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Lunes, 5 de diciembre de 2022. Última actualización: Hoy

EL MISTERIO ERA UNA MONTAÑA FRÍA…

El jueves 29 septiembre, 2022 a las 5:09 pm
EL MISTERIO ERA UNA MONTAÑA FRÍA…

EL MISTERIO ERA UNA MONTAÑA FRÍA…

EL MISTERIO ERA UNA MONTAÑA FRÍA…
Rodrigo Valencia Q con Donaldo Mendoza

R —Vi una vieja foto tomada desde la colina; la Ciudad Blanca se ve como una pareja estructura de calles bien balanceadas, hermosamente diseñadas para el equilibrio de la vida y sus razones; pero no nos engañemos; cuando se toman las debidas distancias, la óptica de las cosas no muestra la realidad palpable. Así y todo, cualquier foto es la apropiación de un instante irrepetible; si se sabe predecir la emoción, el clic es un manojo de imprevistos, y en ello va la dimensión artística de la fotografía: se erige en ícono de la suprema realidad.

D —Instantes milagrosos… o poéticos por la emoción que conllevan.

R —Cuando la fotografía es Arte, claro. Toda obra de arte se instaura como ventana donde asoma la fecundidad de lo imprevisto; obliga, capacita para unir el tiempo subjetivo con la realidad palpable. Y entonces una gota de universo nace con lenguajes nuevos entre la vejez del mundo.

D —La vejez del mundo—… ahhhh, paradoja; hace días vi emocionado en mi solar esa planta verde y florecida, de hojas lanceoladas encarnadas; sólo que la semilla probablemente durmió 30 mil años.

R —»Vengo desde siempre» —, dice el poeta Edgar Orejuela en uno de sus cantos. Somos tiempo y eternidad mezclados íntimamente; uno de los dos debe sobrevivir finalmente, y entonces, de todas formas, el silencio será eterno.

D —¿Has pensado en el silencio cósmico? ¿Cómo será a años luz de nosotros?

R —Justamente, eso no es más que puro pensamiento, es decir, ilusión. El cosmos nos desborda, pero está todo entero dentro de nosotros mismos. Esa es la paradoja, risible para muchos. Escuche el silencio que se oye como música dentro de usted: viene de no sabemos dónde, si quiere encontrarle un origen. Pero si mira más profundo, comprende que es usted mismo el sonido que resuena dentro y fuera. Los límites son nuestras propias ideas y suposiciones. Y a través de nosotros, la eternidad se hace puente. Es tan largo, que nunca llegamos a término. “El hombre es un tránsito y un acabamiento”, dijo Nietzsche. En medio del camino, el amor, la inspiración, el trabajo con afecto, el perdón y la comprensión lo hacen transitable.

D —Hay eternidad de eternidades. Para un enfermo grave, por ejemplo, es el tiempo que dura el médico en decirle lo que tiene.

R —Es una eternidad esperar a la amada…

D —A través de los hijos somos puentes y vagones infinitos.

R —Y entonces no paramos de soñar. Anoche, por ejemplo, soñé algo: El misterio era una montaña fría, rocosa, solitaria. Sólo un buitre se posaba allí todos los días a la hora de nona. Resoplaba después del vuelo, miraba alrededor, buscaba algo; él lo sentía encima de esas rocas grises con sabor a hierro. Y entonces algo se agitaba entre la frialdad de esa inmensa montaña: “Yo soy el Que soy, he perdido a mis congéneres, no los veo en torno mío celebrando el Aleluya. La ira turba el mar, mi tierra quedará desierta, los hombres no son estandarte con mi nombre”, dijo. Un labriego viejo, de enmarañada cabellera blanca, subió hasta allá; el buitre le hizo reverencias, su mirada no resistió esa luz que despedían sus ojos. “Vengo a reclamar lo mío, tú volarás conmigo hasta el Desierto de la Muerte Viva; una liviana doncella me espera con sus años nuevos; en su ombligo nace un dátil que renueva la vida, yo soy su único invitado”, añadió. Las manos del anciano hablaban con el sol; sus cabellos blancos despedían rayos y centellas, su boca convirtió el desierto en un oasis de oro, una caravana de camellos ascendió hasta el cielo.      

**RVQ – DONALDO MENDOZA**

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