encanto. Tiene ya varios meses de relación con una secretaria. La mujer es joven y bonita. Los separan casi veinte años de deferencia en las edades. No les importa. Los dos están enamorados. Incluso, han fijado la fecha para la boda…

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Blog del autor www.cronicasparalapaz.wordpress.com

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