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EL NEGRITO DE LA CACHUCHA ROJA

El lunes 29 septiembre, 2014 a las 12:04 pm

Paul Disnard

“No se pueden pedir peras al olmo”.

Refrán popular.

No alcanzó la buena señora a poner a buen resguardo dentro de su cartera el monedero. Una mano rapaz y veloz se lo arrebata y echa a correr por entre los entarimados de las ventas callejeras. ¡Ese es!, ¡ese es! grita la mujer señalando hacia el ladrón que logra entrar al centro comercial que tiene otra salida frente al parque. “El de la cachucha colorada” le explica a los dos policías impasibles que parecen dos maniquíes situados a la puerta de una tienda de ropa. El gamberro le pone en la cabeza su gorra roja de beisbolista al inválido que encuentra en su carrera, dentro del pasaje comercial, a cambio de su cachucha amarilla, finalmente se escabulle al amparo de la gente que se recrea en el parque, niños chupando helados de paleta y algunas mujeres embelesadas admirando el monumento, tratando de averiguar si es cierta la leyenda de que lo tiene grande detrás del faldón del taparrabos de bronce. Dicen que Xamoundi fue un cacique muy verraco, que se enfrentó a los invasores y coleccionó a manera de trofeos de guerra sus penes como lo hiciera en Angola una reina africana. El negrito de la cachucha roja, repite la pobre mujer a los dos policías que le replican sin inmutarse “¿cuál negrito?”

Me siento impotente como la mujer a quien le han robado su monedero al salir del supermercado Caribe en pleno centro de Jamundí, pero no deseo estigmatizarla, no quiero que hagan de ella una Juana de Arco extraída como carbón de las minas de Quinamayó, si bien es cierto que abundaron  en la zona socavones que en momento oportuno fueron habitáculos de indigentes luego de haber sido abandonados cuando el oro y la plata se perdió en los profundos e insaciables bolsillos de los ladrones de la corona española. Bastante tiene con la sobrecarga de odio y resentimiento que desde mucho tiempo atrás la agobia y acompaña a la par con los recuerdos de una infancia miserable, llena de privaciones y maltratos, la mala, la fatídica herencia de la casa donde sirvieron padres y abuelos, los déspotas que hicieron de la colonia un infierno, robando las tierras de los resguardos, asesinando a unos, convirtiendo a otros en siervos, hombres y mujeres que fueron libres dueños del viento, de los valles, de las montañas, como lo fueron sus gloriosos antepasados que convivían en paz y armonía con tigres y leones, que compartieron con ellos, con los chimpancés y las serpientes la fronda de la selva y las inmensas llanuras de altas hierbas, sabanas de árboles impasibles ante el sol y las tormentas. Antiguas civilizaciones desaparecieron con el devenir de los tiempos, imponentes murallas de piedra y huellas indescriptibles de ciudades ocultas bajo los escombros y la maleza que fue cubriendo lo que antes eran edificios, templos y ágoras. Han escuchado los arqueólogos en ese silencio milenario del abandono y el misterio voces extrañas, gritos, risas, algarabía de niños, cantos de alegría de gente que las habitaron, que desaparecieron como el humo al agotarse el fuego que alimenta los hogares, residuos de trastos y vajillas con la patina que deja el hollín sobre el barro cocido. Hubo reyes y reinas, príncipes y princesas, de igual manera reyezuelos y tiranos después de las revueltas y las ambiciones de poder que esclavizaron lo que restaba de esos imponentes imperios, los vendieron como mercancía a los cínicos navegantes de ultramar a cambio de cosas superfluas, dejó en ese instante de tener valor la vida y la trágica carga humana diezmada y enferma fue subastada en los dominios usurpados por los reyes de España para reemplazar a los indígenas que sucumbían como moscas por las epidemias y las horrorosas condiciones de sobrevivencia infrahumana impuestas por la canalla peninsular.

Acurrucada con un crío en el regazo expuesta a la misericordia de los eventuales transeúntes ya habituados a la indolencia no pude menos que detenerme por un instante en mi camino hacia el centro de la ciudad, nunca paso de largo cuando me sorprende un espectáculo de estos que son frecuentes en esta urbe plena de miseria y contradicciones sociales, no solo le doy un billete de buena numeración pues las chichiguas no sirven para nada, le preguntó de qué comunidad proviene, antes de obtener su respuesta, una voz femenina a mis espaldas dice “no quieren trabajar, prefieren vivir de la limosna… yo soy trabajadora social”, afirma la mujer de cierta e indiscutible clase epónima, a juzgar por su elegante vestimenta, su esmerado y pulcro peinado, las uñas de los dedos de la mano (supongo que también los dedos de los pies) pintados de esmalte color sangre, quizá color carne cruda. Señora, le dije, yo no soy antropófago, no devoro cristianos como lo hace usted, soy antropólogo y cuanto me lo dicen mis escasos conocimientos de la civilización colombiana estas gentes han sido y serán siempre agricultores, campesinos expoliados de sus tierras y no siervos de la burguesía… Y sí. Los indianos se enriquecieron explotando a negros e indios, convirtieron terrenos de las antiguas poblaciones indígenas en arrozales, cultivaron en grande la caña de azúcar y el algodón, fundaron prostíbulos abusando al extremo de las necesidades y miseria humanas, dueños ya de una considerable fortuna viajaron de regreso a la madre y envilecida patria, abandonada en grueso por los artesanos fugitivos de la suerte en busca de el dorado, zapateros, talabarteros, sastres y costureras, herreros,  labradores, arquitectos y maestros de obra, albañiles, leguleyos, ladrones, prostitutas… Los nobles y príncipes sin siervos que les trabajen la tierra, empobrecidos porque se alimentaban del sudor ajeno, de los impuestos, de los diezmos y la inopia de las clases ignoradas y reprobadas por Dios, vendían al mejor postor sus “títulos” de nobleza, sus escudos de águilas bicéfalas y de leones castrados, proliferaron como hoy proliferan los diplomas universitarios, la falsificación de estos valiosos pliegos y “pergaminos” con el silencio conspirativo y el beneplácito de prelados ilustres y notarios demasiado allegados a la Corte que eran, a su vez, bien gratificados en oro e indios esclavizados , y estos hijos de buena madre regresaron a las Américas convertidos en prohombres, duques y condes, como vástagos bien nacidos de algo, hijos dalgos o hijos de galgos, contrataron arquitectos, en buen mármol escultores de escasos recursos y de poca moral tallaron por encargo, en bajo relieve en placas y losas,  los emblemas de nobleza de estos embaucadores de la sociedad que luego colocaron en sitios vistosos en las fachadas de sus casas, edificios que trataban de recrear lo que habían dejado los moros cuando fueron expoliados y expulsados de España, portales y arcadas, bodegones y fuentes de agua con una danzante del ombligo arriba convertida en un ángel orinando para llenar los cuencos convergentes de la pila, jardines de rosas de Castilla e indios y negros de librea para atender las visitas de los miembros del gremio de los mismos con las mismas. Desde luego, no faltaron los poetas que recrearon a solicitud la historia, le dieron matiz de veracidad a un sinnúmero de consejas, leyendas y falsos testimonios para engrandecer el embuste y la mentira de un rebaño sin ley que continuó con el robo y el secuestro de los resguardos indígenas. En esencia es bien sabido que lo que no da Salamanca no se puede conseguir en ninguna otra parte del mundo. En La Sorbona se educaron eminentes personalidades de Serbia y de Rusia, mucho menos podrían serlo en Harvard nido de cuervos, tampoco en Oxford asediada hoy por los musulmanes que nada tienen que ver con aquellos sabios y maestros árabes que engrandecieron Granada y Andalucía.

A pocos metros donde la trabajadora social intentaba ilustrarme sobre el desastre de las comunidades indígenas por no querer trabajar como sirvientes en casa de sus depredadores, bajando por la carrera 38 a partir de la calle quinta, próxima a las lujosas instalaciones de la clínica para ciegos y sordomudos, yacía sobre el andén una niña de escasos nueve años, de esto hace ya varios calendarios. A nadie le importo la suerte de esta chiquilla e indolentes los habitantes de la zona, seguían de largo ignorando su existencia, menos una anciana, una abuelita que sintió conmiseración por esa nieta desconocida, por ese pequeño e indefenso ser postrado en tierra, se dio cuenta de inmediato y con horror que efectivamente la pequeña dormía el sueño eterno, el forense de la policía al levantar el cadáver constató que había muerto de inanición.

Dije al comienzo de esta crónica que no quiero estigmatizarla, no he querido por ello saber su nombre. Es una adefesio de mujer, arrogante, mal educada y no responde a las preguntas que se le hacen en razón de sus labores de trabajadora de la salud pública, manifiesta una ofensiva ignorancia y ostentoso desprecio por el interlocutor pues tal vez considera que ser amable y condescendiente es un signo de servidumbre, complejo evidente en ella, lo grave es que se trata de una funcionaria de la nueva EPS que reemplaza a la ya desaparecida ‘Aliansalud’. Para mí no era ningún problema viajar a Cali en un autobús de Transur hasta la terminal de transportes, desde allí seguir a pie a las instalaciones de Aliansalud en Versalles. Extraño el buen comportamiento de ese personal, la manera afable de tratar a los pacientes, de responder a las preguntas y cuestiones planteadas, se me agudizó la presión arterial y la adrenalina por la desfachatez y mal comportamiento de la “trabajadora social” de la nueva EPS. Quéjese, si quiere, me dice, señalando una caja donde al parecer se colocan más que todo los “ditirambos” y “laudatorias” de la nueva institución, pienso que esas quejas bien podrían escribirse en papel tissue para que mejor cumplan su tarea, además no creo que a los directivos de la Nueva EPS les interese este tema. No me extraña que el Dr. Fredy Ordoñez, eminente y distinguido médico de Cali, renunciara por no contar con los medios adecuados para su labor. En el futuro, cuando deba recurrir de urgencia por alguna X razón a la mano está frente a “Comfandi” un centro médico propio y no muy lejos también los consultorios de Busi, ambas instituciones las conozco muy bien, he recurrido a ellas cuando no he podido encontrar la atención de la Nueva época, que así sea, dejemos en paz a Juana de Arco con sus complejos, su arrogancia y su mala educación. Dios la proteja. Amén.

N. Sandoval-Vekarich – Jamundí, octubre del 2014.

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