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El miedo, Pandora y La Comuna

El domingo 28 abril, 2019 a las 3:17 pm

“Una cosa no es justa por el hecho de ser ley. Debe ser ley porque es justa”. Montesquieu

El miedo, Pandora y La Comuna

El Apocalipsis es el libro cumbre de la consternación y la derrota, que la cultura cristiana mantiene como un soberbio secreto.

A fuerza de miedos se pintan paisajes desoladores, pavorosos y terroríficos.

Esas trompetas del pánico y la desolación se escucharon en Hiroshima y Nagasaki, por orden del presidente Truman, gran Maestre de los Masones y fiel creyente del Altísimo.

Además, fervorosos católicos señalan que exgobernantes y dictadores, que gozaron en sus naciones del setenta por ciento de aprobación gubernamental, se encuentran en las últimas coordenadas astronómicas, disfrutando plácidamente del calor.

Y para colmo de dificultades, males y conflictos, mientras los pueblos del orbe pretenden vivir en condiciones de bienestar, las manos invisibles del mercado sufren de parálisis y no pueden sacar de la Caja de Pandora la esperanza, mientras que de la famosa valija, saltan todos los trastornos del mundo, de forma que la globalización, por ejemplo, adquiere una connotación supersticiosa que permitiría explicar un mal que se padece, pero no se puede cambiar.

Sin embargo, hay que confiar en que los dioses, (tan nobles ellos), la introdujeron y es por esa razón que los seres humanos utilizamos la frase: “la esperanza es lo último que se pierde”, que invocamos para salvarnos de las catástrofes, incluidas políticas.

Tiene razón la sociedad de ser pesimista, cuando se ve sometida a leer encuestas “alentadoras” en los medios de comunicación, cuyas técnicas de recolección de datos parecen haber sido elaboradas por un sepulturero.

Nos gobiernan a todo nivel con el miedo, miedo a la corrupción, miedo a la guerra, miedo a la inseguridad, miedo al socialismo, miedo a la socialdemocracia y miedo a ser controlados desde el computador o el televisor.

En los Estados Unidos las gentes tienen miedo de asistir a las bibliotecas, a las iglesias, a las mezquitas, a los colegios, a las universidades y temen, cuando ingresan, salir ceñidos con la bandera de barras y enaltecidos por un discurso fúnebre presidencial.

Cinco siglos de modernidad no sirvieron para nada y todavía hay personas que desde las instituciones proponen ingenuamente ponerse a tono con ella.

Históricamente se nos dijo que, con el advenimiento de la ciudad cambiaríamos la sumisión por un pacto de reglas y procedimientos iguales para todos, pero lo que hoy presenciamos es la anarquía dentro lo que llamamos orden social.

Y cuando al mundo llegó la buena nueva de la libertad, la igualdad y la fraternidad, la gente de La Comuna de París soñó que había llegado la hora feliz de la nivelación social.

Escucharon que “… la ignorancia, la injusticia, el olvido y el desprecio de los derechos del hombre son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de los Gobiernos”, proclamando, además, como imprescindible postulado: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales solo pueden fundarse en la utilidad común”.

Fue, entonces, cuando Montesquieu, brillante intelectual francés de la Ilustración, formidable orador, expresó en el recinto de la Asamblea Nacional, al cuestionársele su declarada ideología por los pobres “Yo si dije que los pobres merecían gobernar, pero no así, como lo están haciendo ahora en La Comuna, porque nos dejaron por fuera”. Y gobernaron dos meses.

Salam Aleikum

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