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El miedo al cambio

El jueves 21 abril, 2022 a las 8:55 am

El miedo al cambio.

Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-

Si de algo puede jactarse la iglesia católica, incluso a riesgo de caer en el pecado de la soberbia, es del éxito que tuvo su proyecto ideológico y económico, conocido como la Contra Reforma, cuyo campo de desarrollo, ajuste y retro alimentación ha sido Latinoamérica.

A partir de la edificación de un sistema social, en el que la religión, la educación y la política, modelaron la forma en que los pueblos latinoamericanos han sido gobernados, durante más de quinientos años; la Contra Reforma católica ha logrado moldear una cultura dominante en la que el temor a la autoridad (divina y/o humana), el determinismo y la manipulación del miedo, se han utilizado para formar una deontología social universal, en la que, a partir de la moral judeocristiana, se han adiestrado a millones y millones de ciudadanos, desde la primera expedición de Cristóbal Colón, hasta hoy día.

Esta particular forma de ver y entender el mundo y sus relaciones, incluidas las humanas, a lo largo de más de cinco siglos; convenientemente ha implantado en la psique de un buen número de generaciones de latinoamericanos, la idea de que este orden social es el único en el que es posible vivir, porque ha sido determinado desde el comienzo de los tiempos y que cualquier insinuación de cambio hacia otro, rondaría los linderos de la herejía, cuando no, del pecado mortal.

Así las cosas, la Contra Reforma católica en Colombia, a través de un sistema educativo, que salvo algunos intentos de modernización, se ha mantenido casi que intacto desde hace décadas, ha formado intelectualmente a unas ciudadanías, que mayoritariamente creen a pie juntillas, el dogma social, según el cual, el temor (que no el amor) a dios, el apego a las “buenas y sanas” costumbres judeocristianas y la elevación al carácter de “Sagrada” de la propiedad privada, son las reglas básicas de democracias como la colombiana, de la cual, se ha vendido la idea de ser una de las más estables de América.

Resulta claro que, a partir de este sustrato cultural e ideológico, se ha formado una sociedad extremadamente conservadora, en la que la cultura de los miedos mundano y celestial, ha impuesto la violencia, en todas sus manifestaciones físicas y psicológicas, como la única forma de exteriorizar sus angustias y resolver sus conflictividades.

A pesar de los múltiples y brillantes diagnósticos sicológicos, pero, sobre todo, sociológicos y recientemente hasta económicos, que sobre la violencia y sus consecuencias han hecho mentes brillantes como las de Fals Borda, Umaña, Molano, Llinás, Vallejo, Ospina y otros más; la sociedad colombiana, aún se resiste a avanzar en la ruta del cambio de este estado de cosas, que fuera de la ilusión de un bienestar económico, normalmente ajeno, sólo brinda angustia, desazón, impotencia, frustración, violencia y muerte a las grandes mayorías. Pareciera ser que, además del síndrome de Estocolmo, la sociedad colombiana padece de “metástasisiofobia” o miedo al cambio, en castellano ordinario.

Este temor extremo a cambiar esta abrumadora y triste realidad cotidiana, que sufre un buen número de colombianos, explica el éxito que tienen los agentes del orden establecido, a la hora de “meter miedo”, cuando se vislumbra la posibilidad de un cambio en cualquiera de los elementos del sistema social colombiano. Basta con repasar algunos hechos sociales recientes, para evidenciar la manera en que la cultura contra reformista católica, aún hoy, en pleno siglo XXI, sigue siendo la cultura dominante que determina el comportamiento del ciudadano del común en países como Colombia. Veamos.

El terror que despertó en la sociedad colombiana, convertida en permanente feligresía, la intención de cambiar la manera en que se les enseña a los niños, niñas y adolescentes, las maneras de cuidarse de abusos sexuales, prevenir embarazos adolescentes o adquirir enfermedades de transmisión sexual, solo pudo compararse con el temor que las gentes de bien le tienen al mismo diablo. Inmediatamente, el conservadurismo extremo, no solo de las iglesias judeo cristianas, sino de la casta sacerdotal del Estado colombiano, emprendieron sagrada cruzada en contra de esos agentes del mal que pretendían manchar las angelicales mentes de niños y niñas colombianas, enseñando cosas tan abominables como biología humana, convivencia social y medicina sexual preventiva.

Entre tanto, las cifras de abusos sexuales, violencia sexual, embarazos adolescentes e incluso abortos, sigue en constante alza. Amén.

Resulta entonces que, la tarea de proponer cambios en la forma en que la sociedad colombiana se relaciona, maneja sus finanzas públicas, legisla, juzga y comercia, resulta casi que imposible, frente a un adiestramiento social, que durante casi 530 años, ha creado un cuerpo social atemorizado, inmóvil y fácilmente manipulable, por aquellos quienes se siguen beneficiando del oscurantismo en el que aún hoy, vive la sociedad colombiana, a pesar de estar más o menos interconectada con los avances recientes de la ciencia y la tecnología.

En ese orden de ideas, el viejo y conocido refrán que reza: “Es mejor malo conocido, que bueno por conocer”, resume la metástasisiofobia o miedo al cambio que padece Colombia y que hace que sea incapaz de entender propuestas novedosas que la podrían beneficiar y que al igual que las sociedades de siglos anteriores, se asusta con el ruido del trueno y se deja engañar con espejismos como los de la seguridad democrática o la economía naranja del perfeccionista presidente de Polombia, encarnados en el nuevo intento de mesías paisa de la derecha colombiana.

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